sábado, 21 de diciembre de 2019

Warnings Never Uttered


Must I ask permission for wandering afar?
Away in to the mountains where there is only green.
To lie upon a small blanket, like the child who sees
but understands not what lies before me.
The branches hold me down; the moss makes me slip.
I see a bear observe me while I disappear into the mists.
Mists made of fine fabric, created to make me blind,
to cover my sinful nakedness.
To lose my way at every turn and find myself again by your side.
I scream every time I see you.  Is there no end to this pain?
You taught me to shoot, hunt and build a fire,
but never of what came through the mist of puberty holding out its hand.
You never said, you never warmed, about man.

lunes, 25 de noviembre de 2019

Sunny´s Song



My feet can´t move
There is no more groove        
My days filled with shadows
And nights drinking booze
Sing a sad song with me
Late into the night
Buddy, hold me tight
That I might remember what
 Love was like                                                           
My man done left me                                   
By the Mississippi banks
He´s gone on the ferry
Without a backwards glance 
My man done left me
Booze is my lover now
It gives me comfort
When I´m feeling down
I sing my sad song
All the through the night
My man done left me
And booze is my only light
I´m will be going soon
With my old guitar
I´ll rest when I get there
You can come along
And we´ll sing together
My bittersweet jazz song

domingo, 3 de noviembre de 2019

Campos de Maíz



Vengo de un país de naturaleza violenta.
Vientos de tornados que arrasan con los sueños.
Tormentas de granizo que te hielan el corazón.
Lluvias que pudren las cosechas.
Truenos que espantan la alegría.
Otoños de frio y hojas muertas por el suelo.
Invierno de nieves huracanados que cortan el aliento.
Calor en verano que deja los sentimientos deshidratados.
Noches húmedas contando los pesares en vez de ovejas.
Vacas muertas por cazadores borrachos.
Ciervos que huyen heridos entre la maleza.
Y a pesar de todas estas desgracias,
nos paramos a contemplar los campos de maíz.

viernes, 18 de octubre de 2019

Coffee Grinds



Coffee Grinds
I take the small chair and place it next to the stove,
every morning I sit and wait for the coffee to be done.
He says, when he wakes, that his first cup is the aroma in my hair.
I take the wet grinds out to the lemon tree.
I break them up with an old spoon and imbed them around the roots.
There is no one anymore to smell my hair in the morning.
I still sit in my wooden chair waiting for the coffee to be done,
tears drying on my cheeks from the heat on the stove.

jueves, 17 de octubre de 2019

La Bañera



La Bañera

Me gustó la bañera en cuanto la vi. Era una pieza auténtica. Tenía las patas de garra de león y estaba esmaltada en verde por fuera. — ¿Cuánto?—, pregunté, apartando la vista de las prótesis que tenía en vez de manos el vendedor. —Poco—, contestó, mientras me miraba de arriba abajo lascivamente.
Me la llevé en mi viejo camión a casa. Un vecino, que sabía de fontanería, me ayudó a bajarla y montarla. Qué bonito se quedó el baño. Esa noche, al terminar de trabajar en la casa, coloqué velas por los estantes. Las encendí y apagué la luz. Llené la bañera hasta arriba de agua y burbujas perfumadas. Me desvestí con cansancio; casi no podía levantar las piernas de lo que había trabajado en las reformas de la casa ese día. Pero esta era mi recompensa, una bañera antigua, preciosa. El agua estaba perfecta y mi cuerpo empezó a relajarse. Cerré los ojos mientras canturreaba una canción. De pronto, sentí unas manos alrededor de mis tobillos. Abrí los ojos asustada, no había nadie, pero las manos las seguía sintiendo. Tiraron de mis tobillos hasta que mi cabeza quedó sumergida. Intenté incorporarme pero no pude, pues mis tobillos estaban en el aire, los veía a través del agua, pero seguía sin ver a nadie. Me ahogué mientras gritaba en mi preciosa bañera.
Diario de Levante   5 de Abril 2018
Anuncio: Vendo bañera antigua, esmaltada en verde. Barata. Preguntar por Luis el “Sin Manos”.

