martes, 17 de marzo de 2020

Sol


¿Realmente, quiénes somos por dentro?  ¿Conocemos en profundidad a las personas a las que amamos, amigos, vecinos de toda la vida?  ¿Alguien me conoce?  ¿Y a vosotros, le habéis abierto vuestro ser completamente a alguien?  A mí no me conoce nadie.  Soy una cría de buena apariencia, de la que si indagasen mucho saldrían espantados, no vaya a ser que el fuego del infierno les queme los talones al alejarse de mí.  ¿Una contradicción, os preguntareis?  No, soy una cara amable, sonriente, que esconde el mal.
Nunca me han pillado haciendo el mal, ni de pequeña, que ya era el mal encarnado.  Ultima hija de familia numerosa, yo era el juguete lindo de todos.  En el barrio me llamaban “Sol”.  Para que os hagáis una idea.
Recuerdo la primera vez que supe que las apariencias son importantes, que hay que guardarse de enseñar lo que hay dentro de nosotros.  Había un vecino, anciano, en el barrio.  Don Manuel fue profesor de instituto, querido y respetado tanto por alumnos como por padres.  Y qué decir de la dirección del instituto, casi un santo, así le describían.  Pero yo ya sabía de fachadas.  Sabía como ver esos pequeños gestos que nos delatan algunas veces.
Un día, jugando sola en la calle, Don Manuel pasaba por allí y me invitó a subir a su casa.  No piensen que subí ingenuamente, le había estado esperando, era el momento preciso.  El que había planeado.  Tenía siete años esa tarde primaveral, de sol y paz.  Subimos a su piso, el con la escusa de que necesitaba una ayudita con las bolsas de la compra.  Una vez dentro, se acomodo en su sillón y,   mirándome un rato largo en silencio, dijo:
—Anda, ven y siéntate aquí en mi regazo como una niña buena.
Con su ayuda me subí a su regazo.  El me movió para que mi muslo y parte de mi culo le hiciese presión en la entrepierna, que ya sentia yo que tenía dura.  Le mire a los ojos inocentemente con mis manitas cruzadas la una sobre la otra.  Recuerdo que respiraba hondamente, que tenía gotas de sudor sobre el labio superior.  Olía a armario cerrado, a humedad porosa negra de la que trepa por las paredes como una enfermedad.  Deslizo su mano por debajo de mi vestido y cuando sus dedos llegaron a mi pubis, yo le sonreí dulcemente.  El se relajó y me devolvió la sonrisa mientras yo me sacaba de mi manga larga el cuchillo que tenía guardado y se lo clavaba en el cuello profundamente.
La sangre brotó feroz.  Pero fui rápida y solo me manché un poco.  Mi hermano Julio estudiaba medicina y ojeando sus libros averigüé el mejor sitio del cuello para clavar mi cuchillo.  Supe que la sangre brotaría en arco y como así poder desplazarme lo suficientemente deprisa como para no mancharme mucho.  Mi padre era policía municipal y siempre escuchaba las historias que contaba de como habían atrapado a los malos.  Siempre dejaban sus huellas o se delataban ellos mismos después del crimen.  Yo iba preparada ese día, con solo siete años.
Sus ojos me miraban atónitos, se salían casi de sus orbitas debido al espanto.  Oía en su garganta un ruido de burbujas liquidas y espesas que le impedían hablar.  Alargaba una mano hacia mí mientras con la otra intentaba parar el flujo de sangre que le manaba de su garganta manchando todo su torso y ese regazo suyo repugnante.
Mientras moría empecé a pasar los ojos por la habitación.  Era un salón de muebles bastante antiguos.  Algunos cuadros en la pared de paisajes aburridos y mal pintados.  Había un escritorio en la esquina cerca de la ventana, con la puerta del dormitorio y del aseo al fondo.  Me acerque al dormitorio y miré dentro, vi una cama de matrimonio, mesitas, cómoda y un armario.  Todo a juego y por la pinta elegida cuando se casó con Doña Mercedes.  Me volví y lo miré.  Ya estaba muerto.  Los ojos abiertos y la lengua fuera.  Me acerqué y le pregunté:
"¿Dónde lo escondes?  ¿Dónde esconderías algo que querrías tener cerca pero oculto a la misma vez?  ¿Algo que Paqui, que limpia tu casa minuciosamente, no encontraría?”
