domingo, 26 de abril de 2020

Luz



El mar se torno violeta a tu paso.
Yo buscaba que tu luz me acariciara.
Un rayito pedía solamente.
Pero para mí no tenias.

Así que te deje a orillas del mar.
Viaje lejos, cruce montañas, cruce desiertos.
Vi y toque la luz de otros.
Me di cuenta que tu luz, aquella,
que no quisiste compartir conmigo,
era una luz pequeña, mezquina.

En el mundo aprendí lo que se da sin pedir.
Me vi arropada.
Multitudes ofrecieron su luz
sin pedir la mía a cambio.

lunes, 13 de abril de 2020

El Rezo Desoído



Llanto, dolor y desencanto.
Mirada trágica, drama en escena.
En su casa no se puede hacer ruido.
Los pájaros huyen de sus nidos al oír las campanas.
Pasos por el barro hacia el más allá.
¿Dónde estará? ¿Lo busco o espero?
Siento que muero, mis entrañas en descomposición.
¡Quiero su carne, tirarle del pelo, morderle!
¡Besarle con anhelo, que sienta mi desesperación!
Se vuelve a perder entre la niebla
Amargo recuerdo de sucia lluvia.
Nunca sale el sol, solo nubes bajas que  me arrastran con el viento.
Huyo de mi descontento.
Grito, las manos al aire, arrodillada ante ese que no escucha.
En casa de la que no tiene llave.
Poco consuelo hayo en ese templo frio.
Madre, estas allí, escuchas mi lamento.
Silencio, solo silencio.

