viernes, 18 de octubre de 2019

Coffee Grinds



Coffee Grinds
I take the small chair and place it next to the stove,
every morning I sit and wait for the coffee to be done.
He says, when he wakes, that his first cup is the aroma in my hair.
I take the wet grinds out to the lemon tree.
I break them up with an old spoon and imbed them around the roots.
There is no one anymore to smell my hair in the morning.
I still sit in my wooden chair waiting for the coffee to be done,
tears drying on my cheeks from the heat on the stove.

jueves, 17 de octubre de 2019

La Bañera



La Bañera

Me gustó la bañera en cuanto la vi. Era una pieza auténtica. Tenía las patas de garra de león y estaba esmaltada en verde por fuera. — ¿Cuánto?—, pregunté, apartando la vista de las prótesis que tenía en vez de manos el vendedor. —Poco—, contestó, mientras me miraba de arriba abajo lascivamente.
Me la llevé en mi viejo camión a casa. Un vecino, que sabía de fontanería, me ayudó a bajarla y montarla. Qué bonito se quedó el baño. Esa noche, al terminar de trabajar en la casa, coloqué velas por los estantes. Las encendí y apagué la luz. Llené la bañera hasta arriba de agua y burbujas perfumadas. Me desvestí con cansancio; casi no podía levantar las piernas de lo que había trabajado en las reformas de la casa ese día. Pero esta era mi recompensa, una bañera antigua, preciosa. El agua estaba perfecta y mi cuerpo empezó a relajarse. Cerré los ojos mientras canturreaba una canción. De pronto, sentí unas manos alrededor de mis tobillos. Abrí los ojos asustada, no había nadie, pero las manos las seguía sintiendo. Tiraron de mis tobillos hasta que mi cabeza quedó sumergida. Intenté incorporarme pero no pude, pues mis tobillos estaban en el aire, los veía a través del agua, pero seguía sin ver a nadie. Me ahogué mientras gritaba en mi preciosa bañera.
Diario de Levante   5 de Abril 2018
Anuncio: Vendo bañera antigua, esmaltada en verde. Barata. Preguntar por Luis el “Sin Manos”.

