Álvaro y El Misterio del Hombre Sapo (Juvenil)

ÁLVARO Y EL MISTERIO DEL HOMBRE SAPO

—¡No quiero ir! ¿Por qué no me puedo quedar aquí? —dije, casi a gritos.

—Álvaro, entiéndelo, no te puedo dejar solo en casa sin supervisión todo el verano. Los abuelos viven en la costa, tendrás la playa cerca, los acantilados para explorar. Te puedes llevar los libros y juegos que quieras. Incluso ese puzle de cuatro mil piezas que no tenemos sitio para montar. Estaré trabajando todo el día y los fines de semana en turno de noche. Alguien tiene que cuidar de ti, ¿y quién mejor que los abuelos? —dijo mi madre.

Crucé los brazos con enfado. Sabía que mi madre tenía razón. Pero desde que papá murió, era yo el que la hacía sonreír. Si veía que se ponía triste, hacía el tonto o le leía, y también le preparaba la cena cuando llegaba a casa cansada, aunque solo sabía hacer bocadillos. ¿Qué iba a hacer sin mí tres largos meses?

—Por favor, Álvaro, necesito estar tranquila y esto me lo va a proporcionar. Con los abuelos estarás bien y te divertirás, ya verás cómo tengo razón —me volvió a suplicar.

Accedí con un movimiento de cabeza. Sabía de las historias que ella me había contado del pueblo pesquero en el cual había pasado los veranos en su infancia. De las cuevas, acantilados y caminos que siempre estaban por descubrir. De tardes buceando en las calas, de la roca a la que podías nadar y tirarte de ella, que parecía un pato. ¡Claro que quería ir! Llevarme el puzle grande, montarlo en el garaje del abuelo y pasar los dos las mañanas calentándonos la cabeza con él. Pero sentía que la abandonaba. Que faltaba a la promesa que le había hecho a papá de cuidarla.

—Eres un buen chico, Álvaro, no sé qué haría sin ti, pero también tienes que prometer otra cosa. Que me enviarás una postal a la semana, solo pido eso. Para que me digas que estás pasándolo bien. ¿Vale?

—Sí, mamá, te lo prometo —le dije, abrazándola.

Subí al tren al día siguiente. Mis abuelos me estarían esperando en la estación y, con el abuelo al volante de su viejo Citroën, llegaríamos pronto al pueblo. El viaje fue largo, unas siete horas, así que, cuando vi a mis abuelos esperándome, tenía ganas de empezar esta nueva aventura.

—¡Álvaro! ¡Aquí! —dijeron los dos a la vez, levantando los brazos a modo de saludo. Como si no les pudiera ver ni oír. Todo el mundo los miraba por lo que estaban armando. Sonreí; estaban muy contentos de verme. La abuela empezó con los besos ruidosos que no paraban, allí, enfrente de todos los demás viajeros. Jo, qué vergüenza. Y el abuelo me daba una palmada tras otra, sin avisar, que me empujaba hacia delante con fuerza. Casi me mató dos o tres veces con su alegría.

—Anda, parad ya, que me estáis avergonzando —dije con una sonrisa.

—¡Pero cómo has crecido! Aunque estás muy delgado, eso habrá que remediarlo —dijo mi abuela.

—Jacinta, por Dios, si es que tú piensas siempre que todos estamos famélicos. Que no somos cochinillos que hay que engordar —dijo el abuelo.

Ya empezaban. Siempre estaban discutiendo, sin enfadarse, y la verdad es que, oyéndolos, te podías partir de risa. Además, cada uno tenía razón y el otro no, así que la diversión estaba asegurada.

Cuando estábamos saliendo de la estación, mientras mis abuelos seguían peleándose por ver quién llevaba las maletas, me fijé en un hombre con la cara muy seria, feo y con los ojos azules más fríos que jamás se habían posado en mí. Estaba empujando una silla de ruedas en la cual iba una niña, más o menos de mi edad, que lucía una expresión de tristeza. Creo que sintió cómo la miraba, ya que levantó la vista y nuestros ojos se cruzaron. Le sonreí y ella, tras una breve pausa, me devolvió la sonrisa. Era guapa. Tenía la piel muy pálida y el pelo del color del sol. El cara sapo que la empujaba, al vernos sonreír, la empujó más deprisa hasta que nos perdimos de vista.

De camino al pueblo en el coche, con la abuela diciéndole al abuelo cómo tenía que conducir, seguí pensando en aquella niña. ¿Cómo se llamaría? ¿Por qué estaría en una silla de ruedas? ¿El cara sapo sería su padre?

—Antonio, vas muy deprisa. Gira a la derecha ya. Coge el volante con las dos manos —decía la abuela casi sin coger aliento.