martes, 7 de abril de 2020

La Heredera



—Todo esto será tuyo cuando yo muera —susurro antes de morir. Yacía pálida e inmóvil en la cama.  Una mujer de cuarenta y siete años que parecía que tenía ochenta.
—Todo esto será tuyo cuando yo muera —no paraba de oírle decir estas palabras.  Como cuando una canción de la radio que detestas sigue sonando en tu cabeza aunque no lo quieras.
Salió de la habitación.  El aire del pasillo era más fresco y placentero.  Inspiró profundamente.  Había estado aguantando la respiración, respirando con la boca abierta.  El olor a podredumbre, a orina, heces y muerte impregnaban la habitación.  Bajó las escaleras y se dirigió al porche de atrás.  Al pasar por la cocina oyó de nuevo las palabras en su cabeza.
—Todo esto será tuyo cuando yo muera.
Su mirada recorrió los armarios de cocina desvencijados.  La pila oxidada llena de platos sucios con los restos de comida que empezaban a tornarse verdes del moho que crecía en ellos.  ¿Cuándo fue la última vez que comió?  ¿Cuándo fue la última vez que limpió algo en la casa que no fuese el cuerpo sin vida que yacía arriba?  Intentó recordar, pero solo se veía sentada leyendo la biblia al lado de su cama, día tras de día.
Ya no había mesa en el centro de la cocina en el cual poder comer.  Se había roto una pata hacia dos inviernos y al final la uso como leña.  Intentó cerrarse mejor la rebeca, sentía frio ya que la casa estaba helada.  Siguió oyendo aquellas palabras una y otra vez en su mente al contemplar el suelo de madera manchado por los años y la zona que ya no pisaba, cerca del fregadero, donde la madera se había podrido cuando se rompió la tubería del fregador.  Cualquier día se le olvidaría y su pierna traspasaría la madera podrida dejando una abertura en el suelo como las fauces abiertas de un monstruo.  Ese monstruo que iba engullendo la casa poco a poco.  Ahora, en vez de tubería bajo el fregador, había un cubo para recoger el agua.
Abrió la puerta de tela metálica.  Esta también estaba dilapidada.  El perro, harto de ladrar para que lo dejase entrar la había roto por una esquina y ahora languidecía en la brisa.  Suspiró.  Siempre se veía suspirando.  El cansancio agarrotaba sus muslos impidiéndole sentarse en el primer escalón del porche con la grácil habilidad que debería conferir su juventud.  Contempló el vasto paisaje que se desplegaba ante su vista.  El parterre yacía yermo alrededor de la casa.  Tan muerto como el cadáver de arriba.  La semblanza del césped lleno de calvas, como el que le aparece en la cabeza a los hombres que ni son jóvenes ni mayores ya, seguía hasta donde empezaba el campo de maíz.
La cosecha bailaba suavemente en el aire, sus hojas parecían susurrar la canción interminable y repetitiva que sonaba en su cabeza…todo esto será tuyo cuando yo muera, todo esto será tuyo cuando yo muera… Donde posase los ojos, todo le repetía aquellas palabras.  Miró hacia el establo que estaba a su derecha.  Con su pintura pelada por los años que se asemejaba a grandes rasguños hechos por algún animal enloquecido.  Haría unos cinco años, después de una época de lluvias torrenciales, se había hundido hacia un lado en la tierra.   Ahora, si tocaba la madera, parecía de goma, elástica y frágil.  Recordó que tuvo que meter la vaca, el único animal que les quedaba, en la cocina para que no se le pudriesen las patas debido al agua fangosa que cubrió el suelo del establo durante meses.  Todavía recordaba los ojos llorosos de la vaca, confinada en la cocina, que la contemplaba mientras preparaba algo de comer.
A su izquierda estaba el viejo tractor de su padre.  La transmisión se había roto justo al terminar de plantar la cosecha.  Cosecha que ahora tendría que recoger ella sola a mano.  Siguió oyendo las palabras en su mente.  Cerró los ojos y volvió a suspirar.  Nunca había salido del pueblo de Jackson donde vivía.  Una vez, antes de que tuviese que dejar de ir a la escuela, la profesora trajo a clase un libro de fotografías de paisajes de alrededor del mundo.  Todavía podía recordar con nitidez la foto de aquella muchacha de ojos rasgados, sus facciones tan diferentes de las suyas, con su mirada cansada, plantada de pie en el agua que le llegaba a los tobillos en un campo de arroz.  Se preguntaba si esa parcela de arroz también seria para ella cuando sus padres muriesen.  Pensó que se parecían mucho ahora, aquella chica y ella.  Nunca tuvo tiempo para viajar a otro lugar.  La vida era una sucesión de días iguales llenos de quehaceres, los cuales se habían ido amontonando con los años hasta que una mujer sola como ella ya no daba abasto. 
El escalón donde estaba sentada crujió, haciendo que se levantase y volviese a sentar en uno más abajo.  Era un tablón nuevo.  Lo había arrancado unas semanas atrás del granero.  Todo a su alrededor se moría.  Recordaba una vez que vino de visita una hermana de su padre.  Se quedo dos días con ellos.  Y en ese espacio de tiempo tan infinitesimal se había abierto un mundo ante ella que no sabía que existía.  Era una mujer habladora y recordó como contó ese primer día que había conocido a una mujer en el tren que iba a ver a su hermana en Kentucky y de la bolsa que llevaba llena de biblias para vender una vez que llegase.  Su marido, que se ganaba la vida así, vendiendo biblias de casa en casa, se las había dado para venderlas en el pueblo donde vivía su hermana.  Su tía se preguntaba a cada momento si habría conseguido venderlas todas.  O como se le había sentado un hombre mayor a su lado que llevaba la pierna vendada y una muleta.  De cómo le susurró a mi madre que el hombre tenía gota, debido a la vida disoluta y por el alcohol que había bebido.  Ella todavía no sabía que era tener gota.  Jamás había probado el alcohol.  Nunca hubo de eso en casa.  El tiempo en la granja volaba, los días se sucedían con tal rapidez que no sabía si era joven o vieja ya.  No había conocido el amor.  ¿Cómo le iba a suceder si jamás veía a otro ser humano?  Lo que cosechaba era para alimentarse.  Dinero no había.  El poco que había traído su padre a casa cuando iba al pueblo a vender fruta, huevos o verduras hace tiempo que se esfumo.
Se dio cuenta que la última vez que había visto a otro ser humano había sido justo antes de que su madre enfermase, hacía unos dos años.  Ya no recordaba el tiempo pasado.  Miró hacia la valla vencida que rodeaba parte de la casa.  La madera tirada en el suelo parecía los raíles de un tren que va a ninguna parte.  Miró hacia el crepúsculo.  Quería tirarse en la tierra frente a ella y dormir hasta no despertar.  Que cuando alguien viniese algún día pudiera contemplar un árbol florido donde antes había estado su cuerpo.  Volvió a oír la voz de su madre repitiendo la misma frase una y otra vez.  Empezó a decirlo en voz baja, una letanía de depresión y desesperanza.
—Todo esto será tuyo cuando yo muera.

