viernes, 27 de marzo de 2020

Álvaro y El Misterio del Hombre Sapo (Juvenil)



ALVARO Y EL MISTERIO DEL HOMBRE SAPO

—¡No quiero ir! ¿Por qué no me puedo quedar aquí?  —dije, casi a gritos.

—Álvaro, entiéndelo, no te puedo dejar solo en casa sin supervisión todo el verano.  Los abuelos viven en la costa, tendrás la playa cerca, los acantilados para explorar.  Te puedes llevar los libros y juegos que quieras.  Incluso ese puzle de cuatro mil piezas que no tenemos sitio para montar.  Estaré trabajando todo el día y los fines de semana en turno de noche.  Alguien tiene que cuidar de ti, y, ¿quién mejor que los abuelos?  —dijo mi madre.

Crucé los brazos con enfado.  Sabía que mi madre tenía razón.  Pero desde que Papá murió, era yo el que la hacía sonreír.  Si veía que se ponía triste hacía el tonto o le leía, y también le preparaba la cena cuando llegaba a casa cansada, aunque solo sabía hacer bocadillos.  ¿Qué iba a hacer sin mi tres largos meses?

—Por favor Álvaro, necesito estar tranquila y esto me lo va a proporcionar.  Con los abuelos estarás bien y te divertirás, ya verás como tengo razón.  —me volvió a suplicar.

Accedí con un movimiento de la cabeza.  Yo sabía de las historias que ella me había contado del pueblo pesquero en el cual había pasado los veranos en su infancia.  De las cuevas, acantilados y caminos que siempre estaban por descubrir.  De tardes buceando en las calas, de la roca a la que podías nadar y tirarte de ella que parecía un pato.  ¡Claro que quería ir!  Llevarme el puzle grande, montarlo en el garaje del abuelo y pasar los dos las mañanas calentándonos la cabeza con él.  Pero sentía como que la abandonaba.  Que faltaba a la promesa que le había hecho a Papá de cuidarla.

—Eres un buen chico Álvaro, no sé qué haría sin ti.  Pero me tienes que prometer otra cosa también.  Que me enviarás una postal a la semana, solo pido eso.  Para que me digas que estas pasándolo bien. ¿Vale?

—Si Mamá, te lo prometo.  —le dije, abrazándola fuerte.

Subí al tren al día siguiente.  Mis abuelos me estarían esperando en la estación y con el abuelo al volante de su viejo Citroën llegaríamos pronto al pueblo.  El viaje fue largo, unas siete horas, así que para cuando vi a mis abuelos esperándome tenía ganas de empezar esta nueva aventura.

—¡Álvaro!  ¡Aquí!  —dijeron los dos a la vez, levantando los brazos a modo de saludo.  Como si no les pudiese ver, ni oír.  Todo el mundo los miraba de la que estaban  armando.  Sonreí; estaban muy contentos de verme.  La abuela empezó con los besos ruidosos que no paraban, allí, enfrente de todos los demás viajeros.  Jo, qué vergüenza.  Y el abuelo me daba una palmada tras otra, sin avisar, que me empujaban hacia delante con fuerza.  Casi me mató dos o tres veces en su alegría.

—Anda, parad ya que me estáis avergonzando —dije con una sonrisa.

—Pero ¡cómo has crecido! Aunque estás muy delgado, eso habrá que remediarlo—dijo mi abuela.

—Jacinta, por Dios, si es que tú piensas siempre que todos estamos famélicos.  Que no somos cochinillos que hay que engordar —dijo el abuelo.

Ya empezaban.  Siempre estaban discutiendo, sin enfadarse, y la verdad que oyéndolos te podías partir de risa.  Además, cada uno tenía razón y el otro no, así que la diversión estaba asegurada.

Cuando estábamos saliendo de la estación, mientras mis abuelos seguían peleándose por ver quien llevaba las maletas, me fijé en un hombre con la cara muy seria, feo, y con los ojos azules más fríos que jamás se habían posado en mí.  Estaba empujando una silla de ruedas en la cual iba una niña, más o menos de mi edad, que lucía una expresión de tristeza.  Creo que sintió como la miraba, ya que levantó la vista, y nuestros ojos se cruzaron.  Yo le sonreí y ella, tras una breve pausa, me devolvió la sonrisa.  Era guapa.  Tenía la piel muy pálida y el pelo del color del sol.  El cara sapo que la empujaba, al vernos sonreír, la empujó más deprisa hasta que nos perdimos de vista.

De camino al pueblo en el coche, con la abuela diciéndole al abuelo cómo tenía que conducir, seguí pensando en aquella niña.  ¿Cómo se llamaría? ¿Por qué estaría en una silla de ruedas? ¿El cara sapo seria su padre?

