miércoles, 3 de noviembre de 2021

Love and Marrige


       

         —You know, we can fix this. I heard of people going to those marriage counselors. They fix you right up. We can give this another try, hon —I told her, watching the white line of the highway extend before me.        

        She remained silent. I fucking hated her silent treatment. One day I was going to do something that would make her sorry. I saw an exit up ahead and took it, determined to find a solution, sure that we could make another go at it. The town was ok. I stopped the car on the side of the road, next to a diner filled with people talking, laughing, and enjoying their meal. Yes, that could be us again, if only she would speak to me.

           I didn´t look her way while I googled marriage counselors. I was amazed that a town this size had so many. I called the first one that showed on the screen of my phone. They answered that on such short notice it wasn´t possible to arrange a session. I tried three other ones, they all said the same. I was getting frustrated. She could be helping instead of giving me the silent bitch treatment. Finally, the last one agreed to see me in half an hour, the time it would take me to cross this shitty town.

           When I reached the address and its parking lot, a man was getting out of his car. I parked next to him, convinced it was the counselor we had been scheduled to meet.

           —Hey, how ya doing? You the counselor? We might just have to do the session here. She refuses to talk to me —I explained, gesturing to the passenger side of the car where Martha´s brains were splattered all over the window, one eye hanging from its socket.


 

martes, 5 de octubre de 2021

 Mañana miércoles estaré recitando en la Semana de la Novela Histórica de Cartagena a las 20:00. Recordad que debéis enviar un email si deseáis atender.

https://www.laverdad.es/culturas/libros/festin-autores-semana-20211005002004-ntvo.html


 

lunes, 9 de agosto de 2021

Ojos de Gata



    Ese miércoles iba con prisa. Ese y los demás. Nunca había un descanso a lo largo del día. Todo eran prisas, la vida pasar en instantes, una diapositiva que no para de cambiar con rapidez. Salí de casa tarde, bajando las escaleras. No había tiempo para esperar al ascensor. En la calle me encontré con otros que iban como yo, haciendo mil cosas a la vez. Hablé con mi secretaria mientras andaba hacia la entrada del metro, pensando en todo el trabajo que había que completar; ir al banco a por dinero, llevar a mis hijos a sus clases particulares o intentar llevarlos. Todo eran prisas.

Mientras bajaba por la profunda garganta del metro, escupiendo su calor de vapores pestilentes y olor a humanidad, tal vez no muy aseada, suspiré profundamente. Tenía la mano apoyada en la cinta de la escalera mecánica mientras bajaba cuando crucé los ojos con una mujer joven, que subía. No destacaba por ninguna razón en especial excepto que tenía los ojos amarillos como los de una gata. Preciosos, grandes y rasgados hacia los lados, pintados con una raya negra que los hacía más llamativos.

Todo esto lo vi mientras avanzaba hacia mí por la escalera opuesta, su mano en la cinta, al igual que la mía, observándome, sin apartar la vista. Encontré su mirada inquietante, me hizo sentir algo que al principio no reconocí de tanto tiempo que hacía que no lo sentía. Deseo, deseo de cogerla en ese instante y comérmela a besos.  Acariciarle el pelo, oler el hueco entre su cara y su hombro, sentir su calor. Note como me ruborizaba igual que un chaval, muerto de vergüenza por si ella adivinaba mis pensamientos.   

Cuando llegó a mi altura ocurrió algo inusual. Nuestras manos se movieron a la vez, haciendo que nuestros dedos se estirasen, tocándonos al pasar. Esas dos manos, casi ajenas a nosotros, necesitaron tocarse esos instantes. Noté una corriente eléctrica subir por mi brazo, mis rodillas a punto de ceder bajo mi peso con la fuerza de la sensación que me recorría. Miré hacia atrás, buscando su mirada de nuevo. Estaba esperándome. Nuestras miradas se siguieron hasta que la perdí en la claridad de la entrada del metro.

