lunes, 9 de agosto de 2021

Ojos de Gata



    Ese miércoles iba con prisa. Ese y los demás. Nunca había un descanso a lo largo del día. Todo eran prisas, la vida pasar en instantes, una diapositiva que no para de cambiar con rapidez. Salí de casa tarde, bajando las escaleras. No había tiempo para esperar al ascensor. En la calle me encontré con otros que iban como yo, haciendo mil cosas a la vez. Hablé con mi secretaria mientras andaba hacia la entrada del metro, pensando en todo el trabajo que había que completar; ir al banco a por dinero, llevar a mis hijos a sus clases particulares o intentar llevarlos. Todo eran prisas.

Mientras bajaba por la profunda garganta del metro, escupiendo su calor de vapores pestilentes y olor a humanidad, tal vez no muy aseada, suspiré profundamente. Tenía la mano apoyada en la cinta de la escalera mecánica mientras bajaba cuando crucé los ojos con una mujer joven, que subía. No destacaba por ninguna razón en especial excepto que tenía los ojos amarillos como los de una gata. Preciosos, grandes y rasgados hacia los lados, pintados con una raya negra que los hacía más llamativos.

Todo esto lo vi mientras avanzaba hacia mí por la escalera opuesta, su mano en la cinta, al igual que la mía, observándome, sin apartar la vista. Encontré su mirada inquietante, me hizo sentir algo que al principio no reconocí de tanto tiempo que hacía que no lo sentía. Deseo, deseo de cogerla en ese instante y comérmela a besos.  Acariciarle el pelo, oler el hueco entre su cara y su hombro, sentir su calor. Note como me ruborizaba igual que un chaval, muerto de vergüenza por si ella adivinaba mis pensamientos.   

Cuando llegó a mi altura ocurrió algo inusual. Nuestras manos se movieron a la vez, haciendo que nuestros dedos se estirasen, tocándonos al pasar. Esas dos manos, casi ajenas a nosotros, necesitaron tocarse esos instantes. Noté una corriente eléctrica subir por mi brazo, mis rodillas a punto de ceder bajo mi peso con la fuerza de la sensación que me recorría. Miré hacia atrás, buscando su mirada de nuevo. Estaba esperándome. Nuestras miradas se siguieron hasta que la perdí en la claridad de la entrada del metro.

Todas mis prisas, mis nervios, todo se desvaneció en una nube de deseo. No podía borrar sus ojos de gata de mi mente. Iba tropezándome con la gente que me rodeaba, envuelto en una nube de desaliento por mi perdida. En estado de fuga llegué al andén, subiéndome al metro, pero antes de que cerrasen las puertas reaccioné y me abalancé hacia afuera corriendo en la dirección por la que había venido. 

El pasillo se había vaciado de gente y no encontré mayor obstáculo en mi carrera hacia la búsqueda de esos ojos que me habían cegado a todo. Y allí estaba, sentada en el último escalón de las escaleras que había al lado de las mecánicas. Tenía una mano apoyada en la barbilla con el codo puesto sobre su rodilla. Miraba hacia mi dirección con un gesto de incertidumbre en su mirada. Nos observamos inmóviles, quedándome parado donde estaba, mi respiración agitada. Se levantó despacio, sin apartar sus ojos de gata de mí. Anduvimos el uno hacia el otro rodeados de una niebla densa que bloqueaba todo lo que había a nuestro alrededor. Estábamos los dos solos, nada podía interferir entre los dos. Cuando nos vimos frente a frente, nuestras manos posadas sobre la barandilla se buscaron sin apenas percatarnos. Todo era tan natural, aunque jamás nos habíamos visto antes.

Con mi mano libre acaricié su cara. Ella hizo lo propio con la mía. Nos inclinamos para besarnos. Sus labios sabían a café con leche, su boca caliente por dentro cuando la tanteé con mi lengua. Bajé la cara hacia su cuello y respiré hondo.

***

Oí un pitido fuerte que me hizo estremecerme en la silla del metro en la que me había quedado dormido. Sentí una decepción profunda al comprobar que todo había sido un sueño. Que mierda de vida llevaba, pensé, si en sueños es el único momento en el que encontraba un poco de felicidad. Se abrieron las puertas del metro, bajándome en mi parada. Seguía pensando en esos ojos rasgados de gata, pero ya quedaban lejos, me invadía otra vez la prisa del día que empezaba. Empecé a repasar mentalmente todo lo que tenía que hacer hoy, mi mano apoyada en la cinta de la escalera mecánica, mientras salía de aquel túnel hediondo. Miré hacia arriba, percibiendo la luz diurna que iluminaba la entrada del metro. Así fue como la vi. Bajaba hacia mí, su mano apoyada en la cinta, nuestros ojos cruzándose al pasar, nuestros dedos tocándose por unos instantes.