—Antonio, vas muy deprisa.  Gira a la derecha ya. Coge el volante con las dos manos —decía la abuela casi sin coger aliento.

—¿Jacinta, tú tienes carnet de conducir?  No verdad, pues déjame a mí llevar el coche, que yo sí que tengo carnet —decía el abuelo.

Y así siguieron todo el trayecto.  Mientras, yo miraba el paisaje y el mar que se veía a lo lejos.  Tenía ganas de aventuras al aire libre, pero primero compraría un puñado de postales para que no se me olvidase enviarle a Mamá una a la semana.

—Bueno, Álvaro, ya estamos aquí —dijo el abuelo.

—De milagro, menos mal que iba yo en el coche —replicó la abuela.

Yo me reía; los quería mucho. Corrí adentro de la casa, me cambié a mi bañador y cogiendo mis gafas de bucear le dije a los abuelos que vendría para la cena.  La abuela gritaba tras de mí cosas por el estilo de, te has puesto crema, llevas agua, a donde vas, te vas a ahogar, etc… pero yo ya no la oía casi, mientras bajaba al acantilado que había cerca de la casa.

Me puse las gafas y me tiré al agua.  Estaba fresquísima y cristalina.  Ese día no había olas, estaba el mar en calma, así que estuve unas dos horas largas disfrutando de los arrecifes, los campos de posidonias llenas de peces de colores, e incluso pude ver un pulpo entre las rocas. 

Cuando salí, me sorprendí de lo lejos que estaba de casa.  Daba igual; iría tranquilamente andando bordeando los acantilados hasta llegar.  Seguro que habría algún sendero.

Empecé a caminar, pero oí de repente el claxon de un coche.  Miré tras de mí y vi, en lo alto de la colina, una casa muy grande de la cual un coche se alejaba.  Pude vislumbrar en una terraza a alguien sentado diciendo adiós con la mano al vehículo que se alejaba. ¡No podía ser!, pensé, ¡parece la niña de la estación!  Me acerqué y si, era ella.  Estaba bajo una pérgola de madera leyendo en su silla de ruedas.  Fui hacia ella y estando al otro lado del muro, la saludé.

—Hola.  ¿Te acuerdas de mí?  Nos vimos en la estación este medio día —dije, un poco avergonzado de mi atrevimiento.

—¡Hola!  Sí que me acuerdo.  Yo soy Camelia, y tú, ¿cómo te llamas? —preguntó con una sonrisa que le iluminó la cara.

—Me llamo Álvaro.  He venido a pasar el verano con mis abuelos.  Me he traído un puzle de cuatro mil piezas.  ¿Te gustan los puzles? —pregunté de carrerilla.  Jo, me estaba poniendo nervioso.  A ver si se pensaba que era un poco tonto además de lanzado.

—¡Me encantan!  ¿De qué es la foto del puzle? —preguntó, mientras la brisa revolvía su pelo.

Y ahí ya no supe que hacer.  ¿Se lo decía?  ¿Le decía que el puzle era una imagen de unos marcianos con su nave?  Ahora sí que me iba a decir que me marchase.

—Es de marcianos —dije en voz baja, con la mirada puesta en ella para ver su reacción.

—Oh, qué bien.  Pues si quieres yo te podría ayudar.

Miré su silla.  No quise ofenderla, pero no sabía si ella podía ir por ahí en la silla.  Me dio pena cuando vi que su mirada perdía el fulgor.

—Claro que me puedes ayudar, además lo necesitaré —dije, mirándole a los ojos para que viese que yo iba en serio.

Me sonrió y, moviendo su silla hacia la pared donde yo estaba, dijo: —Esta silla es muy fuerte, si tú me puedes ayudar a empujarla podría ir a tu casa y empezaríamos a hacer los bordes del puzle.

De pronto oí que un coche se acercaba.  Camelia puso cara de susto y mirándome me dijo que me marchase corriendo, que él no podía verme aquí.  Ya hablaríamos mañana.  Dio la vuelta a la silla y se dirigió hacia dentro.  Yo me iba a marchar, pero oí el portazo de una puerta que se cerraba y, preocupado por ella, salté la valla y me asomé por una ventana.