—¿Jacinta, tú tienes carnet de conducir? No, ¿verdad? Pues déjame a mí llevar el coche, que yo sí que tengo carnet —decía el abuelo.

Y así siguieron todo el trayecto. Mientras yo miraba el paisaje y el mar que se veía a lo lejos. Tenía ganas de aventuras al aire libre, pero primero compraría un puñado de postales para que no se me olvidara enviarle a mamá una a la semana.

—Bueno, Álvaro, ya estamos aquí —dijo el abuelo.

—De milagro, menos mal que iba yo en el coche —replicó la abuela.

Me reí; los quería mucho. Corrí al interior de la casa, me cambié al bañador y, cogiendo mis gafas de bucear, les dije a los abuelos que volvería para la cena. La abuela gritaba tras de mí cosas por el estilo de: “¿Te has puesto crema? ¿Llevas agua? ¿Adónde vas? ¡Te vas a ahogar!”, pero ya no la oía casi mientras bajaba al acantilado que había cerca de la casa.

Me puse las gafas y me tiré al agua. Estaba fresca y cristalina. Ese día no había olas, el mar estaba en calma, así que estuve unas dos horas largas disfrutando de los arrecifes, los campos de posidonias llenos de peces de colores e incluso pude ver un pulpo entre las rocas.

Cuando salí, me sorprendí de lo lejos que estaba de casa. Daba igual; iría tranquilamente andando, bordeando los acantilados hasta llegar. Seguro que habría algún sendero.

Empecé a caminar, pero oí de repente el claxon de un coche. Miré tras de mí y vi, en lo alto de la colina, una casa grande de la cual un coche se alejaba. Pude vislumbrar en una terraza a alguien sentado diciendo adiós con la mano al vehículo que se marchaba. ¡No podía ser! —pensé—. ¡Parece la niña de la estación! Me acerqué y, sí, era ella. Estaba bajo una pérgola de madera leyendo en su silla de ruedas. Fui hacia ella y, al otro lado del muro, la saludé.

—Hola. ¿Te acuerdas de mí? Nos vimos en la estación este mediodía —dije, un poco avergonzado de mi atrevimiento.

—¡Hola! Sí que me acuerdo. Me llamo Camelia, y tú, ¿cómo te llamas? —preguntó con una sonrisa que le iluminó la cara.

—Me llamo Álvaro. He venido a pasar el verano con mis abuelos. Me he traído un puzle de cuatro mil piezas. ¿Te gustan los puzles? —pregunté de carrerilla. Jo, me estaba poniendo nervioso. A ver si se pensaba que era un poco tonto, además de lanzado.

—¡Me encantan! ¿De qué es la foto del puzle? —preguntó, mientras la brisa revolvía su pelo.

Y ahí ya no supe qué hacer. ¿Se lo decía? ¿Le decía que el puzle era una imagen de unos marcianos con su nave? Ahora sí que me iba a decir que me marchara.

—Es de marcianos —dije en voz baja, con la mirada puesta en ella para ver su reacción.

—Oh, qué bien. Pues si quieres, te podría ayudar.

Miré su silla. No quise ofenderla, pero no sabía si ella podía ir por ahí en la silla. Me dio pena cuando vi que su mirada perdía el fulgor.

—Claro que me puedes ayudar, además lo necesitaré —dije, mirándola a los ojos para que viese que iba en serio.

Sonrió y, moviendo su silla hacia la pared donde estaba, dijo:

—Esta silla es muy fuerte. Si tú me puedes ayudar a empujarla, podría ir a tu casa y empezaríamos a hacer los bordes del puzle.

De pronto oí que un coche se acercaba. Camelia puso cara de susto y, mirándome, me dijo que me marchara corriendo, que él no podía verme allí. Ya hablaríamos mañana. Dio la vuelta a la silla y se dirigió hacia dentro. Me iba a marchar, pero oí el portazo de una puerta que se cerraba y, preocupado por ella, salté la valla y me asomé por una ventana.

Camelia estaba en el salón haciendo como que leía. El cara sapo entró y, al ver su expresión, me preocupé bastante. La tenía roja de furia contenida. Se dirigió a Camelia y, cogiéndola del brazo con fuerza, gritó que le dijera dónde estaba escondida. Camelia, con lágrimas en los ojos, le dijo que no lo sabía, que no había tenido ninguna visión de su localización. Yo, al oír esto, no entendí a qué se refería con visión. ¿Visión de qué? Pero el cara sapo no dejaba de zarandearla, preguntando una y otra vez dónde estaba. Quería entrar y separarla de él, pero era un adulto, seguramente su padre. Al final se separó de ella y, mirándola, le dijo que se dejara de libros y se concentrara en la búsqueda de la joya. Salió de la habitación y, con otro portazo a la puerta de la casa, se metió de nuevo en el coche y se marchó.