Como un Pez



COMO UN PEZ

—Abuelo, abuelo, cuéntame una historia —me pidió mi nieto Luis una tarde de verano donde ni las moscas volaban del calor que hacía.
Nos recostamos bajo la sombra del porche en sendas tumbonas a contemplar el mar y a ver qué cuento se me ocurría.  Luis era nervioso y jamás dormía la siesta, pero se estaba quieto conmigo si le contaba alguna aventura, verdadera o no.
—Pues hijo, a ver qué te cuento. Me estoy quedando seco de historias —le dije sonriéndole.
—Anda abuelo, si tú eres muy viejo, seguro que sabes un montón —se reía, mientras me decía esto.
—Bueno, allá vamos. Esto sería cuando yo no era mozo todavía. Tendría unos doce años.  Era verano y llevaba ya un mes de vacaciones a mis espaldas.  Pero los había puesto a buen uso.  Había en diez días una competición de natación en el puerto del cabo.  Las reglas eran sencillas: empezar en el puerto y dar la vuelta al faro de Cabo de Palos, dos mil doscientos metros, llegando hasta Cala Túnez donde estaba la meta.  Llevaba todo el mes practicando. Mi madre se quedaba en la playa de Levante y cronometraba mis tiempos. Nadaba igual que un pez. Cuando superaba mi mejor tiempo, ella chillaba y bailaba en la orilla. Cuando salía del agua siempre me decía lo orgulloso que estaría mi padre de mí — le conté a Luis.
—Mi padre, había fallecido ahogado en el mar mientras faenaba.  Una tormenta terrible hizo al barco zozobrar, cayendo mi padre al agua. No se pudo hacer nada por él, las olas se lo tragaron  —dije.  Guardamos silencio un rato.  Yo, pensando en aquel trágico día. y Luis mirándome a ver si tuviese que consolarme.
—Bueno, de eso hace mucho —le dije—. Pero no quise volver a entrar en el mar.  Entiéndelo Luis. Odiaba al mar que me había arrebatado a mi padre.  Pero un día paseando por el puerto con la pandilla éramos cinco gamberros de cuidado vi como un chaval se caía al agua desde su Optimist.  Empezó a pedir auxilio y yo no lo pensé dos veces, me tire al agua y nadando con fuerza sobrehumana lo alcance y lo puse a salvo, con la asistencia de mis amigos y vecinos que me ayudaron a sacarlo de la entrada del puerto. Salí en el periódico como el héroe local  —dije.  Recordé lo orgullosa que estaba mi madre al verme en la portada del pequeño diario de La Manga.  Cómo recortó el artículo y lo guardó en nuestro álbum de fotos.
—Sigue abuelo, sigue  —me pedía Luis, casi saltando de la tumbona.
—Pues nada, que a partir de eso, empecé a nadar, cada vez distancias más largas. Era como si al hacerlo, mi padre estuviese animándome desde el cielo a vencer al mar que se lo llevo  —dije con suavidad, mientras contemplaba el mar plácido, a lo lejos.
—¿Y qué paso abuelo? —preguntó Luis.
—Pues que llego el día de la competición y me sorprendí de ver la cantidad de chavales que éramos. Habían venido de varios pueblos de alrededor.  Había uno, en particular, que no me caía muy bien.  No es que fuese mal chaval.  Era de los que llamábamos “los turistas”.  Venían dos meses en verano y luego se marchaban hasta el verano siguiente.  Yo quería ganar, pero ese chaval nadaba fuerte y rápido, así que los dos nos mirábamos de reojo y de vez en cuando incluso nos espiábamos entrenando, para ver quién hacía los mejores tiempos.  Se llamaba Jesús y era de Madrid —dije.  Cogí el vaso que había a mi lado y bebí un trago largo de agua.
—¿Abuelo, y qué pasó?  ¡Jo, cuanto tardas!  —dijo Luis con impaciencia, saltando de la tumbona y apoyando sus pequeñas manos en mis rodillas.
—¿Que qué pasó?  Pues lo que tenía que pasar.  Nos preparamos todos en la salida, en fila, y al pitido del Alcalde saltamos desde el pantalán del puerto. Yo estaba muy impaciente y quería nadar muy rápido, pero sabía que tenía que conservar mis fuerzas.  Era un recorrido largo, sin parar, dando la vuelta al faro de Cabo de Palos desde el puerto  —dije, mirando a mi nieto. Su carita llena de interés.
—Mis brazadas empezaron a ser rítmicas, casi sin esfuerzo para cuando llegue a la altura de la primera cala  —dije.
Luis chilló, elevando los brazos al aire diciendo:
—La Cala del Cañonero.
—Sí, exactamente  —dije sonriendo, ya que le había enseñado el verano anterior el nombre de todas las calas del cabo.
—No quise mirar a ver cómo iban los demás. Vacié mi mente de todo pensamiento y nadé como jamás había nadado. Con un propósito, Luis: que mi padre, donde estuviera, se sintiese orgulloso de mí  —dije con emoción.
—Para cuando llegué a la mitad del trayecto no pude evitarlo, miré atrás.  Había adelantado a todos y por bastantes metros menos a uno.  Jesús, “el turista”, me seguía de cerca  —dije, cogiendo a Luis y sentándolo en mi regazo.
—Ala…  —dijo Luis con cara de preocupación.
—Sí, yo también empecé a preocuparme, quería vencer ante todo.  No iba a permitir que un niñato de la capital me ganara. Así que empecé a nadar con más ímpetu, sincronizando los movimientos entre brazos y piernas, además de la respiración.  Y no paraba de repetirme que yo iba a ganar  —dije mirando a Luis firmemente y dando con mi puño en el brazo de la tumbona.
—Ya había dado la vuelta al cabo. Podía ver a unos doscientos metros todo el pueblo reunido en Cala Túnez, jaleando y haciendo palmas.  Mire hacia atrás. No quería perder al ritmo, pero no podía dejar de mirar.  Necesitaba ver cómo iba.  Cuál fue mi sorpresa cuando vi que varios chavales se habían acercado bastante, pero lo peor fue ver a Jesús casi a mi lado  —dije en voz baja a Luis.
—¿Perdiste, abuelo?  —me dijo Luis con la voz baja y llena de decepción.
—No seas impaciente Luis  —dije con media sonrisa—.  Empecé a nadar más deprisa, intentando que mis brazadas fuesen más potentes y así cubrir el mayor espacio y alejarme de todos.  De repente, moviendo la cabeza para coger aire, oí un grito tras de mí.  Miré hacia atrás. Jesús se estaba ahogando. Un escalofrió recorrió mi cuerpo. Los otros chavales estaban muy lejos y no le alcanzarían a tiempo.  Mire hacia la cala y vi que todos se habían percatado del peligro.  No lo pensé y nadé con renovado impulso hacia Jesús cogiéndole por detrás, como me habían dicho que había que socorrer a alguien en el agua. Jesús volvió a gritar de sorpresa cuando sintió mis brazos a su alrededor.  Empecé a mover las piernas y el brazo derecho con impulso en dirección a la cala.  Le pregunte que qué le ocurría y dijo que tenía un calambre en la pierna izquierda.  Le pedí, que si podía, moviese los brazos para impulsarnos más deprisa sin mover sus piernas  —dije, cogiendo aliento y mirando a mi nieto.
Luis me contemplaba con la boca abierta de asombro, las manitas juntas. 
—¿Abuelo, lo pudiste salvar?  —preguntó en voz baja—.  ¿No le pasaría nada a Jesús, verdad?  —dijo con cara de miedo y preocupación.
—No Luis  —dije con dulzura, pasando la mano por su suave pelo—.  Salve a Jesús de lo que habría sido una muerte segura, ya que tanto los otros chavales como los espectadores estaban demasiado lejos. Sólo yo podía haber llegado a tiempo  —dije.
—Entre mis brazadas con mi brazo derecho y mis piernas, mas el movimiento de los brazos de Jesús, llegamos exhaustos a la meta  —dije sonriendo.
Luis seguía mirándome con asombro.
—¿Sabes lo que paso después, Luis? —dije mientras mi nieto movía la cabeza de lado a lado en negativa, sin articular palabra.
—Que estando los dos tirados en la arena de la cala, con todos a nuestro alrededor hablando a la misma vez, el Alcalde viene y me proclama ganador.  Pero me incorporé sobre mis codos, y mientras Jesús seguía jadeando de dolor a mi lado con su padre dándole un masaje en la pierna para quitarle el calambre, le dije al Alcalde que yo no era el ganador  —dije sonriendo a Luis pícaramente.
—¡Pero abuelo, si tu habrías llegado el primero!  Sólo que fuiste bueno y ayudaste a Jesús  —dijo Luis con cara de no entender mi reacción.
—Luis, ese día, aprendí una cosa muy valiosa.  Ganar no lo es todo en esta vida y mucho menos en el deporte.  Lo que importa es la deportividad, el respeto hacia los que participan contigo y contra ti, pero también, que un amigo para toda la vida se puede hacer en las circunstancias más extrañas  —dije mirando a Luis muy serio. 
Quería que entendiese lo que era la buena conducta en el deporte, el buen perder y también el buen ganar.  Pero ante todo, el respeto hacia tu contrincante.
—Así que me incorporé junto a Jesús, y levantando su brazo junto al mío en el aire, dije:
—Hemos ganado los dos. Hemos llegado juntos. Es un empate. 
Todos los espectadores vitorearon.  Mi madre lloraba de emoción.  El padre de Jesús sonreía sin parar y Jesús, mirándome con media sonrisa, me dijo:
—Gracias, eres un tío estupendo. Me has salvado la vida sin dudarlo.  Por tanto, si algún día necesitases lo que sea, aunque seamos viejos los dos, allí estaré a tu lado.
—Nos emocionamos mucho los dos, Luis, y nos abrazamos de alegría por nuestra victoria, dándonos palmadas en la espalda mientras el Alcalde sacaba pecho, orgulloso, como si hubiese sido el que había ganado.  Nos reímos juntos al verlo.
—¿Abuelo, y alguna vez necesitaste a Jesús? —me pregunto Luis maravillado por la historia.
—Sí, Luis, y no solamente una vez, sino muchas a lo largo de mi vida.  Pero también Jesús me necesito a mí.  Ese gran día los dos aprendimos mucho.  Hicimos muchas competiciones de natación juntos.  Algunas las gano él, otras yo, y otras ninguno de los dos.  Pero siempre nos mantuvimos fieles a las reglas del deporte.  También fieles a nuestra gran amistad  —dije a Luis que seguía escuchando atento.
—Y mira por dónde, quién viene hacia nosotros, Luis  —dije sonriendo y levantando la mano en un saludo al hombre mayor que subía la cuesta de Cala Medina hacia la casa donde Luis y yo estábamos.
Venía con la toalla al hombro y el bañador mojado.  Estaba viejo pero fuerte, como yo, de tantos años nadando.  Pero esta vez no lo vi ochentón.  Vi a aquel chaval, que ese verano hace tantos años se convirtió en mi fiel amigo.  Le veía andar hacia nosotros, moreno, su pelo rubio, con los brazos y las piernas fuertes de nadar.  Volví a sonreír, imaginando que me diría que había una nueva competición de natación a la que debíamos asistir.  Y en tono burlón, afirmaría; esta vez te gano yo.
FIN

lunes, 14 de octubre de 2019

Strangers

Strangers

Strangers are always telling me,
“I love your smile, you always look happy.”
They are strangers…
¿What do they know?

Baking

Baking

In my warm hands
I form my dreams.
All that I am,
comes to shape
for another to eat.