Camelia estaba en el salón haciendo como que leía.  El cara sapo entró, y al ver su expresión, me preocupé bastante.  La tenía roja de furia contenida.  Se dirigió a Camelia y, cogiéndola del brazo con fuerza, gritó que le dijera dónde estaba escondida.  Camelia, con lágrimas en los ojos, le dijo que no lo sabía.  Que no había tenido ninguna visión de su localización.  Yo, al oír esto, no entendí a que se refería por visión.  ¿Visión de qué?  Pero cara sapo no dejaba de zarandearla preguntando una y otra vez que dónde estaba.  Yo quería entrar y separarla de él, pero era un adulto, seguramente su padre. Al final se separó de ella y mirándola le dijo que se dejase de libros y se concentrase en la búsqueda de la joya.  Salió de la habitación y con otro portazo a la puerta de la casa, se metió de nuevo en el coche y se marchó.

Camelia lloraba en su silla de ruedas; parecía tan indefensa y pequeña.  Sin dudarlo, entré por la puerta de la terraza.  Ella alzó los ojos y al verme lloró con más desolación.  Decía una y otra vez, mientras yo la abrazaba, que me marchase, que nadie la podía ayudar.

—Eso no es verdad.  Yo te voy a ayudar y mis abuelos, cuando se enteren, también.  Además, todo el pueblo hará piña tras mis abuelos, que intente detenernos —dije, seguro de que así seria.  Mis abuelos eran queridos y respetados en el pueblo.  Y si pedían ayuda todos se la brindarían.  Cogí la silla de Camelia y la dirigí hacia fuera, pero Camelia me paró.  Quería contarme algo.

—Desde que era niña, Álvaro, he sabido encontrar cosas perdidas.  Solo tenían que explicarme lo que se había perdido y yo, cerrando los ojos, muy a menudo sabía dónde se tenía que buscar.  Un día, jugando en la calle con mis amigas, un coche me atropelló y perdí el uso de mis piernas.  Mi padre, viendo que no podía costear todos los tratamientos que yo necesitaba, me pidió que cobrásemos a la gente que venía en busca de mis talentos.  Y así fue como empezó todo.  Venia gente de todos los lados del país, incluso del extranjero, buscando mi ayuda, y de eso cobrábamos.  Papá era honesto y si yo no podía ayudarles no les cobrábamos nada.  Así, con el dinero recaudado, me iba costeando los tratamientos para ver si algún día podría volver a andar.  Hasta que llegó a nuestra casa una noche Ramón.  El que has visto hoy. Ramón entro en la casa de noche y me llevó a la fuerza con él.  Dice que si no hago lo que pide no volveré a ver a mi padre.  Álvaro, estoy muy preocupada por mi padre.  Intento encontrar la joya que Ramón dice estar escondida en alguna cala de aquí, pero no la hallo.  Si no me ve Ramón cuando vuelva, algo le pasará a mi papá.”

-Entonces te ayudaré a buscarla.  Y cuando la encontremos Camelia, llamaremos a la Guardia Civil para que lo detenga.  Mis abuelos son de fiar y nos ayudarán, no te preocupes —le dije, dándole un apretón en el hombro.  Yo ya estaba dando por hecho que mis abuelos brindarían su apoyo a lo que les iba a proponer, pero había que ayudar a Camelia.

Cuando me marché estaba más tranquila e intentando visualizar la localización de la joya perdida mientras me dirigía a casa.  Cuando entré, mi abuela me dijo que me duchase, que la cena estaba casi en la mesa.  Cuando me senté, mi abuelo me miró callado.  Sabía, no me preguntes cómo, que algo importante había ocurrido.  Cuando la abuela se puso a fregar los platos en la cocina mi abuelo me indicó que me sentase con él en el porche.

—A ver, suelta lo que tienes en la cabeza que vas a estallar —me dijo muy serio.  Le conté todo lo que había pasado aquella tarde.  Cuando terminé, me dijo que no me preocupase, que él me ayudaría.  Que vigilase a Camelia y si ella localizaba la joya, que fuese rápidamente en su busca.

—Ese granuja no se va a salir con la suya —dijo, con un tono de voz que me dio la total confianza que esto se iba a solucionar.

A la mañana siguiente me dirigí por el sendero a casa de Camelia.  Cuando me vio a lo lejos, me saludó, así supe que no estaba cara de sapo.  Corrí hacia ella y la abracé.  Le conté lo que mi abuelo había dicho y lloró de emoción.

—Camelia, dime, ¿has podido averiguar dónde está la joya? —le pregunté.

—Cómo lo voy a saber, todas las calas se parecen, dice Ramón.  Tengo que ser más específica pero no logro dar más detalles que le ayuden —dijo preocupada.

—Cuéntame a mí qué es lo que ves —le pedí.