Me giré lentamente mirando todo con minuciosidad.  En el salón no estaría, Don Manuel tenía muchas visitas siendo un hombre tan respetado y querido en el barrio;  tampoco en la cocina pues Paqui algunas veces cocinaba.  En el baño mucho menos.  Quedaba solo el dormitorio.  Esta vez entré del todo.  Escondido en un cajón no iba a estar, todos sabíamos que Paqui consideraba las casas que limpiaba como suyas y no había un cajón en el que ella no hubiera metido la mano.  Tampoco el armario.  ¿Dónde entonces?  Me volví hacia la puerta y entonces lo vi.  Un cuadro muy bonito, bien pintado, de un niño de mirada inocente. 
Volví al salón antes de tocar nada y, cogí de mi otra manga unos guantes de invierno.  Me los puse.  Arrastre una silla del comedor hasta la habitación, me subí a ella y con cuidado descolgué el cuadro.
Era un cuadro antiguo, casi ruinoso.  Estaba oscuro y la pintura craquelada por el tiempo.  La expresión del niño era de un éxtasis religioso.  Era un niño bellísimo, más o menos de mi edad.  Me di la vuelta y contemplé la pared.  No había marca de cuadro, de lo cual deduje, que se descolgaba con mucha frecuencia.  La parte de atrás era de madera y llevaba cinta marrón de embalaje alrededor.  Levanté la parte superior de la cinta y vi que no tenía que despegar más.  Había una apertura.  Incline el cuadro y salieron unas fotos.  Las miré una a una, despacio, sin prisas.  Niñas y niños.  Don Manuel no tenía preferencias. Había fotos antiguas y otras, no tanto.  A algunos no los reconocí pero a otros sí.  Incluso a los que ya no eran niños.  Las cogí todas y me las lleve al salón y mientras contemplaba a Don Manuel muerto en su silla las tire todas a su alrededor.  Pasé por detrás de su sillón y con cuidado de no mancharme limpié la empuñadura del cuchillo.  Lo hice despacio, no quería que se saliese.  Me quité los guantes en el baño y me lavé las manos bien dejando todo limpio, seco y sin huellas con la toalla después.  Guardé los guantes en mi manga de nuevo.  Con la falda de mi vestido abrí la puerta de la entrada y salí sin mirar atrás.
Volví al jardín donde estaba jugando.  Cogí una piedra afilada del suelo y aguantando el dolor me raspe la mano de la manga manchada de sangre.  Con lágrimas en los ojos volví a casa para que mamá me curase la herida que había sangrado tanto pero que al llegar estaba mejor.
A mí no me conoce nadie… ni mi propia madre.
Esa fué mi primera vez.  Recuerdo a mamá y papá hablando en voz baja en la cocina de lo sucedido.  Papá sabia todos los detalles y mamá no era de las que se iba de la lengua.  Si entraba a la cocina se callaban de golpe y se miraban fijamente.  Qué placer  me daba mi secreto.  De noche, antes de dormir, recordaba su cara al clavarle el cuchillo.  Pero al cabo de unos días ya la historia me aburría y a otra cosa mariposa.
Sólo una persona supo quién era yo al final.  Mi querido hermano Juan.  Juan era amado por todos los que le conocían y mi hermano favorito.  Pero Juan un día trajo a casa a su novia para presentársela a la familia, la cosa iba en serio.  Yo tenía diecisiete años ese verano.  Recuerdo la expectación de mis padres.  La mesa puesta con mantel de los que sólo se usan en momentos especiales. Cuando sonó el timbre todos nos abalanzamos hacia la puerta y allí estaba ella.
Era perfecta, de divina juventud que relucía.  Cabellos largos, suaves, color ámbar.  Ojos de melocotón, boca generosa.  Juan no le quitaba ojo.  Ese fue el problema.  Juan, al venir a casa, lo primero que hacía era llamar en voz alta “¿Dónde está mi Sol?”.  Yo corría hacia él y me daba vueltas por la habitación mareándome y llenándome de alegría.  Pero está vez no.  Cuando me tocó el turno de presentación solo dijo “A si, esta es mi hermana pequeña”.  Él ni me miro pero ella, ayyy…, fue odio mutuo al instante. 
Durante la cena, cada vez que decía algo o intentaba llamar la atención de Juan ella me interrumpía.  Y cuando nuestras miradas se cruzaban, ella al observar la rabia y el odio en mis ojos, me sonreía.  Pero sus ojos decían otra cosa.  Decían “el ahora es mío”.