Shut Up

Shut Up

Beware of those who ask for sanity.
Those that look to god with no courage.
They that constantly speak with no meaning.
What the hell where they talking about?
Rotting humans in fresh skin
tight with stitches and white teeth.
Are they correct?
Do you want to die behind a desk
with a million dollar house and car to pay off?

I like wine and cheese,
long sleepless nights,
writing at dawn,
no electricity,
sweat running between my breasts
that I wipe at with my hand.
I smile so pretty
while I think of cutting their tongues out
till they shut up

La Naranja


La Naranja

He encontrado una solitaria naranja en la cocina.  Brillaba, era de supermercado.  La he cogido y llevado a la nariz.  No olía a nada. ¿Sería de plástico?  Era perfecta en todo,  color naranja uniforme,  piel ligeramente rugosa.  He cogido un cuchillo que me gusta del cajón.  Es un cuchillo pequeño que me cabe en la mano, también pequeña, a la perfección.  Tiene el mango de madera, negro, fino y suave.  La hoja también es muy fina.  No larga, pero si afilada.  La cojo siempre con cierta satisfacción.  ¡Es mi cuchillo!  He procedido a cortar la naranja como hago siempre.  Primero la corto por la parte del Ártico.  Y luego por el Polo Norte.  Luego hago cuartos en la piel.  Dejo el cuchillo en el fregador y voy quitando la piel.  Aquí sí que había esencia.  Notaba las pequeñas partículas de jugo caer sobre mis manos.  Una vez quitada la piel, abro la naranja por la mitad. Hace un ruido satisfactorio de tela que se rasga.  Suelta un jugo perfumado.  Vuelvo a oler el gajo.  Divino, sublime.  Me lo llevo a la boca.  Un tsunami invade mi lengua.  Ola, detrás de ola de sabor.  El jugo resbala por mi barbilla, cuello, pecho y manos.  Me chupo el liquido de los dedos.  Esta ácido pero también salado por el sudor de mi piel.  Cuando termino, miro el reloj en lo alto del marco de la puerta.  Son las tres y treinta y dos de la madrugada.  Estoy desnuda.  Mis manos, perfumadas, me las llevo a mi pelo largo, pasando los dedos entre sus rizos negros.  Abro la puerta que da al jardín.  Oigo la quietud de la noche mientras contemplo las constelaciones.  Mis  pies se hunden en la tierra.  Sale el sol.  Pasan unos vecinos por la puerta con su perro.  Contemplan el jardín.  —Mira, la vecina ha plantado un naranjo.

Cieza

Cieza

Campo de cebada verde etéreo.
Cielo aguamarina.
Almendros blancos como novias,
melocotonero rosa,
Cieza suspira.

El tractor va lento.
Yo no tengo prisa.
Me paro a mirar las flores.
Miles de abejas el único sonido.

La luz me envuelve.
Busco el cielo entre tanta flor.
Quiero recostarme en esa tierra,
Y beber como hace la abeja.
Que las flores caigan sobre mí.
Sentirme una con el barro.

Mi corazón palpita junto a las raíces.
Un rayo de luz me ciega.
Solo percibo rosa, blanco, verde, cielo y abeja.

The Little Things

The Little Things

It was hot today.  The kind of heat that you can´t escape from.  I had the ceiling fan on and was sitting in my chair waiting for him to get back.  He said he was going to the cafeteria down the street to read the newspaper and have a chat with a friend.
I was always surprised that I missed him when he wasn’t around, even when I knew he would be back soon.  We had been together since I was a girl.  I can still remember the red sweater he was wearing the first time we met.  Horrible old thing, the neck and wrists frayed, the color faded in some places.
Sometimes, when I look at him, I see that sweater on him, time fading to a softer place where youth was a rapid stream and love was before me with all of its mysteries to unfold.
I can still intensely feel the first touch of his strong hand placed on my naked stomach, the look in his eyes asking for permission to go further.  How I placed my hand on his and smiled, love filling my whole body, heart beating faster, my breath short little bursts, as if I couldn’t get enough air in.
Time had brought a soft yellow light to love with little edges of orange at the tips, especially in the mornings, when he would open his eyes and smile because he had caught me again watching him sleep.  He would always, every day, take my hand and kiss my palm softly.  Little light butterfly wing kisses are what he called them.
We never spoke in the morning as we got up.  But there would be light touches of our hands falling on an arm, back, cheek, as we slowly dressed.  The most special of all, our super hug in the kitchen while the aroma of coffee enveloped us.  Then we would smile and start to chat, the ritual of love being over.
This was about as much as we could call lovemaking now.  Old age had crept up without our noticing, a light fog impeding our movements, making it harder each day to get up out of a chair, climb the stairs or even take our afternoon walks.
I spent more time at home lately, sitting in my favorite chair, letting my mind wander where it will.  It usually led me down the well-trodden path of the past.  And every path led me to him.  A constant presence in my life, my joys, times of sadness, even horrible bitchy menopause, there at my side, unwavering.
I was one of the lucky ones.  I had seen countless relationships with friends over the years end.  What was different in ours?  What made our bond so strong?  Now, at this time of my life, the wisdom of the years on my stooped shoulders, I knew.  It was the little things.  We both noticed and thrilled at the little things that most took for granted.
That scented flower bud placed on my pillow for me to find at night before I lay down.  The birds we watch together quietly pecking their way over our garden.  The closing of our eyes with a shared sweet treat, savoring it slowly, making it last.  Sitting on the sofa watching a movie and feeling how he traces with a finger the puckered veins on the top of my hand.  His little winks, when he catches me watching him, fiddling in the garage with some new project.  The way we reach for each other’s hands just before we fall asleep.  Our kindness towards each other’s failings, accepting how we both are and not judging.  Yes, it was all of this and nothing more.
I looked at the letter in my hand.  Reread the lines from the doctor’s kind but impersonal letter.  Our time was coming to a close but I would make sure that he would be happy and comfortable to the end.  I knew how to make everyday count.  It was the little things that mattered after all.
I can hear his tread outside, he´s back.  He´ll be full of stories to tell me and while I listen closely, both sitting side by side in our favorite chairs, I will hook my pinkie in his, while he squints his eyes at me and smiles.  Life is good.

El Templo

El Templo

Me acerque al templo con cierta ansiedad.  Había tardado tres días muy duros subiendo hasta lo alto de la cima donde se encontraba.  Dejaba tras de mí el hambre, la desdicha, la perdida, mi mundo, lo dejaba todo atrás.  Cuando no podíamos soportar más la vida subíamos al templo para no volver.  El monje me dijo que todo acabaría aquí y que cuando pasase por su umbral me esperaría una vida nueva, sin tanto pesar.  Antes de franquear su entrada intente vislumbrar que contenía la estancia a la que iba a acceder.  Todo era oscuridad, mutismo.  No dude.  Entre en esa tiniebla y de pronto me vi de nuevo saliendo por la entrada.  Me sentía mareado.  Me esperaba una multitud al bajar tambaleante las escaleras.
—¿Estoy en el nuevo mundo, se acaba la pena aquí? pregunte.
Se me acerco un viejo y posando su mano sobre mi joven hombro me miro tristemente.
—Da igual cuantas veces cruces el umbral.  El mundo es el mismo, la miseria y el dolor no cambian.