Como un Pez



COMO UN PEZ

—Abuelo, abuelo, cuéntame una historia —me pidió mi nieto Luis una tarde de verano donde ni las moscas volaban del calor que hacía.
Nos recostamos bajo la sombra del porche en sendas tumbonas a contemplar el mar y a ver qué cuento se me ocurría.  Luis era nervioso y jamás dormía la siesta, pero se estaba quieto conmigo si le contaba alguna aventura, verdadera o no.
—Pues hijo, a ver qué te cuento. Me estoy quedando seco de historias —le dije sonriéndole.
—Anda abuelo, si tú eres muy viejo, seguro que sabes un montón —se reía, mientras me decía esto.
—Bueno, allá vamos. Esto sería cuando yo no era mozo todavía. Tendría unos doce años.  Era verano y llevaba ya un mes de vacaciones a mis espaldas.  Pero los había puesto a buen uso.  Había en diez días una competición de natación en el puerto del cabo.  Las reglas eran sencillas: empezar en el puerto y dar la vuelta al faro de Cabo de Palos, dos mil doscientos metros, llegando hasta Cala Túnez donde estaba la meta.  Llevaba todo el mes practicando. Mi madre se quedaba en la playa de Levante y cronometraba mis tiempos. Nadaba igual que un pez. Cuando superaba mi mejor tiempo, ella chillaba y bailaba en la orilla. Cuando salía del agua siempre me decía lo orgulloso que estaría mi padre de mí — le conté a Luis.
—Mi padre, había fallecido ahogado en el mar mientras faenaba.  Una tormenta terrible hizo al barco zozobrar, cayendo mi padre al agua. No se pudo hacer nada por él, las olas se lo tragaron  —dije.  Guardamos silencio un rato.  Yo, pensando en aquel trágico día. y Luis mirándome a ver si tuviese que consolarme.
—Bueno, de eso hace mucho —le dije—. Pero no quise volver a entrar en el mar.  Entiéndelo Luis. Odiaba al mar que me había arrebatado a mi padre.  Pero un día paseando por el puerto con la pandilla éramos cinco gamberros de cuidado vi como un chaval se caía al agua desde su Optimist.  Empezó a pedir auxilio y yo no lo pensé dos veces, me tire al agua y nadando con fuerza sobrehumana lo alcance y lo puse a salvo, con la asistencia de mis amigos y vecinos que me ayudaron a sacarlo de la entrada del puerto. Salí en el periódico como el héroe local  —dije.  Recordé lo orgullosa que estaba mi madre al verme en la portada del pequeño diario de La Manga.  Cómo recortó el artículo y lo guardó en nuestro álbum de fotos.
—Sigue abuelo, sigue  —me pedía Luis, casi saltando de la tumbona.
—Pues nada, que a partir de eso, empecé a nadar, cada vez distancias más largas. Era como si al hacerlo, mi padre estuviese animándome desde el cielo a vencer al mar que se lo llevo  —dije con suavidad, mientras contemplaba el mar plácido, a lo lejos.
—¿Y qué paso abuelo? —preguntó Luis.
—Pues que llego el día de la competición y me sorprendí de ver la cantidad de chavales que éramos. Habían venido de varios pueblos de alrededor.  Había uno, en particular, que no me caía muy bien.  No es que fuese mal chaval.  Era de los que llamábamos “los turistas”.  Venían dos meses en verano y luego se marchaban hasta el verano siguiente.  Yo quería ganar, pero ese chaval nadaba fuerte y rápido, así que los dos nos mirábamos de reojo y de vez en cuando incluso nos espiábamos entrenando, para ver quién hacía los mejores tiempos.  Se llamaba Jesús y era de Madrid —dije.  Cogí el vaso que había a mi lado y bebí un trago largo de agua.