Esa noche, una vez acostada en mi habitación, supe que Juan tenía que morir.  Me había traicionado.  Ella haría lo imposible por apartar a Juan de mi lado.  Así que esa noche decidí que si no podía ser mío, no sería de nadie.
Claro que había que ir con mucha cautela.  Y aunque pensé unos segundos en el dolor que causaría la muerte de Juan a mis padres, el dolor de otros no me interesaba mucho.  Tendría que planear meticulosamente mis movimientos, la coartada era esencial.  No soportaría estar encerrada y que un medico indagase en mi mente el resto de mi vida.
Los novios se pelean siempre.  Eso lo sabía ya con certeza.  Las pasiones son así.  Abría que esperar que una pelea ocurriese para llevar mi plan a cabo.  Fácil seria ya que Juan seguía viviendo en casa.  Así que con paciencia, como una araña en su tela esperando que caiga su presa en ella, medí el tiempo.
Al día siguiente de la famosa visita redacté la carta de suicidio de Juan en mi máquina de escribir.  Esto no me llevo mucho tiempo.
            -No puedo seguir así.  Soy muy infeliz.  Lo siento-
Lo justo para no dejar dudas de su intención.  Ahora a conseguir las pastillas que le harían pagar por su traición. 
De nuevo esto sería bastante fácil, si había algo que me gustaba era espiar a los vecinos y colarme por sus ventanas abiertas, puertas entornadas y sus casas vacías cuando se marchaban.  Había aprendido muy joven como abrir cerraduras con una maestría que no dejaba huella.  Era tan silenciosa que no se percataban de que estaba dentro con ellos.  Que bajo las camas los observaba, oía sus conversaciones, rebuscaba sus secretos.  Incluso intermediaba para causar problemas.  Dejaba notas de amor falsas en chaquetas para que las encontrase esposas o maridos.  Escondía objetos o me los llevaba si me gustaban mucho. Incluso me daba festines, riéndome imaginando sus caras cuando no encontraban la comida y viendo todo igual que cuando lo dejaron, sin un plato sucio.  Y si alguien me caía muy mal pues un accidente lo tiene cualquiera, ¿verdad?
Sabía que un día ya no podría seguir haciendo esto, era consciente de que me estaba haciendo mayor.  La madurez daría paso a cosas nuevas, de eso no tenía dudas, pero para esto todavía era suficientemente niña.  Dentro de mí bullía un volcán de rabia, odio y muerte hacia el desprecio de Juan.  ¡Cambiarme por esa furcia!  Eso sí, yo encontraba soluciones a todo.  Era muy espabilada.
Así que me encaminé a casa de la señora Julia una tarde que Juan y su novia estaban encerrados en su cuarto haciendo risitas.  Era una mujer muy mayor.  Sus hijos vivían en otras ciudades donde había más oportunidades y la habían dejado sola.  Su única hija venia siempre un Domingo sí y otro no.  El resto de los días la señora Julia se entretenía en su jardín, hablando con las vecinas, sentada en la puerta de su casa o viendo la novela a la hora de la siesta con el volumen altísimo.
Siempre se dejaba la puerta que daba al jardín de atrás abierta, ya que esta daba a la cocina y la había oído comentar que no le gustaba que la casa oliese a comida, así que al cocinar abría para que se fueran los olores.  Al acercarme me percaté por el sonido que la novela estaba en marcha.  Entre tranquila y me asomé con cuidado hacia el salón.  Allí estaba, durmiendo con la boca abierta.  Me dirigí al baño y busque en el armario, había una farmacia entera guardada allí.  En todas las casas de viejos en los que me había colado, los viejos iban de pastillas hasta las cejas.  ¡Y luego decían que los jóvenes se drogan!  Cogí tres cajas de la medicina que buscaba.  Al salir del baño la volví a mirar.  Qué asco me dio verla tan vieja con la boca abierta.  Nadie debería de vivir tanto.  En la cocina encontré unos guantes de fregar amarillos.  Me los puse y volví al salón donde dormía.  Cogí un cojín del sofá, me situé detrás del sillón y se lo puse sobre la cara.  ¡Huf… que peleona!  Intentó arañarme pero con los guantes no hubo manera.  Comó lucho hasta morir.  ¡Cualquiera diría que tenía veinte años!  Volví a dejar el cojín en su sitio y la situé de nuevo derecha en su sillón, arreglándole el pelo y el vestido.  ¡Ya está, ha quedado estupenda!  Cuando la encuentren pensaran que murió durmiendo plácidamente la siesta.