La Jubilación

La Jubilación

Siempre dije que no llegaría a viejo.  Que el mar me llevaría un día mientras pescaba en mi barquita Lola.  Que un buen día sacando la red del agua caería dentro donde me arrastraría hasta el fondo oscuro a morir.  Pero aquí estoy todavía.  Cuidando a la jodida sirena que saque de entre mis redes el ultimo día de trabajo antes de jubilarme.  Que feliz y orgulloso estaba cuando llegue a puerto ese día con mi sirena.  Como me iban a envidiar todos la jubilación dorada que me esperaba.  Ahora, en cambio, todo es; “Pedro sácame de la bañera.”  “Pedro, méteme en la bañera.”  “Pedro, echa mas sal al agua.”

La Demencia de Mamá

La Demencia de Mamá

— ¿Quién eres?
—Soy tu hija María mamá.
— ¿Seguro?  Yo creo que si tuviese una hija me acordaría, siempre quise una.
—Pues la tienes aquí mismo mamá.
—Ya, eso lo dices pero yo no lo recuerdo.  Yo me acordaría si tuviese una hija.  Sería estupenda.  Una abogada tal vez, como su padre.  Seria alta, guapa, tendría un marido divino y me daría nietos preciosos.  No, yo me acordaría si tuviese una hija.
—Pues la tienes.  Y es baja, gorda, fea y divorciada sin hijos.  Ah, se me olvidaba.  En paro y sin estudios mamá.
—Ves.  Lo sabía.  No puedes ser mi hija.  Mi hija me cuidaría en su magnífica casa y querría que  pasara mi vejez junto a  mis nietos y a ella.
—Mama, este cuchitril en el que vivimos es tu casa de toda la vida.  Aquí me crie y soy tu hija.  Vivimos las dos aquí y todo es una mierda.  Así que  cállate y  duérmete un  ratito por favor    —dijo María.
Fuensanta se hizo la dormida y espero a que la desconocida se durmiese.  Cuando estuvo segura, se levantó y buscó por la casa algo que todavía no sabía que era.  Lo encontró en la galería.  Un martillo.  Se fue con él a la habitación donde la tal María, que decía ser su hija, estaba durmiendo.  Y la mato a martillazos.

Thirty Years

Thirty Years

I hated her.  I could taste my hate.  It even had a texture to it, sort of slimy going down my throat but hot.  My hate was hot.  It made me sweat.  Great rivulets would pour down my forehead and neck when I thought about our latest fight.  I would crunch my fists tight till my fingers sometimes turned blue.  This was to stop myself from punching anything and everything around me, sometimes dreading but wanting to punch her in the mouth till she shut the fuck up with her nagging.
We had been married almost thirty years.  The first ten were good years; I can even remember some of those with fondness.  She was still pretty back then.  Not the heifer she had become now.  If she kept it up she would need a god damn crane to get her ass out of the armchair she spent most of her day in.   But after those, the years just got bad.
It didn’t help that money was scarce.  It was my difficulty in keeping a steady job that made it so.  It was not my fault.  The economy was going down the drain and there was nothing I could do about it.  That is when her nagging started, even her belittling of me as a man who couldn’t hold down a good job.  And it just got worse.  Our fighting took on a mean streak, nasty and hateful.
We were at Wallmart shopping for crap we didn’t need to fill up a house already filled to the brim with crap.  She started harping on about an astray that I had broken that morning…
“You just had to go and break it in such a way so that I can’t even paste it back.  And it was a vintage astray too, cost some good money when I bought it and probably could of sold for double,” she said.
“Vintage my ass,” I said low.  Of course she heard me.
“Don’t you go talking behind my back; you don’t know shit about vintage.  Crap, you don’t even know how to keep a job,” she laughed out loud.
I felt the sweat coming, my fists closing tight.  My skin felt on fire and that sliminess was going down my throat again.  I felt like grabbing her head and breaking it like a watermelon over my knee.  I could even imagine the cracking sound it would make and the blessed silence that would follow.  Thirty god damn years, that is all I could think about and how I couldn’t go on like this anymore.
She was walking in front of me with that huge ass of hers, putting more crap into the cart, when she turned to look at me.  Her mouth was slightly open; her eyes wide as if she was seeing some wondrous thing.  She looked at me and reached out her hand.  She said my name softly, like she used to when we still made love, so many years ago I couldn’t even remember the last time.  But I remembered that sweetness that came on when she said my name like that.  How I just wanted to bury myself into her soft folds, I didn’t mind her being fat then, and lie there till I died.
I used to force myself to keep my eyes open just so that I could see her brown ones go dark when she found her pleasure.  And only then would I let myself go.  Her skin always smelled so good, like coconut water that flows over your hand when you open one and the smell reaches up to your nostrils in a flash.
Instinctively my hand reached out for hers.  Something was wrong her look said.  I was the one that always fixed anything that broke around the house, so fix this; it was that kind of look.  Our fingers touched but separated as she fell backwards, never loosing eye contact with me, in slow motion.  It was like one of those horror movies in which you see the knife falling slowly towards the exposed flesh of its victim, taking so long that you lose sense of time.  Then the noise her body made as it fell flat on the floor, a huge bang that brought me out of my fogged up state.
I rushed to her, knelt by her side, grabbed her hand and softly, like a caress, said her name.  Her dead eyes stared straight ahead.  She would never bitch at me again, laugh at me, and make me hate her till I felt on fire.
Nor would she fry me up my favorite spicy chicken legs.  Make sure my pillow case was always clean.  Put cream on my sore shoulder.  Hold my hand at the movies.  Hug me close when I got home and had lost another job.
I kept hearing a keening wail coming from somewhere.  I felt a hand on my shoulder; it made me realize I was the one making the sound.  The tears wouldn’t stop falling for a long time nor would the slimy hot textured like spit that went down every time I swallowed.  I wanted thirty more years with her and now I would never have them.

Antártida

Antártida

Esperaba ver al oso polar de un blanco virginal.
Solo vi ojos negros mirarme con hambre,
su manto cubierto de sangre.
Garras de las que colgaban restos de carne.
La foca muerta, eviscerada, a su lado.
Me siguió con la mirada.
Calculo distancias y esfuerzo.
No pude apartar los ojos, quieta,
como un ciervo al oír pisadas en el bosque.
Mi instinto también calculo, sin apenas percibirlo,
distancia, escondrijo.
Supe que moriría al ver mis cálculos fallidos.
El oso sonreía, doble cena...
Un buen día.

