jueves, 25 de marzo de 2021

La Cabaña


Abrí la puerta despacio.  Hizo un ruido chirriante como en las películas de miedo.  Sonreí, solo era una cabaña abandonada en el bosque, más bien una choza.  Seguramente la había usado algún cazador en su día para refugiarse de las inclemencias del tiempo.  Entraba luz tanto por la puerta abierta como por la ventana, que seguía teniendo intactos sus cristales después de tanto tiempo.  Lógicamente estaba todo cubierto de una densa capa de polvo y varias telarañas decoraban el techo y la ventana.  Había algo en la estancia que me producía inquietud, pero solo estaba siendo una tonta.

            Había una silla y mesa pequeñas al lado de la ventana.  Un mostrador con unos estantes debajo que contenía platos desportillados y utensilios varios de cocina.  En la pared del fondo había una armarito con una lámpara de gas vacía encima, junto a un banco que podría servir de cama.  Y al lado de esta, en la misma pared, un fogón antiguo para leña, con su chimenea de metal que desaparecía por el techo.  Lo más extraño fue encontrar dos vestidos viejos bastante antiguos en el pequeño armario.

Me había perdido en el bosque dando un paseo.  Como una incauta, insensata de ciudad, me había desviado del camino.  Sin cobertura de móvil y no sabiendo que hacer, en vez de quedarme quieta, me había entrado pánico.  Empecé a andar hasta encontrarme en la espesura oscura del bosque.  Tarde o temprano alguien del grupo de senderismo me echaría en falta, pero hasta entonces, había tenido suerte de encontrar este sitio antes de que anocheciese. 

Volví a salir y rodeé la cabaña.  En la parte de atrás había lo que parecía una letrina.  No me atreví a abrirla.  ¡Qué asco!  Preferí tomar la decisión de hacer mis necesidades al aire libre antes que ojear lo que allí había. 

Necesitaba agua.  Eso era lo más urgente.  Había encontrado un riachuelo cuando me perdí y había decidido seguirlo.  En algún momento me desvié y había encontrado la cabaña, así que tendría que volver sobre mis pasos hasta volver a encontrarlo.  No tenía que estar muy lejos.  Cerré los ojos y escuché el bosque.  Me pareció que oía agua a mi derecha.  Así que partiendo desde la esquina de la cabaña en línea recta fui en busca del agua, no deseaba perderme de nuevo.  Al poco la encontré, suspirando aliviada.  Sin comida pero con agua.  Podría aguantar.

Volví hacia la cabaña y entre.  En una esquina, al lado del mostrador, encontré un cubo galvanizado.  Me lo lleve al riachuelo y con el pañuelo de mi cuello lo lave y llene de agua.  Ahora a limpiar, era incapaz de pasar la noche allí sin haber adecentado la habitación.

Una vez que estuvo todo limpio me di cuenta de que estaba exhausta.  Había tenido que rellenar el cubo varias veces, pero por lo menos, ya no quedaba ni polvo ni telarañas.  Por supuesto ninguna araña.  Había estado gritando sola como una loca con cada una que había visto y matado.

Volví una vez más al riachuelo, ya casi a oscuras, donde me desnude y mojando el pañuelo me lave como mejor pude.  Había cogido uno de los vestidos del armario, ya que mi ropa estaba tan sucia que daba asco y, después de sacudirlo bien, me lo puse.  Rellene el cubo y regrese a la cabaña.  Había encontrado unas velas en el armarito cuando limpiaba.  En la mochila llevaba unas cerillas en la bolsita de supervivencia, que había encontrado ridícula cuando me la entregaron, pero que ahora agradecía.  Aparte de las cerillas, había un paquete de frutos secos, unas barritas de muesli, un compás y una navaja suiza.  El compás no sabía que podía hacer con él pero lo demás seguro que sí.

Cerré lo mejor que pude la puerta y me tumbe en el banco limpio pero húmedo.  Necesitaba descansar.  Mi corazón latía deprisa por la ansiedad que sentía sabiendo que iba a pasar la noche en medio del bosque sola.  Por lo menos no era invierno y no tenía frío ni necesidad de un fuego.  Solo esperaba que mañana me encontrasen pronto.  Mientras mis ojos se iban cerrando por el cansancio pensé de en la dueña del vestido.  Era un poco infantil, como el de una niña que le falta poco para hacerse mayor.  ¿Dónde estaría ahora?

También pensé en mi amiga Cielo y su idea de venir a hacer senderismo.  Todavía podía oír cómo me decía que nos fuésemos a la montaña.  Que había ligado con un chico guapísimo el día anterior y la había invitado.  Que sería divertido.  Menuda diversión me estaba dando. ¿Cómo podía haber sido tan tonta como para alejarme del grupo?  ¿Por qué no me di cuenta de que ya ni los oía ni veía?  Estaba claro que mañana se reirían de la chica de ciudad que se había perdido.  Pandilla de paletos de pueblo, pensé.  Si pensaban que me iban a encontrar desecha se iban a llevar una sorpresa.  Había encontrado agua y refugio, tonta no era.