Ahora a aguardar que esos dos idiotas se peleasen.  No tuve que esperar mucho como supuse.  Ella salió dando un portazo y Juan detrás suplicando.  Me acosté esa noche con una excitación tal que no podía conciliar el sueño.  La pelea había sido gorda.  Esto lo oí a mi madre decir a mi padre.  Y que Juan estaba muy callado y abatido.  Papá le dijo a Mamá que no se metiese en lo que no le importaba.
Viendo que no me iba a dormir, me levanté a tomarme un vaso de leche en la cocina.  La casa estaba silenciosa.  La tenia para mí, todos durmiendo y yo disfrutando de la oscuridad.  Cuál fue mi sorpresa cuando llegué a la cocina y me encontré a Juan allí sentado en la mesa.  Me miró al entrar y me dio una media sonrisa. 
“¿Y tú qué haces levantada, bicho?” me dijo.
“No puedo dormir y quería un vaso de leche,” conteste.
“Yo tampoco puedo dormir.  ¿Supongo que sabrás el porqué?”
“La verdad Juan es que no me importa en lo mas mínimo,” le dije, mirándolo fijamente a los ojos.
“Que malas y frías sois las mujeres.  Siempre con vuestros caprichos y si no son complacidos nos dáis la espalda.”
“A mí no me pongas en el mismo saco que ella,”  respondí con furia, casi fuera de mí.  Furia contenida desde que la trajo a casa hace tiempo.
Se quedo mirándome, pensativo.  “Creo que te he tenido muy ignorada.  No era mi intención, Sol, cuando te enamores veras lo difícil que es ver otras cosas.  Sólo piensas en la persona a la que quieres y no cabe nadie más.  Lo siento.”
Si pensaba que lo iba a arreglar con un lo siento lo tenía claro.  Yo no perdonaba.  Nunca.  Y el pagaría su traición.
Volví a mi cuarto.  Saque del escondite el polvo en el que había convertido las pastillas de la señora Julia y la nota de suicidio.  Espere a oírlo subir a su cuarto.  No tardó mucho y, en cuanto oí cerrarse su puerta, me volví a bajar a la cocina.  Preparé dos vasos de leche con cacao.  En el de la derecha vertí el polvo de las pastillas.  Lo mezcle bien y puse bastante azúcar.  Doblé la nota y la puse en el bolsillo de mi bata.
Subí despacio por las escaleras camino a su cuarto.  Quería saborear cada momento para poder revivirlo después.  Llamé a su puerta con suavidad y entré.  Lo encontré sentado en la cama leyendo.  Le sonreí con una sonrisa de perdón.  El me sonrió también.  Como tantas veces había hecho.  Sentí un momento de duda pero al ver la foto de ella sobre la mesita se me paso rápidamente.
“Como no podemos dormir he pensado que podríamos compartir un cola cao como hacíamos antes.  ¿Te apetece?”  le pregunte.
“Claro que sí.  Anda, túmbate aquí a mi lado y te leo algo mientras no lo tomamos.”
Dejé la bandeja encima de la mesita, apartando la foto de la estúpida.  Me volví a la estantería y elegí uno de mis libros favoritos que él antes me solía leer.  Al darme la vuelta y verlo beber me llené de pena.  Le iba a echar de menos.  Habíamos sido felices hasta que ella llegó.  Saqué de mi bolsillo la nota y la deje sobre la bandeja al coger mi vaso.  Me acosté en la cama a su lado y mientras bebíamos él iba leyendo.
A mitad de tomarme el vaso de chocolate empecé a sentirme rara.  No me encontraba bien.  Me pesaban las piernas y no podía sostener el vaso.  Juan me miró y con una sonrisa dulce lo vi sacar del cajón unos guantes.  Una vez puestos me cogió el vaso de la mano y  la poso sobre la bandeja.  Lo vi coger la nota y leerla.  Me volvió a mirar y con suavidad me puso la nota en la mano.  Entonces entendí que había cambiado los vasos.  Entendí que el conocía mis intenciones.  Le veía contemplarme.  Tenía la cara llena de curiosidad pero seguía con esa media sonrisa dulce.  Se sentó en la cama.  Lo último que oí fueron sus palabras diciendo….
“¿Pensabas que eras la única en la familia con estos apetitos?”



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