Camelia lloraba en su silla de ruedas; parecía tan indefensa y pequeña. Sin dudarlo, entré por la puerta de la terraza. Ella alzó los ojos y, al verme, lloró con más desolación. Decía una y otra vez, mientras la abrazaba, que me marchara, que nadie la podía ayudar.

—Eso no es verdad. Te voy a ayudar y mis abuelos, cuando se enteren, también. Además, todo el pueblo hará piña tras mis abuelos; que intente detenernos —dije, seguro de que así sería.

Cogí la silla de Camelia y la dirigí hacia fuera, pero ella me paró. Quería contarme algo.

—Desde que era niña, Álvaro, he sabido encontrar cosas perdidas. Solo tenían que explicarme lo que se había perdido y yo, cerrando los ojos, muy a menudo sabía dónde tenían que buscar. Un día, jugando en la calle con mis amigas, un coche me atropelló y perdí el uso de las piernas. Mi padre, viendo que no podía costear todos los tratamientos que necesitaba, me pidió que cobráramos a la gente que venía en busca de mis talentos. Y así fue como empezó todo. Venía gente de todos los lados del país, incluso del extranjero, buscando mi ayuda, y de eso vivíamos. Papá era honesto y, si no podía ayudarles, no les cobrábamos nada. Así, con el dinero recaudado, me iba costeando los tratamientos para ver si algún día podría volver a andar. Hasta que llegó a nuestra casa una noche Ramón, el que has visto hoy. Ramón entró en la casa de noche y me secuestró. Dice que, si no hago lo que pide, no volveré a ver a mi padre. Álvaro, estoy muy preocupada por papá. Intento encontrar la joya que Ramón dice que está escondida en alguna cala de aquí, pero no la encuentro. Si Ramón no me ve cuando vuelva, algo le pasará a papá.

—Entonces te ayudaré a buscarla. Y cuando la encontremos, Camelia, llamaremos a la Guardia Civil para que lo detenga. Mis abuelos son de fiar y nos ayudarán, no te preocupes —le dije, dándole un apretón en el hombro.

Cuando me marché, estaba más tranquila e intentando visualizar la localización de la joya perdida mientras me dirigía a casa. Cuando entré, mi abuela me dijo que me duchara, que la cena estaba casi en la mesa. Cuando me senté, el abuelo me miró callado. Sabía, no me preguntes cómo, que algo importante había ocurrido. Cuando la abuela se puso a fregar los platos en la cocina, me indicó que me sentara con él en el porche.

—A ver, suelta lo que tienes en la cabeza, que vas a estallar —dijo muy serio.

Le conté todo lo que había pasado aquella tarde. Cuando terminé, dijo que no me preocupara, que él me ayudaría. Que vigilara a Camelia y, si ella localizaba la joya, que fuera rápidamente en su busca.

—Ese granuja no se va a salir con la suya —dijo con un tono de voz que me dio total confianza de que esto se iba a solucionar.

A la mañana siguiente me dirigí por el sendero a la casa de Camelia. Cuando me vio a lo lejos, saludó; así supe que no estaba el cara sapo. Corrí hacia ella y la abracé. Le conté lo que mi abuelo había dicho y lloró de emoción.

—Camelia, dime, ¿has podido averiguar dónde está la joya? —le pregunté.

—¿Cómo lo voy a saber? Todas las calas se parecen, dice Ramón. Tengo que ser más específica, pero no logro dar más detalles que le ayuden —dijo preocupada.

—Cuéntame a mí qué es lo que ves —le pedí.

—Veo una cala; hay que bajar por las rocas, no hay escaleras ni otra forma de acceder. Tiene una cueva a la derecha que no se ve desde arriba. Solo se ve cuando estás en la cala y sabes dónde buscarla. La cueva es estrecha y oscura, pero al andar hacia dentro se ve una luz tenue. Sé que, si se sigue, la joya está allí; solo sé eso con certeza y no veo más. Hay muchas aves volando; no son exactamente gaviotas y me molestan cuando intento concentrarme —dijo, con la mirada perdida.

—Tú quédate aquí. Voy a buscar esa cala y, cuando la encuentre, avisaré a mi abuelo. Confía en nosotros, Camelia; salvaremos a tu padre y te liberaremos de Ramón —dije, mientras me ponía en marcha.