—¿Abuelo, y qué pasó?  ¡Jo, cuanto tardas!  —dijo Luis con impaciencia, saltando de la tumbona y apoyando sus pequeñas manos en mis rodillas.
—¿Que qué pasó?  Pues lo que tenía que pasar.  Nos preparamos todos en la salida, en fila, y al pitido del Alcalde saltamos desde el pantalán del puerto. Yo estaba muy impaciente y quería nadar muy rápido, pero sabía que tenía que conservar mis fuerzas.  Era un recorrido largo, sin parar, dando la vuelta al faro de Cabo de Palos desde el puerto  —dije, mirando a mi nieto. Su carita llena de interés.
—Mis brazadas empezaron a ser rítmicas, casi sin esfuerzo para cuando llegue a la altura de la primera cala  —dije.
Luis chilló, elevando los brazos al aire diciendo:
—La Cala del Cañonero.
—Sí, exactamente  —dije sonriendo, ya que le había enseñado el verano anterior el nombre de todas las calas del cabo.
—No quise mirar a ver cómo iban los demás. Vacié mi mente de todo pensamiento y nadé como jamás había nadado. Con un propósito, Luis: que mi padre, donde estuviera, se sintiese orgulloso de mí  —dije con emoción.
—Para cuando llegué a la mitad del trayecto no pude evitarlo, miré atrás.  Había adelantado a todos y por bastantes metros menos a uno.  Jesús, “el turista”, me seguía de cerca  —dije, cogiendo a Luis y sentándolo en mi regazo.
—Ala…  —dijo Luis con cara de preocupación.
—Sí, yo también empecé a preocuparme, quería vencer ante todo.  No iba a permitir que un niñato de la capital me ganara. Así que empecé a nadar con más ímpetu, sincronizando los movimientos entre brazos y piernas, además de la respiración.  Y no paraba de repetirme que yo iba a ganar  —dije mirando a Luis firmemente y dando con mi puño en el brazo de la tumbona.
—Ya había dado la vuelta al cabo. Podía ver a unos doscientos metros todo el pueblo reunido en Cala Túnez, jaleando y haciendo palmas.  Mire hacia atrás. No quería perder al ritmo, pero no podía dejar de mirar.  Necesitaba ver cómo iba.  Cuál fue mi sorpresa cuando vi que varios chavales se habían acercado bastante, pero lo peor fue ver a Jesús casi a mi lado  —dije en voz baja a Luis.
—¿Perdiste, abuelo?  —me dijo Luis con la voz baja y llena de decepción.
—No seas impaciente Luis  —dije con media sonrisa—.  Empecé a nadar más deprisa, intentando que mis brazadas fuesen más potentes y así cubrir el mayor espacio y alejarme de todos.  De repente, moviendo la cabeza para coger aire, oí un grito tras de mí.  Miré hacia atrás. Jesús se estaba ahogando. Un escalofrió recorrió mi cuerpo. Los otros chavales estaban muy lejos y no le alcanzarían a tiempo.  Mire hacia la cala y vi que todos se habían percatado del peligro.  No lo pensé y nadé con renovado impulso hacia Jesús cogiéndole por detrás, como me habían dicho que había que socorrer a alguien en el agua. Jesús volvió a gritar de sorpresa cuando sintió mis brazos a su alrededor.  Empecé a mover las piernas y el brazo derecho con impulso en dirección a la cala.  Le pregunte que qué le ocurría y dijo que tenía un calambre en la pierna izquierda.  Le pedí, que si podía, moviese los brazos para impulsarnos más deprisa sin mover sus piernas  —dije, cogiendo aliento y mirando a mi nieto.
Luis me contemplaba con la boca abierta de asombro, las manitas juntas. 
—¿Abuelo, lo pudiste salvar?  —preguntó en voz baja—.  ¿No le pasaría nada a Jesús, verdad?  —dijo con cara de miedo y preocupación.