—Veo una cala, hay que bajar por las rocas, no hay escaleras ni otra forma de acceder.  Tiene una cueva hacia la derecha que no se ve desde arriba.  Solo se ve cuando estás ya en la cala y sabes dónde buscarla.  La cueva es estrecha y oscura, pero al andar hacia dentro se ve una luz tenue.  Sé que, si se sigue, la joya esta allí, solo sé eso con certeza y no veo más.  Hay muchas aves volando, no son exactamente gaviotas y me molestan cuando intento concentrarme —dijo, con la cara perdida, preocupada por no poder aportar más información.

—Tu quédate aquí.  Yo voy a buscar esa cala y cuando la encuentre avisaré a mi abuelo.  Confía en nosotros Camelia, salvaremos a tu padre y te liberaremos de Ramón —dije, mientras me ponía en marcha.

Aves, muchas aves, esa era la clave.  Mi abuelo me había contado historias cuando era pequeño de cómo las aves anidaban en la parte sur de las calas del pueblo.  Era una zona donde el viento no soplaba con tanta fuerza y las rocas, por el efecto del mar, estaban llenas de ranuras en las cuales las aves podían poner sus huevos.

Bajé de nuevo hacia casa, donde mi abuelo me estaba esperando con preocupación.  Le dije que había tenido cuidado y que Camelia había estado sola.  Le conté la visión que había tenido de donde se podía encontrar la joya.  Se le iluminó el rostro.  Sabía exactamente que cala era.  Cogimos las bicicletas y al rato habíamos llegado a una zona poco transitada y escarpada.  Bajar a la cala sería difícil, pero mi abuelo tenía mucha experiencia, ya que conocía la zona.  Empezamos a bajar, yo siguiéndole con cuidado.  Cuando llegamos abajo, las aves no paraban de sobrevolarnos, había muchísimas.  Empezamos a buscar la apertura y la encontramos justo donde Camelia nos había indicado.  Mi abuelo me miró; era muy estrecho para él, debía ir yo solo.

Me adentré en la oscura brecha de la roca y empecé a caminar despacio.  Mi abuelo me hablaba desde la entrada, decía “Marco” y yo le contestaba “Polo”, como medida de seguridad de que estaba bien.  De pronto empecé a ver con más claridad.  Sí, se veía una luz tenue al fondo.  Salí a una cueva alta con una piscina central iluminada por debajo por los rayos del sol que entraban desde fuera por una especie de túnel subterráneo.  Esto era lo que hacía que se pudiese ver.  Y, sin tener que rebuscar en absoluto, allí se encontraba un cofre viejo encima de una roca.

—Abuelo, lo he encontrado —grité a través del pasadizo por el que había venido.

—Cógelo y date prisa, no vaya a ser que la marea suba —me apremió.

Iba a llevarme el cofre tal cual, pero estaba pegado con salitre de tantos años que llevaba allí.  Así que lo abrí, no sin dificultad.  Dentro, envuelto en una tela mohosa, había algo.  Aparté el tejido con cuidado y allí estaba.  Un collar de rubís antiquísimo.  Las piedras preciosas brillaban en la cueva como si fuesen sangre fresca.  Me dio asco, como si estuviese maldita, y lo volví a tapar con premura.  Conseguí arrancar el cofre de la piedra y rehíce el camino de vuelta más deprisa. Al salir estaba el abuelo para abrazarme. 

—Ahora a salvar a Camelia y llevarla a ella y el collar a la Guardia Civil.  No te preocupes Álvaro, todo saldrá bien —dijo mi abuelo al ver mi expresión de preocupación.

Nos dirigimos con las bicicletas a casa de Camelia.  La luz del sol en mi cara me quitó la sensación de asco que había sentido al tocar el collar con sus piedras preciosas, viscosas por el paso del tiempo.  Por el camino del sendero se veía la carretera y vi el coche de Ramón que iba en dirección a la cala.  Se lo señale al abuelo y este asintió, pero dijo que nuestra prioridad era Camelia.  Cuando llegamos a su casa la Guardia Civil ya estaba allí.  Y también mi abuela, que mirando a mi abuelo dijo, muy seria:

 —Tú, como siempre, te piensas que lo puedes hacer todo solo y sin que yo me entere.  Menos mal que os he ayudado y que estaba aquí con esta pobre chiquilla que estaba muerta de preocupación por vosotros —dijo, mientras nos abrazamos los cuatro de alegría.  Le di al Guardia Civil el collar y nos dijo que un coche iba ya en dirección a la cala a apresar a Ramón, pero incluso que tenía mejores noticias.  Mirando a Camelia le informó que su padre estaba bien y que unos compañeros le traían hacia aquí para recogerla.  Camelia lloró de alegría.

—Álvaro, sin vosotros, no podría haber salvado a mi padre —dijo Camelia, mientras me cogía de la mano.