Aves, muchas aves; esa era la clave. Mi abuelo me había contado historias cuando era pequeño de cómo las aves anidaban en la parte sur de las calas del pueblo. Era una zona donde el viento no soplaba con tanta fuerza y las rocas, por el efecto del mar, estaban llenas de ranuras en las cuales las aves podían poner sus huevos.

Bajé de nuevo hacia casa, donde mi abuelo me estaba esperando con preocupación. Le dije que había tenido cuidado y que Camelia había estado sola. Le conté la visión que había tenido de dónde se podía encontrar la joya. Se le iluminó el rostro. Sabía exactamente qué cala era. Cogimos las bicicletas y al rato habíamos llegado a una zona poco transitada y escarpada. Bajar a la cala sería difícil, pero el abuelo tenía mucha experiencia, ya que conocía la zona. Empezamos a bajar, yo siguiéndole con cuidado. Cuando llegamos abajo, las aves no paraban de sobrevolarnos; había muchísimas. Empezamos a buscar la apertura y la encontramos justo donde Camelia nos había indicado. El abuelo me miró; era muy estrecho para él, debía ir yo solo.

Me adentré en la oscura brecha de la roca y empecé a caminar despacio. El abuelo me hablaba desde la entrada; decía «Marco» y yo le contestaba «Polo», como medida de seguridad para que supiera que estaba bien. De pronto empecé a ver con más claridad. Sí, se veía una luz tenue al fondo. Salí a una cueva alta con una piscina central iluminada por los rayos del sol que entraban desde fuera por una especie de túnel subterráneo. Esto era lo que conseguía que se pudiera ver. Y, sin tener que rebuscar en absoluto, allí se encontraba un cofre viejo encima de una roca.

—Abuelo, lo he encontrado —grité a través del pasadizo por el que había venido.

—Cógelo y date prisa, no vaya a ser que la marea suba —me apremió.

Iba a llevarme el cofre tal cual, pero estaba pegado con salitre de tantos años que llevaba allí. Así que lo abrí, no sin dificultad. Dentro, envuelto en una tela mohosa, había algo. Aparté el tejido con cuidado y allí estaba: un collar de rubíes antiquísimo. Las piedras preciosas brillaban en la cueva como si fueran sangre fresca. Me dio asco, lo creí maldito, y lo volví a tapar con premura. Conseguí arrancar el cofre de la piedra y deshice el camino de vuelta. Al salir, estaba el abuelo para abrazarme.

—Ahora a salvar a Camelia y llevarla a ella y el collar a la Guardia Civil. No te preocupes, Álvaro, todo saldrá bien —dijo el abuelo al ver mi expresión.

Nos dirigimos con las bicicletas a casa de Camelia. La luz del sol en la cara me quitó la sensación de asco que había sentido al tocar el collar con sus piedras preciosas, viscosas por el paso del tiempo. Por el sendero se veía la carretera y vi el coche de Ramón que iba en dirección a la cala. Se lo señalé al abuelo y este asintió, pero dijo que nuestra prioridad era Camelia. Cuando llegamos a su casa, la Guardia Civil ya estaba allí. Y también la abuela, que, mirando a mi abuelo, dijo muy seria:

—Tú, como siempre, te piensas que lo puedes hacer todo solo y sin que yo me entere. Menos mal que os he ayudado y que estaba aquí con esta pobre chiquilla, que estaba muerta de preocupación por vosotros.

Le di al guardia civil el collar y nos dijo que un coche iba ya en dirección a la cala para apresar a Ramón, pero que incluso tenía mejores noticias. Mirando a Camelia, le informó de que su padre estaba bien y que unos compañeros lo traían hacia allí para recogerla. Camelia lloró de alegría.

—Sin vosotros no podría haber salvado a mi padre —dijo Camelia mientras me cogía de la mano.

—Anda, niña, mira que estás delgada. Te voy a hacer un cocido, a ver si te ponemos carne en esos huesos —dijo la abuela con media sonrisa.

—Ya empezamos —señaló el abuelo, moviendo la cabeza con resignación.

De pronto oímos la radio del guardia civil informar de algún suceso. Le miramos con preocupación mientras hablaba con su compañero en voz baja. Cuando terminó, se nos acercó y nos dijo que Ramón no molestaría a nadie jamás. Se había quedado atrapado en la cueva cuando había subido la marea. Lo sentí; aunque era malvado, no quisiera que nadie terminara así.

—Álvaro, ¿por qué no nos llevamos a Camelia a casa, que coma con nosotros y os ponéis a empezar ese puzle que te has traído mientras esperamos a su padre? —preguntó el abuelo.

Camelia y yo nos miramos y sonreímos.

—Abuelo, primero tengo que enviarle a mamá por lo menos diez postales, porque en una no cabe esta aventura.

FIN

 

 





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