No sé en qué momento me dormí.  Pero me desperté sobresaltada.  Había oído algo.  Había alguien fuera, estaba segura.  Me incorporé dando un ligero gruñido por el dolor de espalda al haber dormido sobre la madera del banco.  Pero me callé enseguida.  Sí, había algo o alguien fuera, rondando la cabaña.  Mi corazón latía desbocado.  Solo tenía la navaja suiza para protegerme.  ¿Pero de qué?  Aquí no había animales peligrosos.  Piensa, me dije a mi misma.  Lo más peligroso de este lugar sería una cabra de monte y ella se asustaría más de mí, antes que yo de ella.

Volví a oír un crujir de ramas y hojas.  Esta vez venía de la pared que tenía la ventana.  Mire, sin levantarme del banco.  Los cristales brillaban de limpios que los había dejado y se podían ver los árboles que rodeaban la cabaña.  ¿Cómo era posible?  ¿De dónde venía la luz?  ¡Qué tonta!  ¡Son ellos!  ¡Alguien ha venido a buscarme!  Me reí en voz alta de mi falta de luces y levantándome, corrí hacia la puerta para salir en busca de mis rescatadores.

Había un fuego encendido frente a la cabaña en el redondel de piedras que había visto al llegar.  Pero no se veía a nadie.

—¿Hola?  ¿Hay alguien allí?  Soy Marcela, la que se ha perdido esta mañana. ¿Hola?

No obtuve respuesta ninguna.  Sentí como se me erizaba la piel de los brazos.  Alguien me estaba observando desde la oscuridad, lo presentía.  Empecé a temblar.

—¿Hola? —dije casi en un susurro, sintiendo como la inquietud y el miedo se apoderaban de mí.

Entonces la vi.  Estaba entre la maleza que conducía al río.  Iba con un vestido similar al mío.  Tenía el pelo largo, enmarañado, y unos ojos muy negros que me contemplaban desde la oscuridad.  Era pequeña, de unos doce años supuse.  ¿Tal vez se había perdido igual que yo? ¿O era la dueña de los vestidos del armario?

—Hola, no tengas miedo.  Me llamo Marcela.  Me he perdido en el bosque esta mañana.  ¿Y tú, estás perdida también? —le pregunté mientras me acercaba al fuego y me sentaba frente a él con las piernas cruzadas.

La niña me sonrió tímidamente, con esos ojos negros, grandes, que no paraban de observarme.  Se acercó poco a poco, pero no me dio la sensación de que lo hacía con miedo, sino más bien con sigilo.  Era una niña extraña, pero razoné que si esta era su cabaña de juegos, porque vivir allí con lo sucio que había estado no era posible, era normal. 

Al llegar a mi altura se sentó al otro lado del fuego, con las manos cruzadas entre sus piernas.  Me di cuenta a la luz de las llamas que tenía el vestido manchado de sangre.

—¿Te has lastimado? —le pregunté un poco alarmada.

Pero la niña no hablo, solo hizo una leve negativa con la cabeza y volvió a sonreír.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté, inquieta.

Y sin responderme miró hacia mi mano derecha que sostenía la navaja suiza.  No sé cuando la había cogido, ni como había llegado a mi mano.  Hizo otro leve movimiento con la cabeza hacia ella y me volvió a mirar sonriendo.  No me encontraba del todo bien ahora.  Algo raro ocurría.  ¿Quién era esa niña manchada de sangre seca?  ¿Por qué no me hablaba? Me fue casi imposible apartar la mirada de sus ojos que me tenían presa, pero una vez que lo conseguí, note dolor en mi muñeca izquierda.  Miré hacia abajo y vi que me había cortado la vena de la muñeca, de una forma salvaje.  Había un gran corte, la piel desgarrada colgando hacia un lado, del cual manaba sangre a borbotones mientras sentía que mi vida se escapaba lentamente.  No entendía que ocurría.  Volví la vista hacia la niña y la encontré de pie.  Me enseñaba sus propias muñecas.  Las dos abiertas con la carne colgando hacia los lados.  Seguía sonriendo, pero esta vez hablo, antes de que yo muriese.

—¿Quieres jugar conmigo?

 

martes, 16 de marzo de 2021

Reseña de La Casa del Marqués

 Nueva reseña de mi novela por la grandiosa Fiebrelectora.  Mil gracias.

 https://fiebrelectora.blogspot.com/2021/03/resena-la-casa-del-marques-m-p-conn.html