Todas mis prisas, mis nervios, todo se desvaneció en una nube de deseo. No podía borrar sus ojos de gata de mi mente. Iba tropezándome con la gente que me rodeaba, envuelto en una nube de desaliento por mi perdida. En estado de fuga llegué al andén, subiéndome al metro, pero antes de que cerrasen las puertas reaccioné y me abalancé hacia afuera corriendo en la dirección por la que había venido. 

El pasillo se había vaciado de gente y no encontré mayor obstáculo en mi carrera hacia la búsqueda de esos ojos que me habían cegado a todo. Y allí estaba, sentada en el último escalón de las escaleras que había al lado de las mecánicas. Tenía una mano apoyada en la barbilla con el codo puesto sobre su rodilla. Miraba hacia mi dirección con un gesto de incertidumbre en su mirada. Nos observamos inmóviles, quedándome parado donde estaba, mi respiración agitada. Se levantó despacio, sin apartar sus ojos de gata de mí. Anduvimos el uno hacia el otro rodeados de una niebla densa que bloqueaba todo lo que había a nuestro alrededor. Estábamos los dos solos, nada podía interferir entre los dos. Cuando nos vimos frente a frente, nuestras manos posadas sobre la barandilla se buscaron sin apenas percatarnos. Todo era tan natural, aunque jamás nos habíamos visto antes.

Con mi mano libre acaricié su cara. Ella hizo lo propio con la mía. Nos inclinamos para besarnos. Sus labios sabían a café con leche, su boca caliente por dentro cuando la tanteé con mi lengua. Bajé la cara hacia su cuello y respiré hondo.

***

Oí un pitido fuerte que me hizo estremecerme en la silla del metro en la que me había quedado dormido. Sentí una decepción profunda al comprobar que todo había sido un sueño. Que mierda de vida llevaba, pensé, si en sueños es el único momento en el que encontraba un poco de felicidad. Se abrieron las puertas del metro, bajándome en mi parada. Seguía pensando en esos ojos rasgados de gata, pero ya quedaban lejos, me invadía otra vez la prisa del día que empezaba. Empecé a repasar mentalmente todo lo que tenía que hacer hoy, mi mano apoyada en la cinta de la escalera mecánica, mientras salía de aquel túnel hediondo. Miré hacia arriba, percibiendo la luz diurna que iluminaba la entrada del metro. Así fue como la vi. Bajaba hacia mí, su mano apoyada en la cinta, nuestros ojos cruzándose al pasar, nuestros dedos tocándose por unos instantes.

 

jueves, 3 de junio de 2021

Presentación de mi poemario el próximo día 11 de junio a las 19:00 en el Teatro Romano de Cartagena.


sábado, 29 de mayo de 2021

 Reseña de mi poemario Paseando con Schopenhauer en la sección de cultura del diario La Verdad. El poemario está disponible en las siguientes librerías: Librería La Montaña Mágica en Cartagena, Librería La Puerta de Tannhäuser en Plasencia y en Librería Isa, en Cabo de Palos, Murcia, España. Es una edición limitada y numerada.



miércoles, 21 de abril de 2021

jueves, 25 de marzo de 2021

La Cabaña


Abrí la puerta despacio.  Hizo un ruido chirriante como en las películas de miedo.  Sonreí, solo era una cabaña abandonada en el bosque, más bien una choza.  Seguramente la había usado algún cazador en su día para refugiarse de las inclemencias del tiempo.  Entraba luz tanto por la puerta abierta como por la ventana, que seguía teniendo intactos sus cristales después de tanto tiempo.  Lógicamente estaba todo cubierto de una densa capa de polvo y varias telarañas decoraban el techo y la ventana.  Había algo en la estancia que me producía inquietud, pero solo estaba siendo una tonta.

            Había una silla y mesa pequeñas al lado de la ventana.  Un mostrador con unos estantes debajo que contenía platos desportillados y utensilios varios de cocina.  En la pared del fondo había una armarito con una lámpara de gas vacía encima, junto a un banco que podría servir de cama.  Y al lado de esta, en la misma pared, un fogón antiguo para leña, con su chimenea de metal que desaparecía por el techo.  Lo más extraño fue encontrar dos vestidos viejos bastante antiguos en el pequeño armario.

