domingo, 13 de octubre de 2019

Cuento de Navidad

Cuento de Navidad


El tren tenía un ritmo el cual parecía que mi corazón seguía.  Estaba cansado de viajar, no tener ningún sitio al que llamar hogar, de estar solo, sin pareja, ni hijos, ni un futuro que se vislumbrase.  Sentía que la vida, como la arena, se deslizaba rápido por mis dedos acercándome al final.  Tenía 42 años y estaba perdido.  El tren traqueteaba llevando este cuerpo desvencijado y sin esperanza al único sitio que podía ya reconocer.  Los brazos de mi madre.  Como el anuncio del turrón, volvía a casa por navidad.
Estaba solo en la cabina privada, no oía pasos ni a nadie hablar, como si el tren estuviese vacio y el destino no se podía atisbar.   Estaba tan cansado, tenia falta de dormir, como cuando era niño con ese sueño profundo de los inocentes.
La puerta se deslizo con brusquedad y entro una señora, bien vestida, de facciones agradables pero mirada dura.  Me contemplo unos segundos de arriba abajo y sentándose empezó a hablar.
-¡Que noche!  He pasado por tres cabinas ya.  Ya no hay gente de buena familia que viaje en primera clase, cualquiera se mete.  Falta educación y saber cuándo se está delante de alguien como yo.  ¿No será uno de esos, verdad? -
Sin esperar repuesta prosiguió.
–Ya ves, solo hay que mirarme para saber que yo si soy de una buena casta.  Mi padre era general, mi madre, una gran señora de sociedad de la capital.  Aunque no sé porque le cuento esto a usted.  Seguro que no hemos coincidido en ningún sitio de los que yo frecuento.-
Me volvió a mirar lentamente y me removí incomodo pues me reconocía en su mirada.  Yo, si yo, me había comportado así en muchas ocasiones a lo largo de mi vida.  Cerré los ojos, pues una sensación de vergüenza me recorría por dentro.  ¿A cuantos deje de lado que valían más que yo?  La volví a mirar pero se había marchado.  Bueno, tampoco yo era un tipo tan malo pensé.  Alguien paso por el pasillo y se detuvo.  Decidió entrar, pues supongo que al verme solo no me importaría compartir la cabina.  Era un caballero mayor que seguramente en su juventud habría sido apuesto.  Contemple su reloj de oro, la ropa de marca y pensé, empresario.
–Buenas noches, me llamo Martin Villaescusa, a su servicio.  ¿A casa a ver la familia, no?  Yo tengo tres ex esposas y 8 hijos, así que todas las navidades me reparto entre una u otra.  Ya no compro regalos a ninguno.  Dinero, eso es.  Dinero es lo que quiere la gente, lo que interesa por encima de todo.  ¿No cree usted?-
Mientras hablaba se saco del bolsillo un fajo grande de billetes de 500 euros y el brillo en sus ojos al verlos me lleno de pavor.  Yo, de nuevo, había pensado que no había nada más importante en la vida que tener mucho dinero.  Esa mirada había sido la mía en muchas ocasiones.  Sentí un temblor por dentro, cerré los ojos, asqueado por todo lo que había hecho por dinero.  Oí la puerta cerrarse con suavidad.  Seguí con los ojos cerrados pero al rato sentí una corriente en la nuca y al abrirlos contemple a la mujer más bella que jamás había visto en mi vida.  Voluptuosa,  curvas de Venus, mirada lasciva, labios rojos y piernas largas.  Me sonrió mientras su mirada bajaba a mi pantalón.  Sabia el efecto que tenia y su mirada era invitación a perderme en sus cabellos perfumados.  ¡No!  Me dije para sí.  No, nunca más me dejaría arrastrar por una mujer sin piedad, vacía de amor y amabilidad.  Quería ternura en una mirada, no lo que ella me ofrecía.  ¡Quería amor!  La contemple con desprecio, asco.  Y lo que había sido una Venus se convirtió en un huracán de enfado e ira.
– ¿Me miras así, tu?  ¡Quien te has creído que eres!  Cualquiera daría lo que fuese por acariciarme.  ¡Eres un don nadie, un mierda, un muerto que anda todavía!-
Su voz se iba elevando hasta que las últimas palabras eran a gritos.  Me tape los oídos, volví a cerrar los ojos y desee que se marchase.  La puerta dio un portazo al abrirse y pensé, ya esta, paz.
–Joder, que cabreo.  ¿Qué le has dicho tío?-
Tenia delante de mí a un hombre muy gordo.  Llevaba en la mano una bandeja de pasteles que balanceaba sobre su estomago.  La boca llena de merengue, la cara manchada de azúcar y un ruido asqueroso al masticar.  Los pasteles de la bandeja eran maravillas culinarias, de las que yo antes hacia un festín sin reparar en moderación alguna.  Pero de nuevo, al mirarme el hombre con los ojos vidriosos, sentí repugnancia hacia lo que yo había sido también hacia poco.  Por el amor de Dios, esto parecía una pesadilla de nunca acabar.  El hombre me miro.
– ¡Yo estas navidades no pienso mover un dedo para hacer nada de nada, que lo hagan los demás!  ¿Verdad?  Voy a tumbarme y que me sirvan.  ¿Por qué debo yo de molestarme?  ¿Qué ha hecho nadie por mi?-  Y dicho esto, salió por la puerta.
Por fin, pensé, ya me dejaran en paz.  Pero al mirar el pasillo vi a una mujer pasar con sus dos hijos pequeños.  Me sonrió al verme.  Pensé que entraría a sentarse pero apareció un hombre y cogiendo al pequeño con ternura de sus brazos, la miro con tanto amor que de nuevo el sentimiento que me embargo me dejo avergonzado.  Envidia.  Nada nuevo para mí.  Mis ojos se llenaron de lágrimas.  Un grito ahogado salió de mí.
Alguien me zarandeaba.  Abrí los ojos.
-¡Mama!-
-¿Pero qué pesadilla estabas teniendo Gonzalo?  Anda, levántate que tus hijos quieren jugar contigo, tu mujer que la ayudes y tus hermanos te quieren felicitar las Navidades.  Y luego no olvides que tenemos que ir a la iglesia a repartir regalos y comida a los más necesitados.  Hay, que bueno que eres Gonzalo.  ¡Qué bendición para todos¡
-¿Mama?  Feliz Navidad.-

FIN

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