—No Luis  —dije con dulzura, pasando la mano por su suave pelo—.  Salve a Jesús de lo que habría sido una muerte segura, ya que tanto los otros chavales como los espectadores estaban demasiado lejos. Sólo yo podía haber llegado a tiempo  —dije.
—Entre mis brazadas con mi brazo derecho y mis piernas, mas el movimiento de los brazos de Jesús, llegamos exhaustos a la meta  —dije sonriendo.
Luis seguía mirándome con asombro.
—¿Sabes lo que paso después, Luis? —dije mientras mi nieto movía la cabeza de lado a lado en negativa, sin articular palabra.
—Que estando los dos tirados en la arena de la cala, con todos a nuestro alrededor hablando a la misma vez, el Alcalde viene y me proclama ganador.  Pero me incorporé sobre mis codos, y mientras Jesús seguía jadeando de dolor a mi lado con su padre dándole un masaje en la pierna para quitarle el calambre, le dije al Alcalde que yo no era el ganador  —dije sonriendo a Luis pícaramente.
—¡Pero abuelo, si tu habrías llegado el primero!  Sólo que fuiste bueno y ayudaste a Jesús  —dijo Luis con cara de no entender mi reacción.
—Luis, ese día, aprendí una cosa muy valiosa.  Ganar no lo es todo en esta vida y mucho menos en el deporte.  Lo que importa es la deportividad, el respeto hacia los que participan contigo y contra ti, pero también, que un amigo para toda la vida se puede hacer en las circunstancias más extrañas  —dije mirando a Luis muy serio. 
Quería que entendiese lo que era la buena conducta en el deporte, el buen perder y también el buen ganar.  Pero ante todo, el respeto hacia tu contrincante.
—Así que me incorporé junto a Jesús, y levantando su brazo junto al mío en el aire, dije:
—Hemos ganado los dos. Hemos llegado juntos. Es un empate. 
Todos los espectadores vitorearon.  Mi madre lloraba de emoción.  El padre de Jesús sonreía sin parar y Jesús, mirándome con media sonrisa, me dijo:
—Gracias, eres un tío estupendo. Me has salvado la vida sin dudarlo.  Por tanto, si algún día necesitases lo que sea, aunque seamos viejos los dos, allí estaré a tu lado.
—Nos emocionamos mucho los dos, Luis, y nos abrazamos de alegría por nuestra victoria, dándonos palmadas en la espalda mientras el Alcalde sacaba pecho, orgulloso, como si hubiese sido el que había ganado.  Nos reímos juntos al verlo.
—¿Abuelo, y alguna vez necesitaste a Jesús? —me pregunto Luis maravillado por la historia.
—Sí, Luis, y no solamente una vez, sino muchas a lo largo de mi vida.  Pero también Jesús me necesito a mí.  Ese gran día los dos aprendimos mucho.  Hicimos muchas competiciones de natación juntos.  Algunas las gano él, otras yo, y otras ninguno de los dos.  Pero siempre nos mantuvimos fieles a las reglas del deporte.  También fieles a nuestra gran amistad  —dije a Luis que seguía escuchando atento.
—Y mira por dónde, quién viene hacia nosotros, Luis  —dije sonriendo y levantando la mano en un saludo al hombre mayor que subía la cuesta de Cala Medina hacia la casa donde Luis y yo estábamos.
Venía con la toalla al hombro y el bañador mojado.  Estaba viejo pero fuerte, como yo, de tantos años nadando.  Pero esta vez no lo vi ochentón.  Vi a aquel chaval, que ese verano hace tantos años se convirtió en mi fiel amigo.  Le veía andar hacia nosotros, moreno, su pelo rubio, con los brazos y las piernas fuertes de nadar.  Volví a sonreír, imaginando que me diría que había una nueva competición de natación a la que debíamos asistir.  Y en tono burlón, afirmaría; esta vez te gano yo.
FIN