Different Shoes

Different Shoes

I didn´t understand what was happening.  Why was everyone treating me differently?  What had changed?  School started just like always.  Mom drops me off and I rush over to meet my friends waiting at the door.  Only today they acted like I didn´t exist.  I said hi, they said hi and promptly looked away.  What was going on?
I walked into class but as I was going to sit down the teacher said to me to sit at the back like a good girl.  What did she mean; I always sit up front or where I wanted.  Class started and since I loved math I was very excited as I knew everything the teacher would ask that day.  But every time I lifted my hand she just ignored me.  After my morning class had finished and repeatedly feeling like I was invisible and undesirable, I went off to the cafeteria.  As I got in line, the kids in front of me gave me weird looks and tried to not get too close to me.  As I got my lunch and said thank you to the nice African American woman who served me, and getting a nice smile back, I ran off to sit with my girlfriends.  But when I arrived at the table they all suddenly went quiet and looked away.  So I asked them if they could make room for me and Lisa said that I should sit at the table for people like me.  Then she pointed to the back of the cafeteria where I saw two tables were only children with dark skin color were sitting.  I slowly walked in their direction and they made room for me in such a natural way that I suddenly realized that I was not white Jenny Coran today.  That overnight something had happened and my skin had changed.
I sat down slowly but could not eat.  I started to listen to the conversations around me.  There was a boy who was retelling a tale of how yesterday it was raining so hard and that the only way to get home was walking, as the white bus driver told him that his bus didn´t allow kids of color on it so to get the hell out.  He started walking home and was so wet, miserable and cold that he started crying.  How a car passed him so fast that a big puddle of muddy water splashed all over him and that as he looked up he saw a white girl looking out the back window laughing at him.  The car suddenly stopped and a woman got out with an umbrella rushing over to him, saying how sorry she was, to please forgive her and to let her take him home as he was so wet.  Without waiting for a reply she ushered him into the car next to the girl who had laughed at him and drove off towards his home.  The silence between the two in the back seat turned long and uncomfortable.  The mother asked her daughter what was wrong and she answered.  “We are tainted now Mom, you have let a colored boy into our car.  What am I going to say at school tomorrow when they ask or maybe even shun me for what you have done?”  The mother stopped the car slowly and looking back at her daughter, very sadly, said.  “I hope that you never find yourself in the shoes of people who are shunned for their race or religion.  I hope you never have to feel their despair or sadness.  And I also hope that you will always open your heart to others no matter whom or what color their skin is.”
The other children looked at the boy with amazed faces at his story.  But Jenny Coran could only cry over every horrible thing she had experienced that morning.  Jenny finally understood what her mother had said yesterday… she was in someone else’s shoes today.

El Pozo

El Pozo

Cada primavera un hermano mío era enviado a un internado.  Jamás volvíamos a saber de ellos.  Sería extraño si hubiésemos sabido que eso no era la norma, pero no lo sabíamos, vivíamos aislados de los demás y solo conocíamos a nuestra familia y criados que vivían en la finca.  Había un pozo en nuestra finca al que mi madre siempre le gustaba sentarse cerca en primavera.  Llego el día en que me toco a mí marchar al internado y mi madre me hizo llamar al jardín donde estaba el pozo.  El pozo estaba descubierto y me dijo que me asomase.  Al hacerlo, me tiro dentro cayendo encima de mis hermanos muertos.  Mientras cerraba el pozo la oí murmurar. —Algún día tendré un hijo listo que no se asome.

El Árbol

El Árbol

Hace frió, el mundo duerme.
Sol que raya el bosque.
Las motas de polvo hacen su baile.
Las hojas, como una manta cálida, cubren el suelo.

El viento es suave.
Veo una ardilla mirarme.
Mi mente vacía.
Soy solo sentido.
Desayuno el vacio del bosque.

Ya no corro, solo paseo.
El tiempo se ha detenido.
Expulso mis demonios.
Toco el árbol.
Por fin… he llegado a mi sitio.

I Wanted

I Wanted

I wanted storms,
You brought sunshine.
I wanted to fast,
You wanted to feast.
I wanted wind,
You watched a calm sea.
I wanted craziness,
You were so sane.
I wanted fireflies,
You listened to the bees.
I wanted night owls,
You craved for a deer.
I wanted to climb mountains,
You wanted to stay at home.
I wanted tears,
You had dry eyes.
I wanted to scream,
You lived in silence.
I wanted to dream,
You thrived in reality.
I wanted your kiss,
You didn´t want mine.
I wanted you.
You never, not once,
Wanted me.

The Spiral Staircase

The Spiral Staircase

There is a spiral staircase in my head
Winding slowly
With each step I take
So that I can never
See the end…

Love Will Pass

Love Will Pass

But what is love,
if not the devastation of a heart?
The rendering of the mind.
The flutter in your stomach?
The shortness of breath,
at the thought of him.
At sight, no words.
But love is insanity,
for the feeling does not last.
You are left empty wishing always,
for that which has passed.

Nostalgia

Nostalgia

This place of unlimited possibilities
of which I relinquish its grip.
Loosening her grasp of boundless joy,
holding no grudges.
I travel alone the road to nostalgia,
bound to taste its obsessive thoughts,
it´s silent reverie.
The wreckage of my thoughts and soul.
The brightness in my eyes dulled.
My final complexity of stillness.

The Hunted Animal

The Hunted Animal


I awoke to the night.
Not yet dawn.
The birds were at my window.
Singing a mournful song.

The owl rode the moon still.
That shone into my room.
His eyes were sad.
The rabbits were full of doom.

They know the sun would not shine.
Not ever again for me.
They had come to pay their respects.
To stand by me.

Since small I had walked into the woods.
Run with them during the hunt.
Never forgot their woes.
I was one of them.
And to the sweet earth I will be returned.

They had come to follow me.
To my final resting ground.
To pay their respects.
To another animal hunted down.

The New Family Member



The New Family Member
Betty was nervous.  Finally the day had arrived.  So many years of wishing for a companion, a brother, a sister, was finally here.  They both sat at the window.  In silence, there were no need for words, each new the others heart.  And it´s not that Betty didn´t love Sandra, it was just the loneliness of being different, of something missing.
They heard the car in the drive but they did not move from their place.  They kept quiet and waited.  Dad got out of the car, opening the back seat, bent down and retrieved a bundle from it.  He held it tenderly in his arms and then he looked up and spied them there watching him.  He smiled and walked towards the house.
Betty and Sandra were waiting for him when he opened the door.  But they were still quiet.  Dad bent down on one knee and looking at Betty said gently.   “Hey girl… here she is.”  Betty came slowly forward and put her cold nose in to the bundle, whining softly.  Sandra could see a tiny dog, brown and sad looking.  She was shaking terribly she was so scared.  Sandra took the bundle from her father’s hands and softly unfolded the dog from it setting her on the floor.  The puppy shaked herself vigorously and looked at Betty who now could not stop moving her tail in happiness.  The little thing barked softly, as in recognition, of knowing that she had found not only a home but a mother too.
Betty and Sandra looked at each other and smiled.  Life was good.

domingo, 13 de octubre de 2019

La Casa de Leonor


La Casa de LeonorMi mente está llena de horror.                                             
Entre en esa casa.
Sí, la de la vieja Leonor.
Estaba oscura.
No había luz ninguna.
Cada paso que daba,
Oía dos más a mi espalda.
Mi respiración se volvió entrecortada.
Estaba asustada.
Solo es una casa,
No hay nada que temer.
Leonor murió sola.
La enterraron ayer.
Una mano en mi hombro,
Me hizo detener.
No quería mirar,
No pude más que volverme.
Leonor muerta me sonreía.
Me sostenía.
No podía moverme.
Me mordió en el cuello.
Grite y grite.
La sangre le corría por la cara.
Me miro y me dijo.
“Hija, que bien que has venido a comer.”

