domingo, 13 de octubre de 2019

El Sueño Hecho Realidad



El Sueño Hecho Realidad...

Aurora soñaba, despierta, mientras miraba por las tres ventanas que conformaban su vida. Una ventana, la de su casa, daba a un viejo y sucio parking con el consiguiente edificio enfrente de ropas tendidas. La otra ventana, la del parabrisas de su coche, durante el trayecto a su trabajo. Con el cielo del amanecer y la silueta del faro al fondo. A su derecha las salinas y a su izquierda el lejos horizonte del mar. Y la tercera, la más dura de mirar puesto que estaba tapada con un vinilo que impedía ver la calle, la de su trabajo. Trabajo donde pasaba todos los días de su vida. Del amanecer hasta el anochecer. Aurora era repostera. Creaba tartas esculturales, eran sus lienzos. Y cuando el cliente le dejaba dar rienda suelta a todo lo que había dentro de ella, porque Aurora estaba llena hasta arriba de sueños y fantasías, dejaba volar su imaginación y creaba obras que luego otros devoraban. Sin saber que se comían los sueños que iban matando a Aurora.  Porque Aurora soñaba, despierta.
No vivía su vida, vivía la de su cabeza, la que imaginaba cuando miraba por sus tres ventanas. Y no era una vida imaginada de lujos, palacios o fiestas. Los sueños de Aurora eran sencillos. Cuando se sentaba en la ventana de su casa se imaginaba que vivía en una cabaña en el monte. Veía pasar ciervos, pájaros, ardillas. Como florecían las plantas en primavera en el pequeño jardín. El sonido del viento entre los árboles. El crepitar de la chimenea cuando hacia frio. Pero ante todo, el silencio lejos del mundo.
Por la ventana de su coche imaginaba que se subía a un barquito chico y pescaba peces de colores brillantes que luego devolvía al mar. Que se bañaba entre las olas sin jamás cansarse o que trabajaba en ese faro lejano, sacándole brillo a los cristales de su luz mientras su pelo se revolvía en el viento.
Pero los mejores sueños eran los de la ventana de su pastelería. Mientras creaba dulces, decoraba pasteles o fregaba cientos de tarteras, Aurora imaginaba que lo dejaba todo y empezaba a andar sin rumbo, dejando todo lo que la hacía infeliz atrás.
Aurora estaba hecha solo de sueños sin cumplir. Eso era lo que ella era… un sueño con vida.
Hasta aquel día.  Un día que empezó como siempre, normal, aburrido, otro más. Pero al entrar al trabajo, mientras abría la puerta y quitaba la alarma, a Aurora se le ocurrió volver a salir por la puerta y mirar el cielo. No tenía nada de distinto ese cielo, era azul con unas nubes, el cielo de siempre. Pero algo tiraba de ella. Y por una vez en su vida dejo de lado lo responsable y siguió el impulso que le guiaba. Empezó a andar. Cruzo la carretera y se adentro en la zona de las salinas, busco un sendero que le habían dicho que estaba allí y lo siguió, sin prisas, tranquila. Disfrutando del sol y el viento. Pasó las salinas, volvió a cruzar otra carretera y empezó a subir la ladera de una montaña. Aquí no había sendero, pero ella sabía que debía seguir esa dirección.
El sol había subido ya del todo para cuando encontró un camino de tierra y no dudo en seguirlo. Empezó a sudar, tenia sed, hambre y un dolor extraño pero fuerte en el costado, pero no podía parar pues ese algo la empujaba hacia delante. El camino se adentro entre unos pinos que empezaron a hacerse cada vez más espesos.  Olía a mar, así que sabía que estaba cerca de la costa. De pronto vio a lo lejos la chimenea de una casa entre los árboles.  Su corazón empezó a latir con fuerza y se puso a correr, esa chimenea le parecía haberla visto antes. Salió de golpe de entre los pinos que parecían que querían impedirle llegar a ver la casa. Y se paró en seco. Aurora conocía esa cabaña.
Era la cabaña de sus sueños, con la chimenea, el porche, el pequeño huerto, las flores, el gato gris y el perro dormilón. El corazón de Aurora latía ya con tanta fuerza que le costaba respirar ya que no podía ser real lo que estaba viendo. Avanzo con lentitud, no vaya a ser que todo se esfumara ante sus ojos. Y girando a su izquierda vio el caminito que bajaba a la playa. Lo siguió, como en un estado de ensueño pues nada parecía real, pero lo era. Y allí, en la orilla estaba el barquito chiquito. Su barquito de sueños de su segunda ventana, el del camino al trabajo. No daba crédito ya a sus ojos pero al girar y mirar el horizonte de la costa lejana, allí estaba su faro. Dando la vuelta corrió hacia la cabaña de nuevo y sin detenerse abrió la puerta de golpe, entrando en el saloncito. Con sus zapatillas al lado de la puerta, con el bañador y la toalla esperándola para ese largo baño en el mar.
Aurora se quedo pensativa, quieta, en ese silencio tan suyo donde nada ni nadie podía llegar a turbarla. Estaba en casa, con su barquito y su faro. Sus tres ventanas eran la realidad y esa otra vida el sueño, solamente un mal sueño.  Aurora por fin sonrió.

¿Crees que se dio cuenta al final? -pregunto uno de los que había presenciado lo que había ocurrido.

No creo, fue todo muy rápido. Yo la vi. Vi que iba como en un sueño. Ni siquiera miraba por donde iba -contesto otro señor.

Pues yo estaba al otro lado y su mirada estaba puesta como en la lejanía. Como si viese algo que los demás no podíamos ver  -dijo una mujer mayor a la que se le notaban los nervios por lo ocurrido.

Esa sonrisa al final, que paz había en ella  -susurro entre llantos el hombre que la había atropellado, mientras el policía le tapaba la cara a Aurora, a su dulce sonrisa, a sus ojos en la lejanía…. a su sueño hecho realidad.

FIN

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