Me había perdido en el bosque dando un paseo.  Como una incauta, insensata de ciudad, me había desviado del camino.  Sin cobertura de móvil y no sabiendo que hacer, en vez de quedarme quieta, me había entrado pánico.  Empecé a andar hasta encontrarme en la espesura oscura del bosque.  Tarde o temprano alguien del grupo de senderismo me echaría en falta, pero hasta entonces, había tenido suerte de encontrar este sitio antes de que anocheciese. 

Volví a salir y rodeé la cabaña.  En la parte de atrás había lo que parecía una letrina.  No me atreví a abrirla.  ¡Qué asco!  Preferí tomar la decisión de hacer mis necesidades al aire libre antes que ojear lo que allí había. 

Necesitaba agua.  Eso era lo más urgente.  Había encontrado un riachuelo cuando me perdí y había decidido seguirlo.  En algún momento me desvié y había encontrado la cabaña, así que tendría que volver sobre mis pasos hasta volver a encontrarlo.  No tenía que estar muy lejos.  Cerré los ojos y escuché el bosque.  Me pareció que oía agua a mi derecha.  Así que partiendo desde la esquina de la cabaña en línea recta fui en busca del agua, no deseaba perderme de nuevo.  Al poco la encontré, suspirando aliviada.  Sin comida pero con agua.  Podría aguantar.

Volví hacia la cabaña y entre.  En una esquina, al lado del mostrador, encontré un cubo galvanizado.  Me lo lleve al riachuelo y con el pañuelo de mi cuello lo lave y llene de agua.  Ahora a limpiar, era incapaz de pasar la noche allí sin haber adecentado la habitación.

Una vez que estuvo todo limpio me di cuenta de que estaba exhausta.  Había tenido que rellenar el cubo varias veces, pero por lo menos, ya no quedaba ni polvo ni telarañas.  Por supuesto ninguna araña.  Había estado gritando sola como una loca con cada una que había visto y matado.

Volví una vez más al riachuelo, ya casi a oscuras, donde me desnude y mojando el pañuelo me lave como mejor pude.  Había cogido uno de los vestidos del armario, ya que mi ropa estaba tan sucia que daba asco y, después de sacudirlo bien, me lo puse.  Rellene el cubo y regrese a la cabaña.  Había encontrado unas velas en el armarito cuando limpiaba.  En la mochila llevaba unas cerillas en la bolsita de supervivencia, que había encontrado ridícula cuando me la entregaron, pero que ahora agradecía.  Aparte de las cerillas, había un paquete de frutos secos, unas barritas de muesli, un compás y una navaja suiza.  El compás no sabía que podía hacer con él pero lo demás seguro que sí.

Cerré lo mejor que pude la puerta y me tumbe en el banco limpio pero húmedo.  Necesitaba descansar.  Mi corazón latía deprisa por la ansiedad que sentía sabiendo que iba a pasar la noche en medio del bosque sola.  Por lo menos no era invierno y no tenía frío ni necesidad de un fuego.  Solo esperaba que mañana me encontrasen pronto.  Mientras mis ojos se iban cerrando por el cansancio pensé de en la dueña del vestido.  Era un poco infantil, como el de una niña que le falta poco para hacerse mayor.  ¿Dónde estaría ahora?

También pensé en mi amiga Cielo y su idea de venir a hacer senderismo.  Todavía podía oír cómo me decía que nos fuésemos a la montaña.  Que había ligado con un chico guapísimo el día anterior y la había invitado.  Que sería divertido.  Menuda diversión me estaba dando. ¿Cómo podía haber sido tan tonta como para alejarme del grupo?  ¿Por qué no me di cuenta de que ya ni los oía ni veía?  Estaba claro que mañana se reirían de la chica de ciudad que se había perdido.  Pandilla de paletos de pueblo, pensé.  Si pensaban que me iban a encontrar desecha se iban a llevar una sorpresa.  Había encontrado agua y refugio, tonta no era.