—Anda niña, mira que estas delgada. Te voy a hacer un cocido a ver si te ponemos carne en esos huesos —dijo mi abuela con media sonrisa.

—Ya empezamos —señaló mi abuelo moviendo la cabeza con resignación.

De pronto oímos la radio del Guardia Civil informar de algún suceso.  Le miramos con preocupación mientras hablaba con su compañero en voz baja.  Cuando termino, se nos acercó y nos dijo que Ramón ya no molestaría a nadie jamás.  Se había quedado atrapado en la cueva cuando había subido la marea.  Lo sentí; aunque era malvado, no quisiera que nadie terminase así.

—¿Álvaro, porque no nos llevamos a Camelia a casa, que coma con nosotros y os ponéis a empezar ese puzle que te has traído mientras esperamos a su padre? —preguntó mi abuelo.

Camelia y yo nos miramos y sonreímos.  —Abuelo, primero tengo que enviarle a mama por lo menos diez postales, porque en una no cabe esta aventura.

FIN



martes, 17 de marzo de 2020

Sol


¿Realmente, quiénes somos por dentro?  ¿Conocemos en profundidad a las personas a las que amamos, amigos, vecinos de toda la vida?  ¿Alguien me conoce?  ¿Y a vosotros, le habéis abierto vuestro ser completamente a alguien?  A mí no me conoce nadie.  Soy una cría de buena apariencia, de la que si indagasen mucho saldrían espantados, no vaya a ser que el fuego del infierno les queme los talones al alejarse de mí.  ¿Una contradicción, os preguntareis?  No, soy una cara amable, sonriente, que esconde el mal.
Nunca me han pillado haciendo el mal, ni de pequeña, que ya era el mal encarnado.  Ultima hija de familia numerosa, yo era el juguete lindo de todos.  En el barrio me llamaban “Sol”.  Para que os hagáis una idea.
Recuerdo la primera vez que supe que las apariencias son importantes, que hay que guardarse de enseñar lo que hay dentro de nosotros.  Había un vecino, anciano, en el barrio.  Don Manuel fue profesor de instituto, querido y respetado tanto por alumnos como por padres.  Y qué decir de la dirección del instituto, casi un santo, así le describían.  Pero yo ya sabía de fachadas.  Sabía como ver esos pequeños gestos que nos delatan algunas veces.
Un día, jugando sola en la calle, Don Manuel pasaba por allí y me invitó a subir a su casa.  No piensen que subí ingenuamente, le había estado esperando, era el momento preciso.  El que había planeado.  Tenía siete años esa tarde primaveral, de sol y paz.  Subimos a su piso, el con la escusa de que necesitaba una ayudita con las bolsas de la compra.  Una vez dentro, se acomodo en su sillón y,   mirándome un rato largo en silencio, dijo:
—Anda, ven y siéntate aquí en mi regazo como una niña buena.
Con su ayuda me subí a su regazo.  El me movió para que mi muslo y parte de mi culo le hiciese presión en la entrepierna, que ya sentia yo que tenía dura.  Le mire a los ojos inocentemente con mis manitas cruzadas la una sobre la otra.  Recuerdo que respiraba hondamente, que tenía gotas de sudor sobre el labio superior.  Olía a armario cerrado, a humedad porosa negra de la que trepa por las paredes como una enfermedad.  Deslizo su mano por debajo de mi vestido y cuando sus dedos llegaron a mi pubis, yo le sonreí dulcemente.  El se relajó y me devolvió la sonrisa mientras yo me sacaba de mi manga larga el cuchillo que tenía guardado y se lo clavaba en el cuello profundamente.
La sangre brotó feroz.  Pero fui rápida y solo me manché un poco.  Mi hermano Julio estudiaba medicina y ojeando sus libros averigüé el mejor sitio del cuello para clavar mi cuchillo.  Supe que la sangre brotaría en arco y como así poder desplazarme lo suficientemente deprisa como para no mancharme mucho.  Mi padre era policía municipal y siempre escuchaba las historias que contaba de como habían atrapado a los malos.  Siempre dejaban sus huellas o se delataban ellos mismos después del crimen.  Yo iba preparada ese día, con solo siete años.
Sus ojos me miraban atónitos, se salían casi de sus orbitas debido al espanto.  Oía en su garganta un ruido de burbujas liquidas y espesas que le impedían hablar.  Alargaba una mano hacia mí mientras con la otra intentaba parar el flujo de sangre que le manaba de su garganta manchando todo su torso y ese regazo suyo repugnante.