lunes, 14 de octubre de 2019

Strangers

Strangers

Strangers are always telling me,
“I love your smile, you always look happy.”
They are strangers…
¿What do they know?

Baking

Baking

In my warm hands
I form my dreams.
All that I am,
comes to shape
for another to eat.

Shut Up

Shut Up

Beware of those who ask for sanity.
Those that look to god with no courage.
They that constantly speak with no meaning.
What the hell where they talking about?
Rotting humans in fresh skin
tight with stitches and white teeth.
Are they correct?
Do you want to die behind a desk
with a million dollar house and car to pay off?

I like wine and cheese,
long sleepless nights,
writing at dawn,
no electricity,
sweat running between my breasts
that I wipe at with my hand.
I smile so pretty
while I think of cutting their tongues out
till they shut up

La Naranja


La Naranja

He encontrado una solitaria naranja en la cocina.  Brillaba, era de supermercado.  La he cogido y llevado a la nariz.  No olía a nada. ¿Sería de plástico?  Era perfecta en todo,  color naranja uniforme,  piel ligeramente rugosa.  He cogido un cuchillo que me gusta del cajón.  Es un cuchillo pequeño que me cabe en la mano, también pequeña, a la perfección.  Tiene el mango de madera, negro, fino y suave.  La hoja también es muy fina.  No larga, pero si afilada.  La cojo siempre con cierta satisfacción.  ¡Es mi cuchillo!  He procedido a cortar la naranja como hago siempre.  Primero la corto por la parte del Ártico.  Y luego por el Polo Norte.  Luego hago cuartos en la piel.  Dejo el cuchillo en el fregador y voy quitando la piel.  Aquí sí que había esencia.  Notaba las pequeñas partículas de jugo caer sobre mis manos.  Una vez quitada la piel, abro la naranja por la mitad. Hace un ruido satisfactorio de tela que se rasga.  Suelta un jugo perfumado.  Vuelvo a oler el gajo.  Divino, sublime.  Me lo llevo a la boca.  Un tsunami invade mi lengua.  Ola, detrás de ola de sabor.  El jugo resbala por mi barbilla, cuello, pecho y manos.  Me chupo el liquido de los dedos.  Esta ácido pero también salado por el sudor de mi piel.  Cuando termino, miro el reloj en lo alto del marco de la puerta.  Son las tres y treinta y dos de la madrugada.  Estoy desnuda.  Mis manos, perfumadas, me las llevo a mi pelo largo, pasando los dedos entre sus rizos negros.  Abro la puerta que da al jardín.  Oigo la quietud de la noche mientras contemplo las constelaciones.  Mis  pies se hunden en la tierra.  Sale el sol.  Pasan unos vecinos por la puerta con su perro.  Contemplan el jardín.  —Mira, la vecina ha plantado un naranjo.

Cieza

Cieza

Campo de cebada verde etéreo.
Cielo aguamarina.
Almendros blancos como novias,
melocotonero rosa,
Cieza suspira.

El tractor va lento.
Yo no tengo prisa.
Me paro a mirar las flores.
Miles de abejas el único sonido.

La luz me envuelve.
Busco el cielo entre tanta flor.
Quiero recostarme en esa tierra,
Y beber como hace la abeja.
Que las flores caigan sobre mí.
Sentirme una con el barro.

Mi corazón palpita junto a las raíces.
Un rayo de luz me ciega.
Solo percibo rosa, blanco, verde, cielo y abeja.