Days End

Days End

I awake to the sound of leaves as they floated on the air.
I weep.
You were not here with me, your essence is gone.
I will walk alone the forest; talk with myself.

The birds will give me advice.
The wolf a cold shoulder.
The bear an embrace.
The stag will look down on me in my shame.
The beetle will scurry not wanting to bother with my pain.

I will roam the forest and its mountains,
never to come out again.
Looking for the feeling that we had when together.
In time I will become a shadow.
The forest will welcome me then.
For everything that can never go back,
rests in its shade at days end.

No esta Todo Perdido

No Está Todo Perdido


¿A dónde van las mujeres cuando ya no las quieren?  ¿Cuándo nuestros muslos engordan, nuestros antebrazos cuelgan, el pelo se torna gris?  Te mire alejarte.  Todo había terminado.  Recuerdo la sensación de desamparo, de no saber qué hacer después.  Me quede de pie, entre el gentío que pasaba a mi lado sin mirarme, sin darse cuenta que  las lagrimas resbalaban por mis mejillas pálidas, sin maquillar.  ¿Qué va a ser de mí?
Salí del juzgado.  Hacia un día sin color, neutro, de frio espantoso.  Me volví a quedar inmóvil, sin rumbo de nuevo, en los escalones del juzgado.  Miraba pero no veía lo que tenía ante mí.  Mi vista cobro de pronto lucidez.  Me fije en un cartel grande.  Estaba justo enfrente del juzgado,  en lo alto de un edificio.  Los colores del cartel eran cálidos, veraniegos.  Se veía a una mujer subiendo  a un crucero con una amplia sonrisa.  Se embarcaba a la felicidad que prometía el sol, arena y mar.  Me fije bien en la mujer.  Mire su rostro.  Podía haber sido yo hacía unos años.  Empezó a llover.  Seguí sin moverme.  Mis lágrimas ya olvidadas.
Saque el móvil del bolsillo de mi abrigo.  Ese abrigo negro horrible, amplio, que odie siempre aunque me lo compre para tapar mis curvas.  Marque el número que aparecía en el cartel como en un sueño, sin realmente pensar lo que estaba haciendo.
-Hola… ummm… he visto vuestro anuncio.  No sé...-
- Hola, me llamo Yolanda.  Deje que le explique sobre nuestra oferta estrella de este mes.  Si  usted es mayor de 45 años tenemos un crucero exclusivo para divorciados que incluye ocho días y 7 noches por el Caribe todo incluido por solo 2800 Euros en cabina turista sin balcón.  Ahora si lo quiere en primera con balcón son solo 3400 Euros.
-Pues…  en primera-
Dios, en que estaba pensando.  ¡Qué estaba haciendo!
-Vale, pues tiene que facilitarme sus datos, nombre, número de tarjeta y ya está.  Le digo las fechas disponibles primero.
-¿Cuál es la fecha más cercana?-
-Pues sale un crucero el día ocho a las diez de la mañana.  ¿Qué le parece esa fecha?-
¿Pero estoy loca?
-Si… Si… esa?
Terminados los trámites seguía allí de pie, mojada en las escaleras del juzgado.  Empecé a andar preguntándome que había hecho.  Nunca hacia cosas así, sin meditarlas.  ¡Un crucero de divorciados!  Pero eso era lo que yo era ahora.  Una divorciada.  No tenía nada que hacer.  Nunca había trabajado y el divorcio me permitía seguir así.
Vagaba sin rumbo.  Ya no había prisa por llegar a casa, ni cena que hacer, ropa que lavar, nada de nada.  Vi un escaparate de peluquería.  La recepcionista me sonrió al pasar.  De pronto di la vuelta y entre.
-Hola-
-Hola… ummm… quería arreglarme el pelo.-
La chica me pregunto si tenía cita.  Le conteste que no, con decepción, sabiendo lo que me iba a decir.  Pero antes de que pudiese contestar apareció a mi lado una mujer más o menos de mi edad.  Se me quedo mirando unos instantes, me miro mis ojos rojos e hinchados de haber llorado.  Sin mediar palabra me ayudo a quitarme el abrigo.  Amablemente me acerco a una silla y me cubrió la ropa.
-¿Bien, que te gustaría?- me pregunto con sus manos posadas sobre mis hombros que temblaban todavía ligeramente.
La mire a través del espejo.  –Me voy en un crucero que acabo de contratar dentro de tres días al Caribe.-  Le dije, esperando que ella se riera de mí, que me dijese que estaba loca.  Pero me volvió a sonreír diciendo:
-Sé exactamente lo que le hace falta entonces.-
Cuando salí tres horas después no me reconocía.  Ámbar, así se llamaba la dueña, me había aconsejado mechas rubias y un corte moderno y fácil de llevar por encima del hombro.  Al pagar, nos quedamos mirándonos un rato en silencio y sin mediar palabra me abrazo fuerte.  Las mujeres nos entendemos sin tener que hablar, especialmente las que somos mayores.
Y aquí estoy.  En mi crucero.  Tomando una piña colada rodeada de mis nuevas amigas.  Riendo a carcajadas, bailando, tomando el sol.  Esta mañana antes de salir de mi camarote me mire fijamente al espejo y pensé. ¿Sabes a donde van las mujeres a las que ya no las quieren?  Pues a la peluquería, a la boutique, de crucero, al cine, de copas, al teatro, a la playa, a la montaña, etc.  Con otras mujeres, apoyándose, queriéndose, animándose. Van a vivir y si, a volver a amar algún día.  La vida no se acaba por que un hombre no sabe apreciar lo que tenia.

