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Mostrando entradas de abril, 2020

Luz

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El mar se tornó violeta a tu paso. Yo buscaba que tu luz me acariciara. Un rayito pedía solamente. Pero para mí no tenías. Así que te dejé a orillas del mar. Viajé lejos, crucé montañas, crucé desiertos. Vi y toqué la luz de otros. Me di cuenta que tu luz, aquella que no quisiste compartir conmigo, era una luz pequeña, mezquina. En el mundo aprendí lo que se da sin pedir. Me vi arropada. Multitudes ofrecieron su luz sin pedir la mía a cambio.

El Rezo Desoído

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Llanto, dolor y desencanto. Mirada trágica, drama en escena. En su casa no se puede hacer ruido. Los pájaros huyen de sus nidos al oír las campanas. Pasos por el barro hacia el más allá. ¿Dónde estará? ¿Lo busco o espero? Siento que muero, mis entrañas en descomposición. ¡Quiero su carne, tirarle del pelo, morderle! ¡Besarle con anhelo, que sienta mi desesperación! Se vuelve a perder entre la niebla Amargo recuerdo de sucia lluvia. Nunca sale el sol, solo nubes bajas que   me arrastran con el viento. Huyo de mi descontento. Grito, las manos al aire, arrodillada ante ese que no escucha. En casa de la que no tiene llave. Poco consuelo hayo en ese templo frio. Madre, estas allí, escuchas mi lamento. Silencio, solo silencio.

La Heredera

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LA HEREDERA —Todo esto será tuyo cuando yo muera —susurró antes de morir. Yacía pálida e inmóvil en la cama. Una mujer de cuarenta y siete años que parecía que tenía ochenta. —Todo esto será tuyo cuando yo muera —no paraba de oírle decir esas palabras. Como cuando una canción de la radio que detestas sigue sonando en tu cabeza aunque no lo quieras. Salió de la habitación. El aire del pasillo era más fresco y placentero. Inspiró profundamente. Había estado aguantando la respiración, respirando con la boca abierta. El olor a podredumbre, a orina, heces y muerte impregnaban la habitación. Bajó las escaleras y se dirigió al porche de atrás. Al pasar por la cocina oyó de nuevo las palabras en su cabeza. —Todo esto será tuyo cuando yo muera. Su mirada recorrió los armarios de cocina desvencijados. La pila oxidada llena de platos sucios con los restos de comida que empezaban a tornarse verdes del moho que crecía en ellos. ¿Cuándo fue la última vez que comió? ¿C

Disertación de los Domingos

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DISERTACIÓN DE LOS DOMINGOS Siempre me han gustado los domingos. Son días impolutos, lentos; llenos de silencios en los que te paras a escuchar, a disfrutar e incluso a saborear. No tienes que saltar de la cama corriendo como otros días de la semana con la mente llena de lo que tienes que hacer ese día. Los domingos son días de pausa, dando igual si has descansado el sábado. Los sábados no tienen el mismo brillo colándose suavemente por las rendijas de la persiana. Los sábados sigues estresado de la semana que dejas atrás. Vas a hacer la compra, terminas algún trabajo pendiente, limpias la casa. No, los sábados no tienen la bendición de los domingos. Tu almohada es más blanda los domingos. Cuando despiertas te acurrucas en ella cual nube, mientras escuchas los sonidos que te vienen lentamente a tus sentidos adormecidos. Oyes, también, el murmullo de pájaros que saben que es domingo, pertrechados en sus nidos preparándose para un día tranquilo. Escuchas el lento zumbi