No sé en qué momento me dormí.  Pero me desperté sobresaltada.  Había oído algo.  Había alguien fuera, estaba segura.  Me incorporé dando un ligero gruñido por el dolor de espalda al haber dormido sobre la madera del banco.  Pero me callé enseguida.  Sí, había algo o alguien fuera, rondando la cabaña.  Mi corazón latía desbocado.  Solo tenía la navaja suiza para protegerme.  ¿Pero de qué?  Aquí no había animales peligrosos.  Piensa, me dije a mi misma.  Lo más peligroso de este lugar sería una cabra de monte y ella se asustaría más de mí, antes que yo de ella.

Volví a oír un crujir de ramas y hojas.  Esta vez venía de la pared que tenía la ventana.  Mire, sin levantarme del banco.  Los cristales brillaban de limpios que los había dejado y se podían ver los árboles que rodeaban la cabaña.  ¿Cómo era posible?  ¿De dónde venía la luz?  ¡Qué tonta!  ¡Son ellos!  ¡Alguien ha venido a buscarme!  Me reí en voz alta de mi falta de luces y levantándome, corrí hacia la puerta para salir en busca de mis rescatadores.

Había un fuego encendido frente a la cabaña en el redondel de piedras que había visto al llegar.  Pero no se veía a nadie.

—¿Hola?  ¿Hay alguien allí?  Soy Marcela, la que se ha perdido esta mañana. ¿Hola?

No obtuve respuesta ninguna.  Sentí como se me erizaba la piel de los brazos.  Alguien me estaba observando desde la oscuridad, lo presentía.  Empecé a temblar.

—¿Hola? —dije casi en un susurro, sintiendo como la inquietud y el miedo se apoderaban de mí.

Entonces la vi.  Estaba entre la maleza que conducía al río.  Iba con un vestido similar al mío.  Tenía el pelo largo, enmarañado, y unos ojos muy negros que me contemplaban desde la oscuridad.  Era pequeña, de unos doce años supuse.  ¿Tal vez se había perdido igual que yo? ¿O era la dueña de los vestidos del armario?

—Hola, no tengas miedo.  Me llamo Marcela.  Me he perdido en el bosque esta mañana.  ¿Y tú, estás perdida también? —le pregunté mientras me acercaba al fuego y me sentaba frente a él con las piernas cruzadas.

La niña me sonrió tímidamente, con esos ojos negros, grandes, que no paraban de observarme.  Se acercó poco a poco, pero no me dio la sensación de que lo hacía con miedo, sino más bien con sigilo.  Era una niña extraña, pero razoné que si esta era su cabaña de juegos, porque vivir allí con lo sucio que había estado no era posible, era normal. 

Al llegar a mi altura se sentó al otro lado del fuego, con las manos cruzadas entre sus piernas.  Me di cuenta a la luz de las llamas que tenía el vestido manchado de sangre.

—¿Te has lastimado? —le pregunté un poco alarmada.

Pero la niña no hablo, solo hizo una leve negativa con la cabeza y volvió a sonreír.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté, inquieta.

Y sin responderme miró hacia mi mano derecha que sostenía la navaja suiza.  No sé cuando la había cogido, ni como había llegado a mi mano.  Hizo otro leve movimiento con la cabeza hacia ella y me volvió a mirar sonriendo.  No me encontraba del todo bien ahora.  Algo raro ocurría.  ¿Quién era esa niña manchada de sangre seca?  ¿Por qué no me hablaba? Me fue casi imposible apartar la mirada de sus ojos que me tenían presa, pero una vez que lo conseguí, note dolor en mi muñeca izquierda.  Miré hacia abajo y vi que me había cortado la vena de la muñeca, de una forma salvaje.  Había un gran corte, la piel desgarrada colgando hacia un lado, del cual manaba sangre a borbotones mientras sentía que mi vida se escapaba lentamente.  No entendía que ocurría.  Volví la vista hacia la niña y la encontré de pie.  Me enseñaba sus propias muñecas.  Las dos abiertas con la carne colgando hacia los lados.  Seguía sonriendo, pero esta vez hablo, antes de que yo muriese.

—¿Quieres jugar conmigo?