FIN

El Conductor de Autobus

El Conductor de Autobus


El conductor puso en marcha el autobús y empezó el recorrido del día.  La primera parada estaba atestada de gente.  Pagaron y una vez sentados empezó la marcha hasta la siguiente.
Unos…
“¿Has hecho los deberes?”
“No, estuve jugando a la Play.”
“Pues te vas a meter en un lio.”
“Me da igual.”
Otros…
“¿Juan, que tal anoche con tu cita nueva?”
“Nada, una pérdida de tiempo.  Las mujeres de hoy son demasiado para cualquier hombre normal y más uno como yo.  ¿Qué tengo yo que ofrecer a una con carrera, idiomas y encima que gana más que yo?”
“Pues eso es lo que yo digo.  Yo me conformo con llegar del trabajo a casa, sacar a pasear a mi perrita y ver la tele un rato.  Además, hago lo que me da la gana y no tengo que oír a nadie quejarse de si mi barriga esta gorda, que si visto mal…”
Y otros…
“¿Cuenta, tienes todos los papeles en orden?”
“Si, solo falta este ultimo sello y ya me dan el DNI español.”
“¿Y estas contenta?”
“Y yo que sé.  Por donde voy la gente me mira rara, no encuentro un empleo que valga la pena y lo peor es que me voy a casar con un hombre que apenas conozco.”
“Yo ya le he cogido cariño al mío.  Y una vez que vienen los niños pues te adaptas y aceptas tu destino.”
El conductor seguía conduciendo el autobús de parada en parada.  Lo mismo todos los días, cinco días a la semana, ocho horas al día.  Al final todas las conversaciones se parecían.  Todo era aburrido, banal, no había nada de interés en esas personas que recogía y dejaba todos los días.  Todos se fundían en uno al final con el mismo murmullo de fondo.
El conductor se corto las venas en el autobús al terminar su jornada… el aburrimiento pudo con él.

Cuento de Navidad

Cuento de Navidad


El tren tenía un ritmo el cual parecía que mi corazón seguía.  Estaba cansado de viajar, no tener ningún sitio al que llamar hogar, de estar solo, sin pareja, ni hijos, ni un futuro que se vislumbrase.  Sentía que la vida, como la arena, se deslizaba rápido por mis dedos acercándome al final.  Tenía 42 años y estaba perdido.  El tren traqueteaba llevando este cuerpo desvencijado y sin esperanza al único sitio que podía ya reconocer.  Los brazos de mi madre.  Como el anuncio del turrón, volvía a casa por navidad.
Estaba solo en la cabina privada, no oía pasos ni a nadie hablar, como si el tren estuviese vacio y el destino no se podía atisbar.   Estaba tan cansado, tenia falta de dormir, como cuando era niño con ese sueño profundo de los inocentes.
La puerta se deslizo con brusquedad y entro una señora, bien vestida, de facciones agradables pero mirada dura.  Me contemplo unos segundos de arriba abajo y sentándose empezó a hablar.
-¡Que noche!  He pasado por tres cabinas ya.  Ya no hay gente de buena familia que viaje en primera clase, cualquiera se mete.  Falta educación y saber cuándo se está delante de alguien como yo.  ¿No será uno de esos, verdad? -
Sin esperar repuesta prosiguió.
–Ya ves, solo hay que mirarme para saber que yo si soy de una buena casta.  Mi padre era general, mi madre, una gran señora de sociedad de la capital.  Aunque no sé porque le cuento esto a usted.  Seguro que no hemos coincidido en ningún sitio de los que yo frecuento.-
Me volvió a mirar lentamente y me removí incomodo pues me reconocía en su mirada.  Yo, si yo, me había comportado así en muchas ocasiones a lo largo de mi vida.  Cerré los ojos, pues una sensación de vergüenza me recorría por dentro.  ¿A cuantos deje de lado que valían más que yo?  La volví a mirar pero se había marchado.  Bueno, tampoco yo era un tipo tan malo pensé.  Alguien paso por el pasillo y se detuvo.  Decidió entrar, pues supongo que al verme solo no me importaría compartir la cabina.  Era un caballero mayor que seguramente en su juventud habría sido apuesto.  Contemple su reloj de oro, la ropa de marca y pensé, empresario.
–Buenas noches, me llamo Martin Villaescusa, a su servicio.  ¿A casa a ver la familia, no?  Yo tengo tres ex esposas y 8 hijos, así que todas las navidades me reparto entre una u otra.  Ya no compro regalos a ninguno.  Dinero, eso es.  Dinero es lo que quiere la gente, lo que interesa por encima de todo.  ¿No cree usted?-
Mientras hablaba se saco del bolsillo un fajo grande de billetes de 500 euros y el brillo en sus ojos al verlos me lleno de pavor.  Yo, de nuevo, había pensado que no había nada más importante en la vida que tener mucho dinero.  Esa mirada había sido la mía en muchas ocasiones.  Sentí un temblor por dentro, cerré los ojos, asqueado por todo lo que había hecho por dinero.  Oí la puerta cerrarse con suavidad.  Seguí con los ojos cerrados pero al rato sentí una corriente en la nuca y al abrirlos contemple a la mujer más bella que jamás había visto en mi vida.  Voluptuosa,  curvas de Venus, mirada lasciva, labios rojos y piernas largas.  Me sonrió mientras su mirada bajaba a mi pantalón.  Sabia el efecto que tenia y su mirada era invitación a perderme en sus cabellos perfumados.  ¡No!  Me dije para sí.  No, nunca más me dejaría arrastrar por una mujer sin piedad, vacía de amor y amabilidad.  Quería ternura en una mirada, no lo que ella me ofrecía.  ¡Quería amor!  La contemple con desprecio, asco.  Y lo que había sido una Venus se convirtió en un huracán de enfado e ira.
– ¿Me miras así, tu?  ¡Quien te has creído que eres!  Cualquiera daría lo que fuese por acariciarme.  ¡Eres un don nadie, un mierda, un muerto que anda todavía!-
Su voz se iba elevando hasta que las últimas palabras eran a gritos.  Me tape los oídos, volví a cerrar los ojos y desee que se marchase.  La puerta dio un portazo al abrirse y pensé, ya esta, paz.
–Joder, que cabreo.  ¿Qué le has dicho tío?-
Tenia delante de mí a un hombre muy gordo.  Llevaba en la mano una bandeja de pasteles que balanceaba sobre su estomago.  La boca llena de merengue, la cara manchada de azúcar y un ruido asqueroso al masticar.  Los pasteles de la bandeja eran maravillas culinarias, de las que yo antes hacia un festín sin reparar en moderación alguna.  Pero de nuevo, al mirarme el hombre con los ojos vidriosos, sentí repugnancia hacia lo que yo había sido también hacia poco.  Por el amor de Dios, esto parecía una pesadilla de nunca acabar.  El hombre me miro.
– ¡Yo estas navidades no pienso mover un dedo para hacer nada de nada, que lo hagan los demás!  ¿Verdad?  Voy a tumbarme y que me sirvan.  ¿Por qué debo yo de molestarme?  ¿Qué ha hecho nadie por mi?-  Y dicho esto, salió por la puerta.
Por fin, pensé, ya me dejaran en paz.  Pero al mirar el pasillo vi a una mujer pasar con sus dos hijos pequeños.  Me sonrió al verme.  Pensé que entraría a sentarse pero apareció un hombre y cogiendo al pequeño con ternura de sus brazos, la miro con tanto amor que de nuevo el sentimiento que me embargo me dejo avergonzado.  Envidia.  Nada nuevo para mí.  Mis ojos se llenaron de lágrimas.  Un grito ahogado salió de mí.
Alguien me zarandeaba.  Abrí los ojos.
-¡Mama!-
-¿Pero qué pesadilla estabas teniendo Gonzalo?  Anda, levántate que tus hijos quieren jugar contigo, tu mujer que la ayudes y tus hermanos te quieren felicitar las Navidades.  Y luego no olvides que tenemos que ir a la iglesia a repartir regalos y comida a los más necesitados.  Hay, que bueno que eres Gonzalo.  ¡Qué bendición para todos¡
-¿Mama?  Feliz Navidad.-

FIN

El Sueño Hecho Realidad



El Sueño Hecho Realidad...