Mientras moría empecé a pasar los ojos por la habitación.  Era un salón de muebles bastante antiguos.  Algunos cuadros en la pared de paisajes aburridos y mal pintados.  Había un escritorio en la esquina cerca de la ventana, con la puerta del dormitorio y del aseo al fondo.  Me acerque al dormitorio y miré dentro, vi una cama de matrimonio, mesitas, cómoda y un armario.  Todo a juego y por la pinta elegida cuando se casó con Doña Mercedes.  Me volví y lo miré.  Ya estaba muerto.  Los ojos abiertos y la lengua fuera.  Me acerqué y le pregunté:
"¿Dónde lo escondes?  ¿Dónde esconderías algo que querrías tener cerca pero oculto a la misma vez?  ¿Algo que Paqui, que limpia tu casa minuciosamente, no encontraría?”
Me giré lentamente mirando todo con minuciosidad.  En el salón no estaría, Don Manuel tenía muchas visitas siendo un hombre tan respetado y querido en el barrio;  tampoco en la cocina pues Paqui algunas veces cocinaba.  En el baño mucho menos.  Quedaba solo el dormitorio.  Esta vez entré del todo.  Escondido en un cajón no iba a estar, todos sabíamos que Paqui consideraba las casas que limpiaba como suyas y no había un cajón en el que ella no hubiera metido la mano.  Tampoco el armario.  ¿Dónde entonces?  Me volví hacia la puerta y entonces lo vi.  Un cuadro muy bonito, bien pintado, de un niño de mirada inocente. 
Volví al salón antes de tocar nada y, cogí de mi otra manga unos guantes de invierno.  Me los puse.  Arrastre una silla del comedor hasta la habitación, me subí a ella y con cuidado descolgué el cuadro.
Era un cuadro antiguo, casi ruinoso.  Estaba oscuro y la pintura craquelada por el tiempo.  La expresión del niño era de un éxtasis religioso.  Era un niño bellísimo, más o menos de mi edad.  Me di la vuelta y contemplé la pared.  No había marca de cuadro, de lo cual deduje, que se descolgaba con mucha frecuencia.  La parte de atrás era de madera y llevaba cinta marrón de embalaje alrededor.  Levanté la parte superior de la cinta y vi que no tenía que despegar más.  Había una apertura.  Incline el cuadro y salieron unas fotos.  Las miré una a una, despacio, sin prisas.  Niñas y niños.  Don Manuel no tenía preferencias. Había fotos antiguas y otras, no tanto.  A algunos no los reconocí pero a otros sí.  Incluso a los que ya no eran niños.  Las cogí todas y me las lleve al salón y mientras contemplaba a Don Manuel muerto en su silla las tire todas a su alrededor.  Pasé por detrás de su sillón y con cuidado de no mancharme limpié la empuñadura del cuchillo.  Lo hice despacio, no quería que se saliese.  Me quité los guantes en el baño y me lavé las manos bien dejando todo limpio, seco y sin huellas con la toalla después.  Guardé los guantes en mi manga de nuevo.  Con la falda de mi vestido abrí la puerta de la entrada y salí sin mirar atrás.
Volví al jardín donde estaba jugando.  Cogí una piedra afilada del suelo y aguantando el dolor me raspe la mano de la manga manchada de sangre.  Con lágrimas en los ojos volví a casa para que mamá me curase la herida que había sangrado tanto pero que al llegar estaba mejor.
A mí no me conoce nadie… ni mi propia madre.
Esa fué mi primera vez.  Recuerdo a mamá y papá hablando en voz baja en la cocina de lo sucedido.  Papá sabia todos los detalles y mamá no era de las que se iba de la lengua.  Si entraba a la cocina se callaban de golpe y se miraban fijamente.  Qué placer  me daba mi secreto.  De noche, antes de dormir, recordaba su cara al clavarle el cuchillo.  Pero al cabo de unos días ya la historia me aburría y a otra cosa mariposa.
Sólo una persona supo quién era yo al final.  Mi querido hermano Juan.  Juan era amado por todos los que le conocían y mi hermano favorito.  Pero Juan un día trajo a casa a su novia para presentársela a la familia, la cosa iba en serio.  Yo tenía diecisiete años ese verano.  Recuerdo la expectación de mis padres.  La mesa puesta con mantel de los que sólo se usan en momentos especiales. Cuando sonó el timbre todos nos abalanzamos hacia la puerta y allí estaba ella.
Era perfecta, de divina juventud que relucía.  Cabellos largos, suaves, color ámbar.  Ojos de melocotón, boca generosa.  Juan no le quitaba ojo.  Ese fue el problema.  Juan, al venir a casa, lo primero que hacía era llamar en voz alta “¿Dónde está mi Sol?”.  Yo corría hacia él y me daba vueltas por la habitación mareándome y llenándome de alegría.  Pero está vez no.  Cuando me tocó el turno de presentación solo dijo “A si, esta es mi hermana pequeña”.  Él ni me miro pero ella, ayyy…, fue odio mutuo al instante. 
