lunes, 23 de noviembre de 2020

Terrores Nocturnos

 

 


           

 

              —¡Mamá!  ¡Mamá! ¡No has mirado debajo de la cama!

            —María, esto ya empieza a cansar.  Eres muy mayor para estas tonterías.  Además, nunca has tenido miedo a nada.  ¿Por qué ahora?  ¿No estarías, junto a Carlota, viendo videos de miedo por internet?  Los monstruos y los fantasmas no existen —le dijo exasperada.

            —Mamá, debes mirar.  Si no miras, eso vendrá.  ¡Por favor!

            La madre de María suspiró hondo.  Estaba cansada.  Ese día su jornada de trabajo había sido especialmente agotadora.  Solo quería irse a dormir.  Volvió a suspirar, antes de agacharse a mirar bajo la cama.  Más miedo le daba no poder volver a levantarse, debido al cansancio, que cualquier cosa que estuviese escondida debajo de la cama.  Una vez mirado, a cuatro patas sobre el suelo frío, se le escapó otro suspiro al comprobar que tendría que limpiar ese fin de semana el polvo que se había acumulado bajo las camas.  No entendía como se podía manchar tanto una casa con dos personas que solo venían a dormir. 

            Se levantó con mucho esfuerzo, apoyándose en el borde de la cama.  María la miraba ya más tranquila.  No había nada bajo ella esperando que se quedase sola para engullirla.  Su madre se agachó para arroparla y darle un beso.  Salió de la habitación y dejó la puerta entornada.  Solo esperaba que la niña no la despertase a mitad de la noche histérica, con el cuento del ser bajo la cama.

            Al llegar a su habitación contempló su cama con una sonrisa, deseosa de tumbarse y de que los dolores y el cansancio de su cuerpo desapareciesen.  Se quitó la bata, colgándola en el perchero tras la puerta.  Le pareció escuchar un ruido que provenía desde el pasillo; se quedó quieta para escuchar mejor.  Volvió a asomarse al pasillo, débilmente iluminado por la luz del baño, que ahora había que dejar encendida toda la noche, ya que, si no, María se pondría a chillar si necesitaba levantarse.  Viendo que todo estaba en calma, volvió a entrar en su dormitorio, entornando la puerta tras de sí. 

            Qué cansada estaba, volvió a pensar, mientras su cuerpo se amoldaba al colchón.  Estiró el brazo para apagar la luz de la mesita de noche, subiéndose, a continuación, el edredón hasta la barbilla.  Dio otro largo suspiro, acurrucándose contra el tejido fresco de la almohada.  Estaba casi dormida cuando escuchó de nuevo un ruido.  Abrió los ojos a la penumbra del dormitorio, débilmente iluminada por la pequeña franja estrecha de luz que provenía del baño.  Se quedó muy quieta, casi sin respirar.  Ahí estaba el ruido de nuevo, pero no sabía de dónde venía.  Le recordaba al sonido que hace alguien cuando mastica a tu lado algo crujiente y duro a la vez.  Ese sonido que hacen los dientes al morder.  Le pareció un sonido de huesos quebrándose.  Pero ¿de dónde le había venido ese pensamiento tan horrible?

            Afinó el oído de nuevo, pero solo escuchó el silencio de la casa. Sin embargo, se sentía inquieta, tanto que se volvió a levantar, saliendo del dormitorio al pasillo iluminado.  Recorrió deprisa el estrecho pasillo y abrió con cuidado la puerta del dormitorio de María. Todo estaba en orden.  La niña dormía tranquilamente.  Volvió a sentir el cansancio que la atenazaba.  Se dirigió de nuevo a su cuarto, pensando que se estaba comportando como una estúpida.  Cuando entró, dejando de nuevo abierta esa pequeña franja de luz en la puerta del dormitorio, se acercó a su cama dispuesta a acostarse y no volver a levantarse.  Pero cuando llegó al lado de la cama, se quedó de pie, escuchando, intentando percibir de donde había venido el sonido que tanto la inquietaba.

            Pasaron unos segundos y entonces volvió a escuchar el ruido, pero esta vez supo de dónde venía.  Bajó lentamente la vista a sus pies desnudos iluminados por la débil luz que entraba por la puerta del dormitorio.  No podía moverse, no podía siquiera respirar, mientras contemplaba como unos dedos, unos apéndices larguísimos y blanquecinos, salían despacio por debajo de la oscuridad de la cama estirándose hacia sus tobillos.  Sintió la orina caliente ser expulsada de su cuerpo sin ningún control.  El temblor hacía que sus extremidades se moviesen en pequeños espasmos.  No tuvo tiempo de gritar, no pudo coger aire para hacerlo.  Aquello la agarró por los tobillos, tirando de ella con tal violencia que cayó hacia atrás.  Su cabeza chocó contra la losa dura del suelo al caer, dejándola dócil y sin fuerzas, mientras era arrastrada bajo la oscuridad de la cama, su camisón subiéndose hasta su cintura, empapándose con la orina que manchaba el suelo.  Le pareció ver, antes de desaparecer bajo la cama, a su hija, de pie, en el rellano de la puerta, protegida por la luz que la iluminaba desde el baño, diciendo:

            —Te lo dije, mamá.


jueves, 5 de noviembre de 2020





 

Muchas gracias a @yeranele83 (Instagram) por esta maravillosa reseña de mí novela, La Casa del Marqués. Lo mejor, su mención a Cabo de Palos. Disponible en la web de Editorial Circulo Rojo y en Amazon.es.