Aurora soñaba, despierta, mientras miraba por las tres ventanas que conformaban su vida. Una ventana, la de su casa, daba a un viejo y sucio parking con el consiguiente edificio enfrente de ropas tendidas. La otra ventana, la del parabrisas de su coche, durante el trayecto a su trabajo. Con el cielo del amanecer y la silueta del faro al fondo. A su derecha las salinas y a su izquierda el lejos horizonte del mar. Y la tercera, la más dura de mirar puesto que estaba tapada con un vinilo que impedía ver la calle, la de su trabajo. Trabajo donde pasaba todos los días de su vida. Del amanecer hasta el anochecer. Aurora era repostera. Creaba tartas esculturales, eran sus lienzos. Y cuando el cliente le dejaba dar rienda suelta a todo lo que había dentro de ella, porque Aurora estaba llena hasta arriba de sueños y fantasías, dejaba volar su imaginación y creaba obras que luego otros devoraban. Sin saber que se comían los sueños que iban matando a Aurora.  Porque Aurora soñaba, despierta.
No vivía su vida, vivía la de su cabeza, la que imaginaba cuando miraba por sus tres ventanas. Y no era una vida imaginada de lujos, palacios o fiestas. Los sueños de Aurora eran sencillos. Cuando se sentaba en la ventana de su casa se imaginaba que vivía en una cabaña en el monte. Veía pasar ciervos, pájaros, ardillas. Como florecían las plantas en primavera en el pequeño jardín. El sonido del viento entre los árboles. El crepitar de la chimenea cuando hacia frio. Pero ante todo, el silencio lejos del mundo.
Por la ventana de su coche imaginaba que se subía a un barquito chico y pescaba peces de colores brillantes que luego devolvía al mar. Que se bañaba entre las olas sin jamás cansarse o que trabajaba en ese faro lejano, sacándole brillo a los cristales de su luz mientras su pelo se revolvía en el viento.
Pero los mejores sueños eran los de la ventana de su pastelería. Mientras creaba dulces, decoraba pasteles o fregaba cientos de tarteras, Aurora imaginaba que lo dejaba todo y empezaba a andar sin rumbo, dejando todo lo que la hacía infeliz atrás.
Aurora estaba hecha solo de sueños sin cumplir. Eso era lo que ella era… un sueño con vida.
Hasta aquel día.  Un día que empezó como siempre, normal, aburrido, otro más. Pero al entrar al trabajo, mientras abría la puerta y quitaba la alarma, a Aurora se le ocurrió volver a salir por la puerta y mirar el cielo. No tenía nada de distinto ese cielo, era azul con unas nubes, el cielo de siempre. Pero algo tiraba de ella. Y por una vez en su vida dejo de lado lo responsable y siguió el impulso que le guiaba. Empezó a andar. Cruzo la carretera y se adentro en la zona de las salinas, busco un sendero que le habían dicho que estaba allí y lo siguió, sin prisas, tranquila. Disfrutando del sol y el viento. Pasó las salinas, volvió a cruzar otra carretera y empezó a subir la ladera de una montaña. Aquí no había sendero, pero ella sabía que debía seguir esa dirección.
El sol había subido ya del todo para cuando encontró un camino de tierra y no dudo en seguirlo. Empezó a sudar, tenia sed, hambre y un dolor extraño pero fuerte en el costado, pero no podía parar pues ese algo la empujaba hacia delante. El camino se adentro entre unos pinos que empezaron a hacerse cada vez más espesos.  Olía a mar, así que sabía que estaba cerca de la costa. De pronto vio a lo lejos la chimenea de una casa entre los árboles.  Su corazón empezó a latir con fuerza y se puso a correr, esa chimenea le parecía haberla visto antes. Salió de golpe de entre los pinos que parecían que querían impedirle llegar a ver la casa. Y se paró en seco. Aurora conocía esa cabaña.
Era la cabaña de sus sueños, con la chimenea, el porche, el pequeño huerto, las flores, el gato gris y el perro dormilón. El corazón de Aurora latía ya con tanta fuerza que le costaba respirar ya que no podía ser real lo que estaba viendo. Avanzo con lentitud, no vaya a ser que todo se esfumara ante sus ojos. Y girando a su izquierda vio el caminito que bajaba a la playa. Lo siguió, como en un estado de ensueño pues nada parecía real, pero lo era. Y allí, en la orilla estaba el barquito chiquito. Su barquito de sueños de su segunda ventana, el del camino al trabajo. No daba crédito ya a sus ojos pero al girar y mirar el horizonte de la costa lejana, allí estaba su faro. Dando la vuelta corrió hacia la cabaña de nuevo y sin detenerse abrió la puerta de golpe, entrando en el saloncito. Con sus zapatillas al lado de la puerta, con el bañador y la toalla esperándola para ese largo baño en el mar.
Aurora se quedo pensativa, quieta, en ese silencio tan suyo donde nada ni nadie podía llegar a turbarla. Estaba en casa, con su barquito y su faro. Sus tres ventanas eran la realidad y esa otra vida el sueño, solamente un mal sueño.  Aurora por fin sonrió.

¿Crees que se dio cuenta al final? -pregunto uno de los que había presenciado lo que había ocurrido.

No creo, fue todo muy rápido. Yo la vi. Vi que iba como en un sueño. Ni siquiera miraba por donde iba -contesto otro señor.

Pues yo estaba al otro lado y su mirada estaba puesta como en la lejanía. Como si viese algo que los demás no podíamos ver  -dijo una mujer mayor a la que se le notaban los nervios por lo ocurrido.

Esa sonrisa al final, que paz había en ella  -susurro entre llantos el hombre que la había atropellado, mientras el policía le tapaba la cara a Aurora, a su dulce sonrisa, a sus ojos en la lejanía…. a su sueño hecho realidad.

FIN

El Hilo de Lana


El Hilo de Lana

Desmadejada me he quedado.
Te quedaste al marchar con mi hilo en la mano.
Dejaste;
Una mano por allí.
Una pierna por aquí.
Y el corazón en otro lado.
Hoy cogeré hilo de plata y aguja.
Llenare el cielo de estrellas bordadas.
Así cuando mires al cielo para que te guie lejos de mi,
no sabrás por donde marchar,
pues todas las constelaciones te traerán de vuelta.