Durante la cena, cada vez que decía algo o intentaba llamar la atención de Juan ella me interrumpía.  Y cuando nuestras miradas se cruzaban, ella al observar la rabia y el odio en mis ojos, me sonreía.  Pero sus ojos decían otra cosa.  Decían “el ahora es mío”.
Esa noche, una vez acostada en mi habitación, supe que Juan tenía que morir.  Me había traicionado.  Ella haría lo imposible por apartar a Juan de mi lado.  Así que esa noche decidí que si no podía ser mío, no sería de nadie.
Claro que había que ir con mucha cautela.  Y aunque pensé unos segundos en el dolor que causaría la muerte de Juan a mis padres, el dolor de otros no me interesaba mucho.  Tendría que planear meticulosamente mis movimientos, la coartada era esencial.  No soportaría estar encerrada y que un medico indagase en mi mente el resto de mi vida.
Los novios se pelean siempre.  Eso lo sabía ya con certeza.  Las pasiones son así.  Abría que esperar que una pelea ocurriese para llevar mi plan a cabo.  Fácil seria ya que Juan seguía viviendo en casa.  Así que con paciencia, como una araña en su tela esperando que caiga su presa en ella, medí el tiempo.
Al día siguiente de la famosa visita redacté la carta de suicidio de Juan en mi máquina de escribir.  Esto no me llevo mucho tiempo.
            -No puedo seguir así.  Soy muy infeliz.  Lo siento-
Lo justo para no dejar dudas de su intención.  Ahora a conseguir las pastillas que le harían pagar por su traición. 
De nuevo esto sería bastante fácil, si había algo que me gustaba era espiar a los vecinos y colarme por sus ventanas abiertas, puertas entornadas y sus casas vacías cuando se marchaban.  Había aprendido muy joven como abrir cerraduras con una maestría que no dejaba huella.  Era tan silenciosa que no se percataban de que estaba dentro con ellos.  Que bajo las camas los observaba, oía sus conversaciones, rebuscaba sus secretos.  Incluso intermediaba para causar problemas.  Dejaba notas de amor falsas en chaquetas para que las encontrase esposas o maridos.  Escondía objetos o me los llevaba si me gustaban mucho. Incluso me daba festines, riéndome imaginando sus caras cuando no encontraban la comida y viendo todo igual que cuando lo dejaron, sin un plato sucio.  Y si alguien me caía muy mal pues un accidente lo tiene cualquiera, ¿verdad?
Sabía que un día ya no podría seguir haciendo esto, era consciente de que me estaba haciendo mayor.  La madurez daría paso a cosas nuevas, de eso no tenía dudas, pero para esto todavía era suficientemente niña.  Dentro de mí bullía un volcán de rabia, odio y muerte hacia el desprecio de Juan.  ¡Cambiarme por esa furcia!  Eso sí, yo encontraba soluciones a todo.  Era muy espabilada.
Así que me encaminé a casa de la señora Julia una tarde que Juan y su novia estaban encerrados en su cuarto haciendo risitas.  Era una mujer muy mayor.  Sus hijos vivían en otras ciudades donde había más oportunidades y la habían dejado sola.  Su única hija venia siempre un Domingo sí y otro no.  El resto de los días la señora Julia se entretenía en su jardín, hablando con las vecinas, sentada en la puerta de su casa o viendo la novela a la hora de la siesta con el volumen altísimo.
Siempre se dejaba la puerta que daba al jardín de atrás abierta, ya que esta daba a la cocina y la había oído comentar que no le gustaba que la casa oliese a comida, así que al cocinar abría para que se fueran los olores.  Al acercarme me percaté por el sonido que la novela estaba en marcha.  Entre tranquila y me asomé con cuidado hacia el salón.  Allí estaba, durmiendo con la boca abierta.  Me dirigí al baño y busque en el armario, había una farmacia entera guardada allí.  En todas las casas de viejos en los que me había colado, los viejos iban de pastillas hasta las cejas.  ¡Y luego decían que los jóvenes se drogan!  Cogí tres cajas de la medicina que buscaba.  Al salir del baño la volví a mirar.  Qué asco me dio verla tan vieja con la boca abierta.  Nadie debería de vivir tanto.  En la cocina encontré unos guantes de fregar amarillos.  Me los puse y volví al salón donde dormía.  Cogí un cojín del sofá, me situé detrás del sillón y se lo puse sobre la cara.  ¡Huf… que peleona!  Intentó arañarme pero con los guantes no hubo manera.  Comó lucho hasta morir.  ¡Cualquiera diría que tenía veinte años!  Volví a dejar el cojín en su sitio y la situé de nuevo derecha en su sillón, arreglándole el pelo y el vestido.  ¡Ya está, ha quedado estupenda!  Cuando la encuentren pensaran que murió durmiendo plácidamente la siesta.