domingo, 5 de abril de 2020

Disertación de los Domingos


Siempre me han gustado los domingos. Son días impolutos, lentos; llenos de silencios en los que te paras a escuchar, a disfrutar e incluso a saborear. No tienes que saltar de la cama corriendo como otros días de la semana con la mente llena de lo que tienes que hacer ese día.
Los domingos son días de pausa, dando igual si has descansado el sábado. Los sábados no tienen el mismo brillo colándose suavemente por las rendijas de la persiana. Los sábados sigues estresado de la semana que dejas atrás. Vas a hacer la compra, terminas algún trabajo pendiente, limpias la casa. No, los sábados no tienen la bendición de los domingos.
Tu almohada es más blanda los domingos. Cuando despiertas te acurrucas en ella cual nube, mientras escuchas los sonidos que te vienen lentamente a tus sentidos adormecidos. Oyes, también, el murmullo de pájaros que saben que es domingo, pertrechados en sus nidos preparándose para un día tranquilo. Escuchas el lento zumbido de las avispas que parece que van ganduleando en sus movimientos de flor en flor.
Hay dos tipos de domingos, los de invierno y los de verano:
Los de invierno son domingos de luz grisácea azul, de bata larga y manos frías. De café con leche hirviendo sentada frente a la ventana buscando ese rayo de sol que te cubra como una manta cálida. Son mañanas de lectura, de calles vacías y escarcha formada encima de las hojas de los árboles. Mañanas que huelen a pan Irlandés recién preparado. Medio día de pollo asado al horno con zanahorias y patatas doradas. A largas siestas bajo una manta pesada con la barriga llena del festín que te has preparado.
Los domingos de verano tienen otro tipo de luz. Es una luz blanca, brillante y ardiente, que hace que sudes entre los pechos y muslos. De café bastante más frio y de persianas bajadas con ventiladores encendidos. El ruido de las aspas al girar adormece tus sentidos y lo que escribas, tardas días en terminar. Las calles están pobladas por gente joven, somnolienta. Muchachos sin camisa y chichas de rímel corrido, con el bajón del alcohol y la fiesta, avanzando como zombis camino a casa. Se oye también a la gente en las terrazas de su casa desayunando y llega al olfato el olor de tostada quemada. Son domingos de chicharra cantando al sol y pájaros que llevan horas levantados buscando agua y refugio ante el calor que se avecina.
Si, los domingos son de lentitud y disfrute. De estar sentados sin nada que hacer y sin ganas de hacer nada. De prensa y actualidad. Tal vez con la televisión o música encendida, con el volumen bajo. De manicuras pausadas, baños espumosos, pelos recién lavados. Domingos de aceite perfumados por el cuerpo.
Los domingos son días de amor carnal. De sexo lento, exploraciones perezosas, sin prisas. De besos tiernos, largos, lenguas entrelazadas, sabanas que huelen a mañanas de sol y a suavizante de la ropa. Si, suavizante de ese que siempre es de un color azul cielo. De risas en voz baja, miradas de amor sincero, duermevela hasta la media mañana, manos entrelazadas, olor a sexo húmedo embriagando los sentidos.
Los domingos también pueden ser de niños pequeños, los rizos revueltos y ojitos hinchados. Manitas pegajosas de mermelada y dibujos animados. Medio tirados en los sofás con sus mantitas o peluches en las manos, dedos en la boca dándoles confort. De biberones colmados de leche y cereales que los dejan medio atontados de tanta deliciosa glucosa corriéndoles por las venas.
También hay domingos de Dios. Esos que recuerdo de pequeña, con vestido de punto de Cádiz y cuello bebe, cosido y bordado por mi madre. Domingos de pecado y penitencia. De sermones que no entendía del todo pero también de asombro ante la grandiosidad de Dios expuesta en la catedral a la que íbamos. Domingos de imaginación infantil de ángeles volando y de la Virgen mirándome con dulzura.
Ahora, según mi hija, los domingos son para muchos jóvenes de maratonianas series en Netflix, juegos online o trilogías de películas. De tortitas con sirope de arce, chuches, patatas de bolsa, pizzas y cervezas. También tirados en el sofá en camisetas y pantalones viejos, agujereados. Lánguidos, con las piernas estiradas, sin peinar, faltos de energía. Igual que si estuviesen en pausa, recargando baterías.
Por último están los domingos de los ancianos. Parados en el tiempo con la mirada fija en algo que solo ellos ven. Domingos de hijos y nietos que van a casa de la abuela a comer paella. Esperando sentados, sus manos ligeramente temblando, a que llegue la hora de que entren por la puerta, los que tengan suerte de no ser olvidados.
Una vez le pregunte a una anciana solitaria que hacia los domingos. Me respondió que hacía lo mismo todos los días, esperar y recordar. Pero también me dijo que los domingos eran un poquito distintos, los recuerdos eran más dulces, de otros tiempos sin soledades.
Lo único que sé con certeza es que el domingo es mi día favorito. Mi día de explayarme, de sentir simplemente. Un día sin exigencias, de sonrisas internas y de paz.
¿Y vosotros, como son vuestros domingos?