The Little Things

The Little Things

It was hot today.  The kind of heat that you can´t escape from.  I had the ceiling fan on and was sitting in my chair waiting for him to get back.  He said he was going to the cafeteria down the street to read the newspaper and have a chat with a friend.
I was always surprised that I missed him when he wasn’t around, even when I knew he would be back soon.  We had been together since I was a girl.  I can still remember the red sweater he was wearing the first time we met.  Horrible old thing, the neck and wrists frayed, the color faded in some places.
Sometimes, when I look at him, I see that sweater on him, time fading to a softer place where youth was a rapid stream and love was before me with all of its mysteries to unfold.
I can still intensely feel the first touch of his strong hand placed on my naked stomach, the look in his eyes asking for permission to go further.  How I placed my hand on his and smiled, love filling my whole body, heart beating faster, my breath short little bursts, as if I couldn’t get enough air in.
Time had brought a soft yellow light to love with little edges of orange at the tips, especially in the mornings, when he would open his eyes and smile because he had caught me again watching him sleep.  He would always, every day, take my hand and kiss my palm softly.  Little light butterfly wing kisses are what he called them.
We never spoke in the morning as we got up.  But there would be light touches of our hands falling on an arm, back, cheek, as we slowly dressed.  The most special of all, our super hug in the kitchen while the aroma of coffee enveloped us.  Then we would smile and start to chat, the ritual of love being over.
This was about as much as we could call lovemaking now.  Old age had crept up without our noticing, a light fog impeding our movements, making it harder each day to get up out of a chair, climb the stairs or even take our afternoon walks.
I spent more time at home lately, sitting in my favorite chair, letting my mind wander where it will.  It usually led me down the well-trodden path of the past.  And every path led me to him.  A constant presence in my life, my joys, times of sadness, even horrible bitchy menopause, there at my side, unwavering.
I was one of the lucky ones.  I had seen countless relationships with friends over the years end.  What was different in ours?  What made our bond so strong?  Now, at this time of my life, the wisdom of the years on my stooped shoulders, I knew.  It was the little things.  We both noticed and thrilled at the little things that most took for granted.
That scented flower bud placed on my pillow for me to find at night before I lay down.  The birds we watch together quietly pecking their way over our garden.  The closing of our eyes with a shared sweet treat, savoring it slowly, making it last.  Sitting on the sofa watching a movie and feeling how he traces with a finger the puckered veins on the top of my hand.  His little winks, when he catches me watching him, fiddling in the garage with some new project.  The way we reach for each other’s hands just before we fall asleep.  Our kindness towards each other’s failings, accepting how we both are and not judging.  Yes, it was all of this and nothing more.
I looked at the letter in my hand.  Reread the lines from the doctor’s kind but impersonal letter.  Our time was coming to a close but I would make sure that he would be happy and comfortable to the end.  I knew how to make everyday count.  It was the little things that mattered after all.
I can hear his tread outside, he´s back.  He´ll be full of stories to tell me and while I listen closely, both sitting side by side in our favorite chairs, I will hook my pinkie in his, while he squints his eyes at me and smiles.  Life is good.

El Templo

El Templo

Me acerque al templo con cierta ansiedad.  Había tardado tres días muy duros subiendo hasta lo alto de la cima donde se encontraba.  Dejaba tras de mí el hambre, la desdicha, la perdida, mi mundo, lo dejaba todo atrás.  Cuando no podíamos soportar más la vida subíamos al templo para no volver.  El monje me dijo que todo acabaría aquí y que cuando pasase por su umbral me esperaría una vida nueva, sin tanto pesar.  Antes de franquear su entrada intente vislumbrar que contenía la estancia a la que iba a acceder.  Todo era oscuridad, mutismo.  No dude.  Entre en esa tiniebla y de pronto me vi de nuevo saliendo por la entrada.  Me sentía mareado.  Me esperaba una multitud al bajar tambaleante las escaleras.
—¿Estoy en el nuevo mundo, se acaba la pena aquí? pregunte.
Se me acerco un viejo y posando su mano sobre mi joven hombro me miro tristemente.
—Da igual cuantas veces cruces el umbral.  El mundo es el mismo, la miseria y el dolor no cambian.