Ahora a aguardar que esos dos idiotas se peleasen.  No tuve que esperar mucho como supuse.  Ella salió dando un portazo y Juan detrás suplicando.  Me acosté esa noche con una excitación tal que no podía conciliar el sueño.  La pelea había sido gorda.  Esto lo oí a mi madre decir a mi padre.  Y que Juan estaba muy callado y abatido.  Papá le dijo a Mamá que no se metiese en lo que no le importaba.
Viendo que no me iba a dormir, me levanté a tomarme un vaso de leche en la cocina.  La casa estaba silenciosa.  La tenia para mí, todos durmiendo y yo disfrutando de la oscuridad.  Cuál fue mi sorpresa cuando llegué a la cocina y me encontré a Juan allí sentado en la mesa.  Me miró al entrar y me dio una media sonrisa. 
“¿Y tú qué haces levantada, bicho?” me dijo.
“No puedo dormir y quería un vaso de leche,” conteste.
“Yo tampoco puedo dormir.  ¿Supongo que sabrás el porqué?”
“La verdad Juan es que no me importa en lo mas mínimo,” le dije, mirándolo fijamente a los ojos.
“Que malas y frías sois las mujeres.  Siempre con vuestros caprichos y si no son complacidos nos dáis la espalda.”
“A mí no me pongas en el mismo saco que ella,”  respondí con furia, casi fuera de mí.  Furia contenida desde que la trajo a casa hace tiempo.
Se quedo mirándome, pensativo.  “Creo que te he tenido muy ignorada.  No era mi intención, Sol, cuando te enamores veras lo difícil que es ver otras cosas.  Sólo piensas en la persona a la que quieres y no cabe nadie más.  Lo siento.”
Si pensaba que lo iba a arreglar con un lo siento lo tenía claro.  Yo no perdonaba.  Nunca.  Y el pagaría su traición.
Volví a mi cuarto.  Saque del escondite el polvo en el que había convertido las pastillas de la señora Julia y la nota de suicidio.  Espere a oírlo subir a su cuarto.  No tardó mucho y, en cuanto oí cerrarse su puerta, me volví a bajar a la cocina.  Preparé dos vasos de leche con cacao.  En el de la derecha vertí el polvo de las pastillas.  Lo mezcle bien y puse bastante azúcar.  Doblé la nota y la puse en el bolsillo de mi bata.
Subí despacio por las escaleras camino a su cuarto.  Quería saborear cada momento para poder revivirlo después.  Llamé a su puerta con suavidad y entré.  Lo encontré sentado en la cama leyendo.  Le sonreí con una sonrisa de perdón.  El me sonrió también.  Como tantas veces había hecho.  Sentí un momento de duda pero al ver la foto de ella sobre la mesita se me paso rápidamente.
“Como no podemos dormir he pensado que podríamos compartir un cola cao como hacíamos antes.  ¿Te apetece?”  le pregunte.
“Claro que sí.  Anda, túmbate aquí a mi lado y te leo algo mientras no lo tomamos.”
Dejé la bandeja encima de la mesita, apartando la foto de la estúpida.  Me volví a la estantería y elegí uno de mis libros favoritos que él antes me solía leer.  Al darme la vuelta y verlo beber me llené de pena.  Le iba a echar de menos.  Habíamos sido felices hasta que ella llegó.  Saqué de mi bolsillo la nota y la deje sobre la bandeja al coger mi vaso.  Me acosté en la cama a su lado y mientras bebíamos él iba leyendo.
A mitad de tomarme el vaso de chocolate empecé a sentirme rara.  No me encontraba bien.  Me pesaban las piernas y no podía sostener el vaso.  Juan me miró y con una sonrisa dulce lo vi sacar del cajón unos guantes.  Una vez puestos me cogió el vaso de la mano y  la poso sobre la bandeja.  Lo vi coger la nota y leerla.  Me volvió a mirar y con suavidad me puso la nota en la mano.  Entonces entendí que había cambiado los vasos.  Entendí que el conocía mis intenciones.  Le veía contemplarme.  Tenía la cara llena de curiosidad pero seguía con esa media sonrisa dulce.  Se sentó en la cama.  Lo último que oí fueron sus palabras diciendo….
“¿Pensabas que eras la única en la familia con estos apetitos?”